Noches de Luna Negra – 31 de mayo

Angola

La tierra huele a humedad y a calor. Las hogueras del campo y la mandioca me traen olores que no puedo despegar de mi piel. Una camiseta enorme del color de la tierra que extraño, un pantalón de algodón delgado, unas sandalias que huelen a camino, unas manos blancas con olor a talco de guantes de quirófano, una noche enorme por delante y la luna, constante y serena, ahí colgada del techo de la noche.

Noche de mayo. Ahí, al Otro Lado, los días se irán alargando, el calor aparecerá alargando tardes y acortando ropas. Acabarán las clases, comenzarán los exámenes, empezarán las ojeras, acabarán las listas de aprobados, empezarán los días de Esperanza.

Echo en falta todo aquello, los exámenes finales, los parciales, las cañas de después, las noches de café y tabaco, el reloj del salón, el camión de la basura, los apuntes de mil colores, el beso suave y rápido de despedida con sabor a coche y a portal sin vecinos.

Juego con mi chapa de identificación, me pasa siempre que pienso en el Otro Lado.

Patrick se sienta a mi lado y me enciende un cigarrillo enviado desde lejos. Me enseña cada noche el nombre de una estrella nueva. Yo una palabra en castellano y él el nombre de una estrella. A veces, lo sé, se las inventa, y reconozco que es difícil el acordarse de casi 500 nombres de estrellas, así como de mujeres, y me pregunto por qué casi todas las estrellas tienen nombre de mujer.

El ruido del generador central rompe la noche. Hoy no hay mosquitos, se avecina la lluvia y ellos desaparecen hasta que la tierra caliente y seca les dé de comer.

Estoy a punto de terminar mi cuaderno de pastas negras comprado en mi ciudad sin estrellas. A veces cuando no tengo ganas de escribir, por el cansancio, por la fiebre, o tal vez por la nostalgia, lo leo. Palabras azules que no llevan a ninguna parte, letras perfectas, desordenadas, silenciosas, que me transportan lejos, ahí al Otro Lado.

Alguien en la sala de partos pone música, el generador da Vida al campo, pero no la puede devolver a los que hoy, un día mas no han aguantado.

Hoy a eso de las 9 de la mañana, han vuelto a pasar los cazas, como de costumbre han pasado bajito, rozando el sueño de los niños, de los hambrientos, de los operados, de los que no pudieron nacer en otro sitio que no fuera éste.

Al pasar todo tiembla en el quirófano, seguimos, vemos cómo los sueros dejan de gotear, dejan de entrar en la sangre para dar Vida. Al principio nos asustábamos, dejábamos de operar, nos abrazábamos y nos arrojábamos al suelo, como avestruces sin cuello. Y la estampa era curiosa, curiosa porque el miedo y la locura se juntaban, las ganas de dar un guiño a la Vida y una patada a la Muerte, la esperanza y el desamor  juntos, juntas, en el mismo lado por una ve

Luego, pasado el tiempo, ya no nos importa. Lo hemos elegido y punto. Juramos, paramos, nos miramos, dejamos a un lado todo lo que implique electricidad y nos retiramos de la mesa de quirófano, para luego, al de unos pocos minutos, volver con nuestros pijamas verdes a la realidad.

Las nubes empiezan a tapar la noche. La noche huele a mandioca, a calor, a humedad, a silencio, a “tubab”, a lloriqueo de niños que se niegan a darse por vencidos, a preguntas sin respuesta, a silencio compartido con tabaco y música traídos de lejos.

Estoy raro y se me nota. Hoy no tengo que fingir, no merece la pena, hago lo que tengo que hacer y punto. Los sentimientos se quedan atrás, se recubren de recuerdos y se apelotonan en el armario de la distancia.

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Noches de Luna Negra – un 22 de mayo

Angola

Han llegado 192 personas más: 52 mujeres, de las que 31 están embarazadas, 89 niños y el resto varones adultos, escapándose del reclutamiento forzoso. Joao y Sebastián los censan y los ubican. Cada vez que hemos pasado por delante de ellos nos miran con gesto de “¿dónde mierda quieren que les metamos?”

Ha llegado el relevo de los cascos azules: El mando de ellos nos trae paquetes: latas, té, cartas de mi familia, un cassette con la voz de mi sobrino, la última cinta de Pat Metheny, una carta de Ella en la que me cuenta que la consulta empieza a funcionar y que ya apenas se acuerda de mi voz, un cartón de Camel sin boquilla y galletas de chocolate.

Abro la lata metálica de galletas y voy a mi box: la estampa es curiosa: Anne probándose ropa interior recién enviada de Europa; Patrick probando el malta de su tío; Luy con unos vaqueros nuevos que le quedan enormes.

