Noches de Luna Negra

Mosquitia (Honduras), sábado 26

Me tomo el día para mí. Me levanto pronto. Nado en la laguna. Lavo ropa. Desayuno con Kavó y Diego que llega vacío de sentimientos, de e-mails, de cartas del Otro Lado. Fruta y café. Paso consulta rápido. Repaso el campo. Hablo por radio con base. Nadie. Nada al Otro Lado.

Me paso el día dando vueltas por las tiendas. He aprendido nuevas sonrisas de niños y niñas que recuperan la Vida. Raúl y Garbi no han querido esperar.

No tengo prisa para nada. No tengo tiempo para nada. Solo quiero llevarme incrustada en la retina las miradas, las sonrisas, las manitas de ellos. No puedo llevarme más, no me cabe más.

He jugado con los mayores “a pelota” como dicen por acá. Una pelota que Diego ha traído de contrabando en su pájaro grande y destartalado. Hemos jugado al atardecer, al empezar la tarde, hasta que el sol se ha ido a calentar la otra parte de este planeta.

Luego, antes de cenar, como aperitivo, una mano macheteada que ha necesitado casi dos horas de quirófano y calor. Luego  la cena íntima con la noche y Kavó, triste por la ausencia de noticias.

Un cigarrillo en la escalera de todas las noches compartido con uno de los guardas que viene a informarnos que quieren despedirse de nosotros y les gustaría hacer una fiesta.

Kavó entra dentro y pone música. Maná y su acústico. Tararea mal y no se lo digo. Destroza la canción y tampoco se lo digo. Se lo permito todo. Todo. Está mal y me lo callo.

Echo en falta, cada día menos, la ausencia de los lloros de los enanos que los primeros días nos torturaban la noche. Echo en falta muchas cosas, quizá pocas, que se quedarán en el petate deslustrado y casi vacío.

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Noches de Luna Negra

Mosquitia (Honduras), viernes 25

Amanecemos con un sol cegador e imponente. Empezamos a dar altas. Estamos espaciando las camas-cunas. Mele ha empezado con hemorragias. Temo por ella.

Los adultos, que cada vez son más, se muestran cada vez más exigentes. Por la mañana hablamos por radio con el hospital de Puerto Lempira para derivarles allí. Nos dicen que “lastimosamente les es imposible”. Sin comentarios.

Hoy he regresado a mi árbol. Hacía días que no lo hacía. Corre una brisa suave traída por la laguna. El sol, que casi se podría tocar, está enorme y rojo.

Me quedo un rato mirando hipnotizado por la belleza del aire, del color del agua al atardecer, del olor de las fogatas en la arena. Miro mis pies descalzos tapados por la arena, siempre me han hecho gracia los pies, no sé por qué.

El sol ya casi desaparece. Un pez volador ha saltado en el agua a pocos metros de donde está plantado el árbol de mi historia. En la orilla, casi podría tocarlos, se secan los pelícanos, preparándose para dormir en la arena. Dentro de un rato llegará Diego a romper la noche. Traerá cartas, medicinas, sueros y esperanza mezclada con maría y ron, palabras de “la chica de la radio”, quizá algún e-mail de mi gente del otro lado, las palabras de ama o simplemente una tableta de chocolate con sabor a ternura.

Se acerca el día de nuestra salida. De nuestro adiós a este campo. Del regreso a la realidad continua del Otro Lado.

Hoy no hay luna. Se ha escondido como jugando a esconderse de la noche. A pesar de ello la noche está clara. El foco que cuelga de mi frente hace que de vez en cuando se acerquen  los mosquitos a mirar qué es lo que escribo, qué es lo que dicen mis palabras azules escritas en papel testigo. Hoy no hay luna. La luna aparecerá cuando quiera despedirse de mí. Sin avisar, sin apenas anunciar que llega para decirme adiós.

