Noches de Luna Negra – Un domingo de febrero

Angola

Ha sido una noche tranquila. Las primeras fogatas del campo empiezan a dar vida a la vida. Dentro de un rato un capellán católico comenzará a hablar de Dios en un mundo despojado de Él. Me coloco las chancletas y salgo de la mosquitera; me pongo la camiseta de Goomer, y salgo a dar la primera ronda por la sala de infecciosos; me cruzo con Anne que sale de guardia y me besa. Me da el último parte y nos tomamos un té ya tibio que reposa desde la noche. Repaso la consulta de infecciosos y me niego a recontar el pabellón de la Risa.

Saludo a Marcos, el enfermero cubano que me enseña un niño recién nacido y me dice que la madre ha pedido que lo bauticen pronto, si puedo hablar con el capellán gringo para que lo haga cuanto antes.

Entro en el pabellón de niños, huele fuerte, y me doy cuenta que los peluches no tienen sexo, que acompañan tanto a niñas como a niños. Descubro a Chia con el dedo metido en la boca. Le tengo preparada una sorpresa: quiero ir con él a Huambo, la ciudad más cercana, a recoger del hospital de Cruz Roja, insumos, medicamentos y plasma. Él no lo sabe, jamás ha estado en una gran ciudad con aceras, casas de bloque, ventanas con cristales (si queda alguno), con las calles asfaltadas y rectas.

Le miro, le retiro el dedo de la boca, se da la vuelta en el catre, le cojo una mano y pienso en mi sobrino con su misma edad y distinto destino.

Le levanto de la cama y le doy los buenos días en sambo,” Il cue, Chia”. Se despierta y se abraza a mi cuello medio dormido y con la otra mano colgando recoge el osito marrón que alguien mandó de Europa sin destino concreto. Le cuento mediante palabras infinitivas que le tengo preparada una sorpresa. y pega un berrido que despierta a todo el campo.

Mientras que se ducha en nuestras pilas de agua caliente (un beneficio de Luy, el manitas de logístico que tenemos), le cuento que vamos a la ciudad, a pesar de las pegas de Patrick por la carretera minada.

Preparamos nuestro petate: mi Nikon, mi pluma azul, una camisa limpia, un calzoncillo, mi libreta de pastas negras, mi salvoconducto, un kit de cirugía, unas chocolatinas y un cassette de Van Morrison.

Le coloco mi gorra a Chia que casi le tapa los ojos, repaso el pedido de farmacia y cogemos el Toyota con bajos blindados.

Al salir por el campo relleno un sin fin de papeles, pruebo la radio y escucho a Anne al otro lado de la antena que me dice que suena bien mi voz, y que le traiga algo de la ciudad.

Un casco azul senegalés enorme me sugiere que espere un poco a salir porque dentro de un rato saldrá un convoy con camiones y así aproveche la rodada para evitar las minas. Decido esperar mientras que Chia se pega a mí.

Me preguntan a dónde voy con el niño y les digo que al dentista, guiñando el ojo a un casco azul.

Son casi tres horas de pista y al final del horizonte, entre los árboles que conducen al pantano el sol brillante y cegador comienza a rebelarse. Lleno los dos tanques de diesel y fumo un cigarrillo con un sargento que me cuenta sus miedos y sus temores de regresar a casa y no encontrarse con su mujer a la vuelta.

Salimos al de pocos minutos y nos situamos detrás, a unos 25 metros de un enorme camión MAC y por el rabillo del ojo observo a Chia embobado y emocionado por su primer viaje a la ciudad.

Corremos por la pista y me pregunta cosas sobre mis hijos, sobre mis esposas, sobre mi país, sobre mis hermanos, sobre mi cielo, sobre mi mundo, sobre mi todo y mi nada. Le contesto que no tengo hijos, que no tengo esposas, que en mi país no hay hipopótamos, que mi cielo casi siempre es gris, que mi todo es lo que llevo en el petate y que mi nada es lo que traje de mi mundo. Me mira extrañado y apoya la nariz en el cristal.