Entra Chia con su pelota de trapo y corre hacia mí: abrimos la caja metálica con galletas de chocolate y le dejo que elija, nunca ha comido chocolate y con el calor se le derrite entre las manos pequeñitas y mordidas, le cojo al hombro y le llevo a bañar al río. Los hipopótamos se han ido y el agua estará limpia de bichos. Nos acompañan cuatro niños más y Patrick.

Sigo adelgazando a pesar de que cada día las raciones son mayores. Se me ha pasado el día volando. Apenas los morteros han sonado cuatro horas, lo que hemos aprovechado para acelerar las operaciones pendientes. El grupo electrógeno prometido hace más 2 meses sigue sin llegar.

Nos estamos quedando sin medicación pero espero que, como siempre, al final llegue, en el último momento, en el último ahogo.

Hemos acabado de habilitar las tres aulas de los críos para que los maestros desplazados tengan algo en qué ocuparse mientras dura esta locura. Son viejos toldos del almacén de los camiones para camuflarlos, se sentaran en las latas de 10 kilos de leche en polvo vacías donadas por el PMA. Es curioso, latas que sirven de asiento para aprender, para recoger agua del pantano y a la vez para mear por la noche y no salir de la champita por el toque de queda.

Seguimos peleándonos con los líderes para que consientan que las clases sean mixtas, a veces tiro la toalla, pero ya conseguimos que se nos consintiera mezclar niños y niñas en el pabellón de amputados, como para ahora pedirles que cedan también en esto.

Luy y Anne están preparando la fiesta. Una cena especial a base de arroz y carne seca de hipopótamo, y luego, si queda, el malta de Patrick.

Suena la sirena de que se acercan los cazas. Es raro. Cuando llueve, ni los cazas ni los carros se mueven: unos por la visibilidad, los otros por el barro de las pistas de laterita. Me meto en el box. Estoy de guardia, mientras que Patrick, con los cascos puestos, descansa para el turno de noche.

Se apagan las luces del campo. Afuera comienza a llover. Fuerte, caliente, constante, monótono, oscuro. Chia entra empapado en la tienda. Se acurruca entre mis piernas y en la oscuridad le seco con mi camiseta del festival del Jazz de Vitoria, y solo se ven sus dientes blancos con una paleta a punto de crecer.

Huele bien a pesar de sus harapos y su barro. Le digo enfadado que no me gusta que salga cuando suena la sirena. Que espere debajo de los toyotas o a la orilla del lago y una vez más, no me hace caso.

Me pregunta por “sus “galletas” y le digo que  no se las merece, y es incapaz de insistir, es incapaz de comprar mi ternura aunque sea solo por una galleta de chocolate..Le miro en la oscuridad y me viene la imagen de mi sobrino de su misma edad, de su distinto destino.

Le gusta jugar con mi chapa de identificación, le hace nudos, intenta leer mi código y mis iniciales, me mira raro y se sonríe. Le digo que ahí está escrita mi fecha en la que nací, en la que dice que hoy es mi cumpleaños, que en mi país a la gente que queremos en este día le hacemos regalos.

Y me atosiga a preguntas sobre los regalos, sobre los cumpleaños, y meto la pata al preguntarle que cuando nació, y se queda en silencio, un silencio que a mí se me hace eterno, y que él no lo da importancia.

Los cazas han pasado de largo. Afuera llueve, pero hay silencio. Chia hace bolitas con el papel de plata de las galletas de chocolate derretidas.

Alguien llama a cenar. Alguien enciende velas. Alguien me pregunta cuantos años cumplo.  Hoy cumplo 28 años, pero qué más da.

Katchiungo, 22 de mayo. Mi cumpleaños.

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Noches de Luna Negra – febrero, días después

Angola

Llevo días sin escribir. Suceden tantas cosas y tan rápidamente que no me da tiempo a asimilarlo y contarlo en forma de palabras azules.

Los pabellones nuevos están habilitados pero aún no funcionan. Los padres no se acercan con sus hijos desnutridos, las madres no acercan a sus hijas a que den a luz por miedo a que les quitemos los bebés por no sé qué puñetas. Todo es una locura y a veces nos desmoronamos.

Hemos empezado a repartir pañuelos blancos para que las mujeres-niñas embarazadas y lactando se distingan del resto de las mujeres del campo con el fin de darles un 20 por ciento más de comida.  Aún no sabemos de dónde Luy saca tanto material para tanto pañuelo.

Hemos habilitado el pabellón de niños con capacidad para unos 230 niños, divididos por peso no por edades. Apenas están ocupadas 15 de ellas. Eso nos quita el ánimo, nos desbarata nuestra buena fe, nuestras ganas de calmar nuestra conciencia.

