Domu santu eguna


Disparos nocturnos en La Ceiba que no me despiertan. Salimos de La Ceiba a Puerto Lempira en una avioneta para 6 personas. Vuelo genial y pista de tierra al final del viaje. Nos recibe Juan Rosado, el jefe de salud de la Zona. Me reconoce de estar hace cuatro años en la zona con MMB después del Mitch (a veces lo de ser calvo hace milagros en la memoria de ciertas autoridades).
Lancha motora por la laguna de Catarasca. 3 horas saltando entre olas con un motorista que debe querer fardar ante nuestros ojos y nuestros equipos hundidos de agua.
Miro mi petate ya de un color indefinido. Se notan todavía escritos mis datos idénticos a los de mi placa de identificación. Si hablara…, me ha servido para tantas cosas…, almohada, parapeto, cobijo de recuerdos, disculpa para un cuento de niños, de refugio de miradas, de tristezas, de alegrías, de refugio de pertenencias materiales, de piedritas de playas blancas y tibias, de fotos de lugares impensables, de lágrimas salidas de alegrías y de impotencias, de recuerdos imborrables y presentes…
Ya apenas es blanco, está cargado de colores, de olores, de sabores…, pero ya no es blanco, como creo que yo tampoco.
El campo. ¡Diosssssssss! Cenamos con el equipo que ha sido el primero en llegar. Nos cuentan cómo está la cosa. La cosa no es otra que hay dengue hemorrágico y que las autoridades no pueden hacer nada y que los niños se mueren por falta de medidas sanitarias y de soporte. Cojonudo. Como siempre.
Mañana a la mañana haremos el cambio de container. Uno nuevo recién desembarcado. Al acabar la reunión me voy a un rincón del campo con mi luz de minero para escribir lo poco que se me ocurre.
Reconozco que han hecho bien el trabajo. No ha debido ser fácil. Nunca es fácil.
Hay una brisa suave. El mar apenas se mueve. La luna está pequeña y Venus le hace compañía, igual que a mí.
Me acuerdo de ella. Domingo allí. Domingo acá. Aquí comienza la noche. Allá empieza el día. Mi mundo allá. Mi mundo acá. Regreso a él una vez más.

Otro aeropuerto. Pequeño y sucio. El Golosón, La Ceiba. He conocido a Kavó. 26 años, los mismos que tenía yo cuando empecé mi historia. ¿Coincidencia? Nos hemos caído bien. A cada rato me pregunta cosas sobre mí. Le trato de contestar lo más fielmente posible. La verdad es que no me importa nada el que sepa una serie de cosas personales que no llevan a ninguna parte.
Tiene la mirada tibia con pterigion incluido como casi todos los hondureños que pasan mucho tiempo al sol. Las manos bonitas, delgadas y fuertes. Cojea ligeramente de la pierna derecha aunque trata de disimularlo. Creo que no le pega la voz con la cara. No sé. Siempre he tenido esa manía de relacionar voces con caras. Esa manía que me viene desde que trabajaba en la radio.
Le dejo mis auriculares y me cuenta que en el piso donde estudiaba en Costa Rica también había “un loco que se pasaba el día escuchando jazz y que era el que más éxito con las muchachas tenía” (cito textualmente); parece ser que en mi caso no es la norma.
Dormimos en La Ceiba y pedimos una habitación con dos camas y aire. Lo hacemos adrede para conocer de forma involuntaria nuestras manías, además nos va a tocar compartir espacio durante tiempo, y certifico que lo que decía Maurice es completamente cierto: ronca como un hipopótamo en celo.

Miami. Control de aduanas tremendo. Movida con mi pasaporte. No entienden que alguien tenga dos pasaportes. Comienzo a escribir mis páginas azules. Pantalón de algodón del color de la arena, camisa azul de manga larga, botas marrones y mochila de viaje regalo de ama hace demasiado tiempo. Una pluma repleta de recuerdos, que a veces te mancha los dedos y te deja durante horas ese olor a tinta que me recuerda a mi niñez en colegio de curas con babero.
Me pregunto cómo me irá en la Mosquitia. Compro un enorme toblerone de chocolate blanco y una botella de agua. Por un momento me apetece romper las normas y encender un cigarrillo, pero se me quitan de inmediato cuando me percato que dos enormes armarios con revólver y gorro de plato recuerdan a una rubia oxigenada que en el aeropuerto no se puede fumar y que hay que salir fuera.
Me tiro en el suelo para estirar la espalda y un niño negro me mira raro y corre donde su mamá, que le aleja lejos de mi locura. Miro las pantallas de teleguía y me entero que el vuelo a San Pedro Sula se retrasa.
Me doy cuenta que podría pasarme la vida en los aeropuertos mirando las caras de la gente, inventándome mil historias de gente que nunca conoceré y por eso me las invento.
Paso paciente el tiempo imaginándome como será Kavó. Serio, alegre, fuerte, delgado, viejo, ordenado, joven, loco, experimentado, nuevo, creyente ¿en qué?…, pero al final me digo que me da lo mismo y me sonrío con medio toblerone en la boca.
Ya nos llaman para embarcar. Otra vez viajar a mi pasado, a mi reciente mundo por un momento olvidado y a veces presente, otras veces odiado y otras, las menos, amable y permisivo con mi locura.

En 1970 un alud sepultó a la ciudad peruana de Yungay. Los supervivientes la reconstruyeron apenas a un kilómetro del desastre. El Huascarán, la montaña que una vez fue sagrada, habla. Quienes recuerdan saben que deberían escuchar.

