COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Vigesimosexto Domingo del Tiempo Ordinario

Una nueva oportunidad

El domingo pasado nos alertaba Jesús del poder del dinero: “No podéis servir a Dios y al dinero”. En el evangelio de hoy se da un paso más, que se podría concretar en: “no podéis servir al prójimo y al dinero”.

Jesús no es original al contar esta parábola. Relatos similares se encuentran en otras culturas. Tal vez lo original sea la clave de “invisibilización” que utiliza. La riqueza del rico hace “invisible” al pobre. En ningún momento hay un diálogo o encuentro entre estas dos personas. En ningún momento se nos dice que el hombre rico hablara mal del pobre. Nos podríamos preguntar a nosotros mismos que conversaciones tenemos y que pensamientos nos vienen a la cabeza cuando vemos a los pobres = empobrecidos, sean como individuos sean como colectivos. Sí, en plural, porque los colectivos de empobrecidos tienen muchas características diferentes y muchos rostros concretos. Nosotros igual los “visibilizamos”, pero para culpabilizarlos o criticarlos.

También nos puede ocurrir que nos hayamos acostumbrado. Al principio nos llamaban la atención las personas que pedían a la entrada de los supermercados Nos hemos acostumbrado. Después nos empezó a llamar la atención la gente que iba por los contenedores de basura, para ver si podían recoger algo para saciarse con las migajas que nosotros tiramos. Nos fuimos acostumbrando, además su piel era de otro color a la nuestra. Nos pegamos un pequeño susto cuando el color de la piel de las personas que iban buscando por los contenedores era cada vez más parecida a la nuestra. Pero nos fuimos acostumbrando.

Ahí está nuestro debate, invisibilizar al empobrecido o hacernos indiferentes. No deberíamos acostumbrarnos a la pobreza ni a las consecuencias que acarrea, porque es lo mismo que acostumbrarse a pactar con la injusticia.

Según el pasaje evangélico, la pobreza hace “invisible” a pobre, pero es que también hace “invisible” al rico: no sabemos su nombre. Sí sabemos el nombre del pobre: Lázaro, “Dios es mi ayuda”.

“El hombre rico” es un hombre sin nombre. Suele ser así. A los empobrecidos, si hay voluntad, se les puede rostro y nombre, aunque sea un trabajo ingente. Por lo menos se puede calcular su número aproximado. Los “hombres ricos” muchas veces se ocultan en el anonimato las cuentas corrientes opacas, tarjetas black o los paraísos fiscales. Se pierden sus nombres, sus rastros y sus rostros, y corren el riesgo de perder su humanidad.

El pecado del hombre rico no fue ser rico, sino haber perdido su humanidad, la capacidad de ver y compadecerse de aquella persona herida y hambrienta. Hasta los perros sentían mayor compasión por Lázaro.

vigesimosexto-domingo-del-tiempo-ordinarioEsta parábola siempre me ha inquietado y me ha dejado con un sabor agridulce, tal vez porque quiero controlarla desde una lógica muy humana.

El evangelio comienza hablando de “un hombre rico”, no de “un rico”. Esto es importante. Corremos el riesgo de subrayar el adjetivo y olvidarnos del sustantivo, reducir el texto a “la parábola del rico y Lázaro”. Lo importante no es que sea rico o pobre, sino que es una persona, aunque haya alcanzado altas cotas de deshumanización. Sigue siendo una persona y, por lo tanto, digna de compasión, digna de salvación, de una nueva oportunidad.

Cuando era pequeño este evangelio siempre me dejaba insatisfecho. Me costaba comprender que también después de la muerte se viviera la venganza de unos contra otros. Por si fuera poco, la venganza=inhumanidad, venía de la mano de uno que estaba en el cielo. Algo me repugnaba en esta parábola. ¿Irenismo? Puede ser. Pero algo me decía que la venganza no es el camino ni para la justicia ni para la paz. ¿No habría que darle una nueva oportunidad?

De joven, y cuando te ayudan a hacer una lectura del evangelio en clave social, se presentaba como el relato perfecto para legitimar el orden establecido. Los pobres, a sufrir que son dos días; luego nos espera la felicidad eterna, no en vano somos lázaros, así que Dios será en  nuestra ayuda. ¡Pobres los ricos, porque “a todo cerdo le llega su San Martín”! Lectura ideológica que no impedía que el relato chirriase. No perdía su carácter vengativo con los ricos y a los empobrecidos no se les daba más salida que la resignación. No había una nueva oportunidad ni para los unos ni para los otros. ¿Cómo hacer posible el “si quieres la paz, trabaja por la justicia”?

Hoy la Palabra se me revela de otra manera y me devuelve otras lecturas. Lo primero que me alegra es saber que quien se aferra a esa postura tan dura y muestra ese corazón tan poco compasivo, muy similar al que tenía el rico antes de la muerte, no es Dios Padre, sino Abraham, un personaje del Antiguo Testamento.

La postura de Abraham está más próxima a la el hijo mayor de “la parábola del padre misericordioso”, que a la postura del padre, que es capaz de dar una nueva oportunidad a aquel hijo “que se había perdido y lo habían encontrado, estaba muerto y había revivido”. Abraham habla de “abismos inmensos” que separan a los salvados de los condenados. Jesús nos enseñó que no hay ninguna frontera, ni siquiera la religiosa, que a veces es la más difícil de cruzar, que no pueda ser borrada por el amor y el perdón, cuando este es fruto del amor. Y siempre daba una nueva oportunidad, “anda, vete, y no peques más”.

En el estado de sufrimiento que se encuentra el hombre rico empieza a visibilizar a Lázaro y a confiar en que puede tener las entrañas de misericordia que no tuvo él con Lázaro. En el estado de sufrimiento en el que se encuentra al hombre rico le empiezan a preocupar los prójimos, aunque sea por los vínculos afectivos que les une. No quiere que nadie más sufra, ni en la tierra ni en el abismo. Ahora el sufrimiento no le deja indiferente. ¿No se merece una nueva oportunidad?.

Si respondemos que sí, enseguida nos viene la pregunta: ¿es justo que sea así? No lo sé. El evangelio está plagado de ejemplos en los que hay “segundas oportunidades”. El apóstol Santiago lo dijo taxativamente: “la misericordia se ríe del juicio”.

Si respondemos que no, nos autocondenamos a seguir en la misma dinámica que vivimos habitualmente: invisibilizando empobrecidos e indiferentes ante las heridas y el hambre de la gente. Y nosotros también merecemos una nueva oportunidad. La de poder entrar en la dinámica de la fraternidad y del compartir. Dinámica que puede abrir la puerta a la humanización de las personas empobrecidas y también de las personas ricas. Necesitamos una segunda oportunidad.

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