Nos han traído a una pareja de niños: niña y niño casi al principio de la mañana. Él le tenía agarradita del dedo a ella. Él apenas tiene cuatro años, lo calculo por la dentición, ella es más pequeñita y está en grado tres de desnutrición. No sabemos cómo se llaman, ni de dónde vienen, si son sambos o a qué etnia pertenecen. Joao los ha recogido junto a otros del lado de la alambrada. Le ha llamado la atención que él le agarrara la manita de ella y ni siquiera en el sopor de la desnutrición se ha dejado separar de la que creemos que es su hermana. Joao los ha traído juntos, uno en cada hombro sin poder soltarles.

Ocupan la “cesta” numero 5 (otra vez el 5) y 6. Les hemos puesto juntos por si alguien se acerca al pabellón y los reconoce y nos da algún dato para poder filiarles.

Él es pequeñito, calculo que por un percentil de menos diez si mi cálculo de edad está bien hecho. Ella está aún más por debajo. No calculo que tenga más de treinta meses. Luy ha conseguido que haya un tanque de agua tibia calentada por el propio sol, para bañar a los niños.

Se ha quedado dormido mientras que le baño. Tiene una cinta roja de tela sucia y ajada atada en su mano izquierda. Respira rápido. Le pego el fonendo rojo a sus costillas escuálidas y oigo su corazoncito rápido que galopa a toda prisa por la pista de la Vida. Le mido el perímetro de su brazo, delgadito, muy delgadito. Se mueve inquieto en la cesta. Le miro los oídos, le toco las hernias. Se lleva el dedo a la boca, En un descuido mío me agarra el pulgar izquierdo con su manita oscura y tibia y no me lo suelta. Miro de reojo a Joao, que hace lo mismo con ella. Se sonríe.

Miro esa manita y mi dedo pulgar blanco. No me la suelta, no quiero que la suelte, no soportaría que la soltara, quiero que se ate a la Vida a través de ese pulgar llegado de fuera. Por un momento le acuno entre mis brazos, su respiración se va enlenteciendo, podría estar así toda lo que queda de noche. Intento soltar la cinta roja atada a su muñeca izquierda para ver si pone algo escrito que nos dé algo de información sobre su identidad. Deshago el nudo prieto por el agua del baño, Ghia. Kuvango.

Es lo único que consigo descifrar. Le pregunto a Joao si sabe la procedencia de ese nombre. Lo único que dice es que no es sambo y que posiblemente sea uno de los cientos de refugiados que huyeron en la contraofensiva de la UNITA en el frente de Kuvango hace más de medio año y que habrá ido de campo en campo hasta llegar a este.

En voz baja pronuncio su nombre bajito, cerquita de su orejita derecha: “Chia ó Ghia, como te llames, bienvenido a casa, bienvenido a la Vida”, y me parece notar un apretoncito en mi pulgar izquierdo.

Me quedo un buen rato mirándole, y me imagino su familia, sus hermanos, su casa, sus juegos, y no me quiero ni imaginar lo que ha podido pasar, y pienso que no se lo merece nadie, y menos un niño, cualquier niño.

Se queda dormido y no soy capaz de soltar mi pulgar izquierdo. Le tapo a pesar del calor, y por primera vez, en demasiado tiempo, algo en mi interior pronuncia la palabra Vida.

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Saint Viateur de Bagré (Región Centro Este – Burkina Faso)

Celebración Primer Aniversario

Après neuf mois de dur labeur, il était temps qu’on fasse un arrêt pour refaire nos forces. C’est dans cette optique que la Direction de l’établissement et le service de l’aumônerie en collaboration avec l’association des parents (APE) ont décidé de marquer cette fin d’année par les soixante-douze heures de l’établissement. Ce temps a été rythmés par plusieurs activités qui sont entre autres : cross populaire, débats radiophonique, mach de football, compétition artistique, art culinaire, messe d’action de grâce et partage fraternel.
Il faut noter que l’objectif principal de ces soixante-douze heures était de donner une plus grande visibilité à notre établissement dans la Région du Centre Est et permettre également à la population de la commune de BAGRE et celle environnant de connaître l’existence du lycée Saint Viateur, enfin de permettre aux élèves de mettre en valeur leurs talents dans bien des domaines.

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Fallecimiento de nuestro hermano Wilfredo Ramírez (Willi), asv

Jutiapa (Honduras)

Esta noche fallecía en Jutiapa Wilfredo Ramírez, Viator Asociado, más conocido por todos como ‘Willi’. Trabajador atento de SERSO Honduras y miembro de la Comunidad Viatoriana de Honduras.

Nos unimos a tu familia, a tus compañeros y amigos de trabajo y a los miembros de tu Comunidad Viatoriana en el dolor por tu marcha y en la celebración porque ya descansas y VIVES en brazos de nuestra madre-padre Dios.

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