Noches de Luna Negra

Mosquitia (Honduras), domingo 27

Mi último domingo acá. Desayuno especial: fruta, pescado robado del trasmallo y café de palo. No tenemos prisa. Hoy nadie tiene prisa. Acá no hay prisa para nada. Ni para nacer, ni para morir.

Hemos puesto música de Punta por los altavoces del campo. Algunas de las niñas mayores se han dejado llevar por el ritmo de los tambores. Dicen que se llama Punta porque apenas se mueven los pies del sitio y es porque cuando los traían en los barcos de esclavos apenas tenían sitio para moverse y solo podían mover apenas los pies.

Hoy no había ningún adulto en la consulta. Nos parece extraño. Quizá hayan decidido, unilateralmente, respetar nuestro día de descanso.

Nos dedicamos a nadar en la laguna y a escaparnos de la arena hirviendo que quema nuestros pies. Parecemos dos críos al entrar y salir de agua, con unos pasos de baile de una extraña danza que se repite cada quince o veinte minutos. Cualquiera que nos viera diría que estamos locos, y lo estamos.

Hablamos de nuestro regreso a casa. Lo que nos espera, lo que nos aguarda, lo que no queremos que nos espere. A ratos nos quedamos en silencio, como sabiendo que no nos vamos a ver más. Como reconociendo que esta historia ha sido una jugada del destino que ha hecho que nos conociéramos para luego desembarcarnos en el olvido.

Pero cuando pasa un tiempo prudencial volvemos a bailar la danza de la arena caliente para tirarnos de cabeza sobre el agua tibia y tranquila.

Nos preguntamos cómo será nuestro relevo, bajitos, feos, zurdos, con ojos claros, alegres, vaguetes, malos cocineros, con el pelo largo, con la mirada corta…

Hablamos de cómo nos imaginábamos cada uno de nosotros antes de conocernos: Kavó se imaginaba que yo iba ser muy serio, con gafas, con el pelo muy cortito pero con pelo, seco y profesional, distante pero educado, casado y con hijos…

Yo le confieso que me lo imaginaba negro como un teléfono, alto y fuerte, (vaya mierrrrrda de miskito pensé al conocerte), callado, feote, casado por supuesto, con mucha experiencia y dedicado a lo suyo y punto.

Nos reímos al comprobar que apenas hemos acertado en nuestros cálculos y con una sonrisa cómplice nos damos cuenta que al final no ha sido tal mala la convivencia si no fuera por sus ronquidos y mi jazz.

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