Paramos por un momento para hacer pis y compartimos una chocolatina medio derretida. Le pongo mi gorra del revés y le siento entre mis piernas para que lleve el volante mientras que yo manejo los pedales. Cantamos juntos a puro pulmón Georgia de Van y la sabana se esconde de nuestros gritos.

Nos paran tres controles del ejército y nos revisan los papeles mil veces y por un momento se me escapa que Chia es mi hijo y me alegro, por un momento, que Chia no sepa nada de portugués.

Llegamos al hospital de Huambo, destartalado pero digno, a rebosar y a pleno rendimiento, manejado por búlgaros y checos. Saludo a Rodri, el cirujano búlgaro que amputa piernas en 14 minutos a la luz de un candil de petróleo y con un cable de acero. Se ha dejado bigote y hago risas a costa de su bigotito tipo facha. Me invita a un trago de no sé qué y se lo rechazo echando la culpa a la hora.

Una enfermera angoleña le llama para hacer una cesárea. Me dice que él nunca ha hecho una y me ofrezco a enseñarle a cambio de sus clases sobre estallidos abdominales.

Entramos en el paritorio y nos encontramos con una mujer-niña de apenas 13 años a punto de reventar por un parto de nalgas imposible de salir.

Me doy vuelta a la camiseta y me coloco un pijama verde y comienzo a sudar. Después de 46 minutos llega a este mundo un bebé de 1.830 gramos, negro como su futuro, rosáceo como el paisaje, tibio como el ambiente. Coloco mi fonendo rojo sobre su piel negra y noto el ritmo de la Vida, ahí, en su cuerpecito suave y sin apenas arrugas, delgadito y acurrucado. Le pongo la cinta de identificación, y le ponemos el primer y único pañal limpio de su futuro.

Me desnudo y enfrento mi cara al agua tibia que huele a lejía y por un momento me olvido de Chia. Me seco con el pantalón del pijama y le acepto el trago de no sé qué a Rodri.

Comemos juntos con dos médicas de Cruz Roja y me preguntan que quién es el niño que se ha quedado dormido a mi lado, y me sonrío y les contesto que mi esperanza entre la locura, y una de ellas, la más fea, claro, me dice que tengo una voz bonita.

Damos una vuelta entre la ciudad. Caminamos entre sacos terreros, socavones de minas, entre ventanas sin cristales, entre murales de dioses de la Revolución, entre farolas que un día iluminaron la noche, entre estruendos de tanques que destrozan aceras por las que un día pasearon enamorados y jugaron escolares.

Camino de la mano de Chia, que lo mira todo asustado y escéptico. Le invito a un refresco caliente que me juran que sabe a naranja y es lo único que se puede beber por estar embotellado. Se guarda la chapa de la botella “para enseñársela a sus amigos del campo.”

Le digo que se está haciendo tarde y que debemos regresar al Toyota, y por un momento me cuenta que no le gusta la ciudad, y me sincero diciéndole que a mí tampoco, y de la mano, una vez más, regresamos entre escombros a nuestro refugio mecanizado y blanco.

Salimos de la ciudad, y dentro de una hora se hará de noche. Preguntamos si está mal la carretera y un oficial del MPLA, me dice que no hay peligro, que hay paso, porque los soldados de UNITA han cobrado la paga y que se la están bebiendo, y nunca he agradecido tanto que la gente se emborrache.

Chia se queda dormido en el asiento y noto su cabecita junto a mi codo y apenas me muevo para no despertar. Apago la voz de Van y escucho a la noche. Los focos del Toyota despiertan de vez en cuando en la noche algún animal que salta asustado.

Paro un momento entre los árboles. Apenas estamos en casa, (¿he dicho casa?) enciendo un cigarrillo y la noche está en silencio. Apenas hay estrellas.

Comienza a caer una lluvia cálida y acogedora, la época de lluvias empezará dentro de unos días.