El estruendo del rotor del helicóptero espanta la calma de la laguna.  Levanta el agua, la arena, los toldos de las tiendas, el sueño de los niños.

Me sacudo la arena del pantalón corto, cierro el foco, apago las palabras, entro en la noche.

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Noches de Luna Negra

Mosquitia (Honduras), jueves 24

Todo el día en quirófano. Quiero dejar todo acabado para cerrar el quirófano antes de que venga el relevo. Kavó tiene una pinta de pirata que no se tiene. Su ojo, genial. Tres días con parche y luego donde su novia.

Raúl y Garbi no han aguantado. Me duele, pero me temo que no serán los últimos.

Ha llovido durante la noche. Quizá los coros de Sting, desde la escalera, la hayan provocado. He hecho colada, he lavado el petate. Estaba lleno de barro. Lo he cepillado hasta desgastarlo y ahora se seca colgado de la cuerda que une el container con la antena de radio.

Ya tengo pensado las camisetas que le voy a regalar a Kavó. Siempre regreso con el petate vacío. Vacío de cosas. Repleto de sensaciones. Aún es pronto para hacer un inventario de sensaciones que me llevaré.

He aprovechado para recoger piedritas de la laguna. Será mi mejor regalo para mi gente de allá. También, hoy ha sido un día un tanto raro, he aprovechado para sacar fotos a los niños, como un día prometí a alguien. Niños jugando con el agua, con los otros niños color tierra y ojos del color de la noche.

Al ir acercándome al pequeño campamento de familias, he guardado la cámara. No he podido, no he sabido, tener la valentía, o tal vez la desfachatez, de mirar a  través del objetivo y esconder mi mirada con la disculpa de una buena (¿?) foto.

He comido con la familia de Pai: pescado de la laguna y arroz de USAID. He compartido el pescado con Pai. He descubierto que ella también es zurda para comer. Ha ido a buscar una bolsa de plástico y ha cogido la nariz de payaso que un día abandoné junto a su almohada. Tiene la nariz pequeña y no se le sujeta. Bocado yo, bocado ella. Blanco y Tierra. Mayor y niña. Locura y Vida. Seguridad e incertidumbre.

Por un momento he dudado en sacarles una foto. Al final cuando ya me iba, el padre, ¡¡¡ Dios mío, qué hombre tan feo!!!, ha venido detrás  de mí y me ha dicho que les sacara a su mujer y a Pai, y no he podido negarme. No sé negarme a nada.

Tarde de tormenta. Tarde de rayos. Tarde sin radio. Tarde de galbana. Tarde de papeleos y censos. De recuentos y sinsabores. De cena con velas pero sin chicas, y sin romanticismo, y sin helicóptero con piloto loco incluido.

Las manos me huelen a guantes de quirófano. Noto que he perdido vista. Me estoy haciendo mayor. He dicho mayor. M-A-Y-O-R. Creo que es la primera vez que lo deletreo. Que lo escribo con mayúsculas. Últimamente escribo muchas cosas con mayúsculas. Ella, Mayor…

No podemos poner música. El generador ha dejado de funcionar y las placas solares no han tenido tiempo para recargarse por la niebla. El quirófano lo ha chupado todo.

Es curioso el silencio. A veces te ahoga. A veces te excita (como hoy). A veces te rompe el alma, te enloquece, te extraña, te aburre. Lo odias.

Comienza a llover. Las gotas al caer hacen una melodía genial en la chapa del techo del tejado.

Una noche más el tiempo pasa lento, sin prisas, como resbalándose por la laguna. Kavó, tumbado en la litera, escucha música en los auriculares. Le voy a echar en falta. No sé si mucho o poco. No importa. Echaré en falta su sonrisa blanca y su ligera cojera escondida. Sus manos delgadas y largas apretándose a la taza de café por la noche, su voz pausada y monótona, su cigarrillo constante en la cocina, su risa cómplice y cálida, sus camisas horribles y dicharacheras, su humor falso en la tristeza…

La noche sigue ahí, junto a nosotros. Junto a nuestra espera diaria. Junto a nuestra historia real de cada noche.