A través de la ventanilla miro a Chia en paz y tranquilo, y descubro entre los deditos negros y frágiles la chapita de refresco que hará la envidia de sus amigos del campo.

Me subo al Toyota, miro mi petate algo más abultado por la camiseta que le he robado a Rodri para Anne, conduzco unos kilómetros campo a través y a lo lejos se aprecian las pocas luces del Campo.

No me importa hoy llegar al campo. Ha sido un día especial, pasar un día junto a mi esperanza, compartir un trozo de pollo con un colega y dos chicas ajenas que se invitan a conocer el Campo.

Abro el paso del segundo tanque de gasoil y ya cerquita veo mi mundo de paso, mi mundo de locura y de ternura a la vez, mi mundo de manos blancas y niños negros, de muerte sin color y médicos con bigote facha, de amigos lejanos y amantes cerca, de recuerdos crueles y de niños dormidos ajenos a la realidad.

Entro en el campo y aparco junto al almacén. Descargamos el material y Patrick me mete prisa para entrar en quirófano, y no le oigo, no le quiero escuchar, hoy no tengo prisa para nada, hoy soy todo mío y me lo merezco, tal vez porque me han dicho que tengo una voz bonita, o porque simplemente, Chia tiene una chapa de refresco que cobija sus sueños, y porque a él tampoco le gusta la ciudad.”

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Bicentenario de la Independencia del Perú

28 de julio, Fiestas Patrias

Mañana, 28 de julio, celebra el Perú sus Fiestas Patrias y su 200º aniversario de la Declaración de Independencia. Desde este blog nos sumamos a las y los Viatores peruanos, a nuestros amigos y conocidos, a su celebración. Pedimos a nuestro Dios que el país siga creciendo en una mayor igualdad, libertad, inclusión y justicia. Un gran abrazo.

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Noches de Luna Negra – Navidad

Angola

Enciendo mi enésimo cigarrillo de hoy. La tarde se escapa lentamente. Poco a poco, como si temiera que esta maldita guerra no la dejara renacer nunca más.

Juego con mi chapa de identificación, la muerdo, la enredo en mi índice izquierdo, la dejo caer sobre mi enorme camiseta blanca con la cara de GOOMER.

Escribo. Escribo con mi pluma repleta de recuerdos azules. Pat Metheny en los auriculares me hacen irme muy lejos. Tan lejos que ni mi pasado ni mi presente me puedan tocar, que ni siquiera puedan hacerme daño.

Las primeras hogueras del campamento se encienden.  Lo tienen prohibido, pero qué más da. La guerra no sabe de hambre, de niños, de miedos, de miseria, de locos que se disfrazan de humanos para desmantelar el morbo del hombre.

Entre canción y canción suenan los morteros. Es curioso. Es curioso cómo puede cambiar todo con simplemente una canción sin letra, con una guitarra tocada con unas manos blancas para oídos  sin color. A veces en la locura del quirófano, ponemos la música a tope mientras que UNITA bombardea Huambo y todo se parece a una pesadilla de Kafka.

Apago el Chester en la tierra. Chia se acerca y me acerca la taza de té tibio. Se acomoda en mis rodillas y me mira con sus enormes ojos blancos y me pregunta: ¿NICHIN BALA, DAGETARI JON? y yo le contesto simplemente que ARIMA, CHIA, ARIMA y mira mi cuaderno con pastas negras compradas en la calle Somera de mi ciudad, donde nunca  hay estrellas.

Chia se queda mirando y le digo que se meta en el almacén. Me dice que no tiene miedo y que apenas tiene algo que perder ya. Su hermana abrasada por las bombas de fósforo duerme (espero) con el sueño de la morfina, sin apenas saber que su piel de catorce años ya nunca será una piel de mujer, que los jóvenes sambos no se acercarán a ella; que si vive, bañará su cuerpo desnudo y solo en el lago porque nadie quiere ver cicatrices, su piel no conocerá las caricias del amor, de la pasión, de la ternura, del placer, por cometer la locura, la maldita locura, de vivir en territorio contrario al destino.

Me doy una ducha. Dejo correr el agua por entre mis manos y mi cuerpo delgado, me sonrío y me doy cuenta de que en África no conocen la celulitis. Enfrento mi cara al chorro artesanal y por un momento pienso en mi gente, en mi familia, en mi sobrino preferido y, por un momento, también las lágrimas se confunden con el agua que se va terminando del bidón.

Apenas hace tres horas, Maurice nos felicitaba  la Navidad, por si acaso la radio no funciona dentro de dos noches. Miro de reojo el dispensario y veo el árbol de Navidad que Anne ha hecho con depresores de la garganta y me sonrío al darme cuenta que junto a la banderas Belga, Holandesa, Americana, Angoleña hay una pequeña ikurriña que Patrick ha colocado en mi nombre. Le quiero.

Las luces de seguridad se acaban de encender. Es tarde, muy tarde. Le cojo en brazos a Chia y le meto en mi catre. Hoy me toca guardia y no lo utilizaré. Me relaja verle dormir; es el único trozo de paz que hay en esta maldita guerra.

Patrick sale de la ducha y se mete con mi nariz. Se empeña en asegurarme que el judío debería ser yo y no él, y que Hitler me hubiera gaseado antes a mí que a cualquiera de sus abuelos maternos. Me enciende un cigarrillo y le rechazo el trago de Bol’s que me ofrece. Está cansado y se pone a rehacer el pedido para la farmacia, y con su mirada me deja caer que apenas hay morfina para seis días.

Miro al árbol de Navidad de Anne y suelto un taco. Dicen que es Navidad. Comienza a llover. Los morteros se callan. Los niños caen como moscas en el “pabellón de la risa”, Luy regresa con el Toyota con paquetes de comida y alguna incubadora. Se bebe mi Bol’s y se ofrece para mañana hacer el recuento. Dicen que UNITA y el MPLA quieren hacer una tregua. Dicen, dicen, dicen…

Anne me abraza y me dice que con barba de cinco días y con estas pintas me parezco a H. BOGART (inciso ponga h solo porque mis neuronas siempre han sido incapaces de recordar cómo se escribe lo que queda) en la Reina de África. Son alucinantes sus ojos verdes y por un momento me percato de que su pantalón son mis bermudas-traje de baño-pantalón de estar en casa tirado en el sofá de mis veraneos en Gorliz.

Luy comunica el menú para la cena: galletas caducadas, arroz con guarnición de arroz (lo que me viene de cine para mi maravilloso estreñimiento) y de postre té caliente con más galletas caducadas.

Hago mi paseo por el campamento y el olor de las hogueras preparando el poco mijo que tienen me empapa. Me preocupa la capacidad del campamento. Estamos casi al límite y no deja de llegar gente.

En el quirófano Fátima prepara todo para dentro de unas horas. Me mira y se sonríe. Le digo una burrada en castellano que por supuesto no le traduzco.

Alguien llama para cenar. Al cerrar la cortina comienzan a sonar los morteros.

Ha dejado de llover. Dicen  que se acerca la Navidad.

Katchiungo.

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Víctor Cámara, csv (Jutiapa)

Directo al grano – Radio Progreso

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Noches de Luna Negra – agosto

Angola

Cae la tarde, salgo de quirófano, repaso los libros de consulta. El pantano baja el nivel de agua y se ve algún cadáver en la orilla.

Chia está con diarrea. El suero no le hace efecto y me preocupa.

Patrick tarda en llegar de Huambo. Es mejor que se quede a pasar la noche en el hospital. Hoy han llegado 264 refugiados de Benguela, la mayoría ancianos, mujeres y niños, apenas con el 70 % de su peso normal. Aún no sé cómo Anne consigue cobijar a toda esta gente ahora que empezamos a remontar cifras de vidas.