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Noches de Luna Negra

Mosquitia (Honduras), miércoles 23

Cada día el campo se parece más a una guardería que a un hospital de moribundos. Todos los enanos se empeñan en gritar al mismo tiempo y a la vez. Todos con el suero colgado de su vida, todos con las grietas en los labios, todos con esperanza de Vida.

Los demás, los recién llegados, algunos, se dejan llevar por el abandono que produce la extrema desnutrición carcomidos por la fiebre y por el fallo en sus plaquetas.

Los otros, los menos, se aferran a la Vida como el silencio al desierto. A veces despiertan al manipularlos y nos miran pidiendo una tregua al tiempo, cronometramos el gotero, les picamos el talón para ver su coagulación, y esperan con su mirada perdida en nuestras caras de jueces imparciales un atisbo de esperanza que les haga pensar que “todo” va bien.

Ayer, de madrugada, Kavito, Luis y Diana, dejaron de luchar. Casi los tres a la vez. Como si se hubieran puesto de acuerdo para dejarnos sin molestar. Salieron de la Vida por la parte de atrás, casi de la forma que entraron, de la misma forma que vivieron.

Les retiramos el suero, la sonda, los bañamos una vez más, los vestimos con una camiseta blanca, quizá el último abrazo que se nos escapa, en su manita izquierda su tarjeta en la que apuntamos su código, sus datos, la hora y la fecha.

Encargamos a los guardas que localicen a sus familias. Nosotros, yo, ya no puedo ver más caras de resignación inútil y absurda, no quiero que vuelvan a ver la misma cara que hace unos días desde la arena les gritaba y criticaba su comportamiento animal. No, ya no puedo. Ya no debo.

Los más mayores siguen ahí, vegetando en las tiendas blancas y saladas por la sal que trae el mar. Agarran peso de una forma rápida y un tanto peligrosa. No me preocupan. Creo que ya no me preocupa nada.

Cuando llegue el relevo, se encontrarán con menos tiendas, menos niños, menos cama-cunas, más niños de 5 y 7 años, más adultos que esperan impasibles la cola de la madrugada.

Kavó recoge los platos de la cena. Hoy he cocinado yo. Pescado con arroz picante y guineos. No ganará ningún premio de cocina. Seguro.

La noche huele a café que sale del container. Abrimos una botella de “Flor de Caña” que estaba reservada para una gran ocasión. No puede haber mejor ocasión que la de esta noche. No hay luna, café, brisa cálida del mar, música de Sting que habla de un hombre lobo, las manos de Kavó rodeando la taza de café, Ella (¿que estará haciendo?), Pai ya riendo y jugando en la playa, un cigarrillo con sabor a vainilla, un sorbo de buen ron, y una mirada a escondidas a mis manos  blancas. Tarareamos lo que dice Sting y nos abrazamos de escalón a escalón como dos borrachos que celebran un no sé qué.

Nos preguntamos qué vamos hacer después de esta misión. Y nos quedamos en silencio. En un silencio aterrador y cómplice con sabor a ron y a sal. Un silencio oscuro y demandante. Un silencio roto solo por el ruido del mar al otro lado de la barra de la laguna.

Otro cigarrillo, otro sorbo, otra canción de Sting, Ella otra vez en la canción…

Me cuenta sus planes. Unos días con su chica de la radio en La Ceiba, y luego otra vez a su trabajo: no sabe si volver a Cauquira, a la base de buceo Alfonso XIII a atender a los descerebrados por accidentes de buceo, o a Costa Rica, al Instituto de investigación de sueros antiofidios.

Yo, simplemente, le contesto que regreso a  la Vida.

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ECM

Experiencias Cercanas a la Muerte

¿Qué son las ECM, las Experiencias Cercanas a la Muerte

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