A lo lejos alguien pone música traída de lejos, me voy a mi zulo en la tienda de guardia. Por un momento no hay sonido de morteros.

Hace calor, pero no nos podemos bañar en el pantano. Dicen que han minado este lado de la orilla. Fumo, y fumo mucho. Estoy delgado, muy delgado, cada día más, y me preocupa.

Mañana domingo intentaré arreglar mi ropa, conseguir alguna camiseta del último envío, algún pantalón que no sea de color militar, arreglaré algún pijama de quirófano y coseré encima algún petacho de color.

Me miro al espejo que cuelga del doble techo de la habitación. Me cuesta a veces reconocerme, dice Anne que tengo mala cara. Soy feo, pero tampoco tanto  como para que me lo digan a la cara.

Saúl entra en la habitación y me pide que vaya a ver a Chia. Me reclama, y le digo que enseguida iré, que me dé 5 minutos para acabar el cigarrillo y que le diga que no me olvido de él.

Me lo encuentro sentado en su catre blanco jugando con el tubito de plástico del suero. Le digo que no juegue. Al lado, Manuela sigue mis pasos y al pasar por su lado le dejo que haga el ritual de siempre. Me estira de la coleta y yo le pellizco la nariz como si se la fuera a robar y le digo que si se duerme, se la devolveré mañana.

Tiene los ojos hundidos, tiene algo de fiebre y está bajando de peso. Me mete la mano en el bolsillo del pantalón y saca un Sugus que mandaron de Francia hace meses. Le digo que no lo puede comer, pero para cuando me doy la vuelta lo ha pelado y lo está masticando.

Le siento en mis rodillas dudando que el catre aguante el peso de los dos, jugamos con los dedos a ver quién los tiene más grandes y pregunta si algún día tendrá unas manos tan grandes como las mías, si a él también le llamaran para ir a la guerra, si algún día le dejaré conducir los Toyotas, si algún día le dejaré entrar en el quirófano, si algún día le enseñaré alguna foto de mi madre, si algún día, cuando se ponga bueno, volverá a jugar a pelota con él, si algún día podrá tener lápices de colores para pintar los baobab de su aldea, si algún día le llevaré a ver la playa que cuelga en el quirófano y que siempre le digo que es donde aprendí a soñar con estrellas…

Le digo que ¡claro!, que algún día se acabará esta locura, que tendrá unas manos más grandes que las mías, que cuando vaya a Luanda le traeré mil lapiceros de colores y que los baobab los pintaremos juntos y que cuando regrese a mi país los colgaré de la habitación de mi casa junto al mar, que no le reclutarán porque cuando vengan los militares diré que es el encargado de cazar los hipopótamos del pantano y que si no, los refugiados no podrían comer nada, que jugaremos a la pelota después de que se reponga, que cuando crezca y le lleguen los pies a los pedales será mi chofer oficial, que no tengo fotos de mi madre  y que habrá que buscar un pijama de su talla para que pueda entrar con Patrick y conmigo en los quirófanos.

Jugamos a contar números de delante hacia tras y de 4 en cuatro. Sin apenas darse cuenta le doy un pinchacito en el dedo para mirarle la glucosa en la sangre, le meto el dedito en mi boca y por un momento noto el roce de su manita por mi boca como pidiéndome un ratito más de compañía.

Le acuesto y le presto mi fonendo rojo para que se duerma Ajusto el gotero del suero y le beso en la frente.

Paso al lado de Manuela que me dice que no me olvide mañana de devolverle la nariz, y bajito bajito le digo que se duerma y que no tener nariz tiene la ventaja de que así no se tienen mocos.

Cierro la cortina del pabellón de niños y comienza a llover. Regreso a mi zulo y oigo por radio que Patrick no regresa hasta mañana.

Me tumbo en mi catre y sueño por un momento si algún día esta historia se acabará, si volveré a mi playa donde aprendí a soñar.”

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