Noches de Luna Negra – un 22 de mayo

Angola

Han llegado 192 personas más: 52 mujeres, de las que 31 están embarazadas, 89 niños y el resto varones adultos, escapándose del reclutamiento forzoso. Joao y Sebastián los censan y los ubican. Cada vez que hemos pasado por delante de ellos nos miran con gesto de “¿dónde mierda quieren que les metamos?”

Ha llegado el relevo de los cascos azules: El mando de ellos nos trae paquetes: latas, té, cartas de mi familia, un cassette con la voz de mi sobrino, la última cinta de Pat Metheny, una carta de Ella en la que me cuenta que la consulta empieza a funcionar y que ya apenas se acuerda de mi voz, un cartón de Camel sin boquilla y galletas de chocolate.

Abro la lata metálica de galletas y voy a mi box: la estampa es curiosa: Anne probándose ropa interior recién enviada de Europa; Patrick probando el malta de su tío; Luy con unos vaqueros nuevos que le quedan enormes.

Entra Chia con su pelota de trapo y corre hacia mí: abrimos la caja metálica con galletas de chocolate y le dejo que elija, nunca ha comido chocolate y con el calor se le derrite entre las manos pequeñitas y mordidas, le cojo al hombro y le llevo a bañar al río. Los hipopótamos se han ido y el agua estará limpia de bichos. Nos acompañan cuatro niños más y Patrick.

Sigo adelgazando a pesar de que cada día las raciones son mayores. Se me ha pasado el día volando. Apenas los morteros han sonado cuatro horas, lo que hemos aprovechado para acelerar las operaciones pendientes. El grupo electrógeno prometido hace más 2 meses sigue sin llegar.

Nos estamos quedando sin medicación pero espero que, como siempre, al final llegue, en el último momento, en el último ahogo.

Hemos acabado de habilitar las tres aulas de los críos para que los maestros desplazados tengan algo en qué ocuparse mientras dura esta locura. Son viejos toldos del almacén de los camiones para camuflarlos, se sentaran en las latas de 10 kilos de leche en polvo vacías donadas por el PMA. Es curioso, latas que sirven de asiento para aprender, para recoger agua del pantano y a la vez para mear por la noche y no salir de la champita por el toque de queda.

Seguimos peleándonos con los líderes para que consientan que las clases sean mixtas, a veces tiro la toalla, pero ya conseguimos que se nos consintiera mezclar niños y niñas en el pabellón de amputados, como para ahora pedirles que cedan también en esto.

Luy y Anne están preparando la fiesta. Una cena especial a base de arroz y carne seca de hipopótamo, y luego, si queda, el malta de Patrick.

Suena la sirena de que se acercan los cazas. Es raro. Cuando llueve, ni los cazas ni los carros se mueven: unos por la visibilidad, los otros por el barro de las pistas de laterita. Me meto en el box. Estoy de guardia, mientras que Patrick, con los cascos puestos, descansa para el turno de noche.

Se apagan las luces del campo. Afuera comienza a llover. Fuerte, caliente, constante, monótono, oscuro. Chia entra empapado en la tienda. Se acurruca entre mis piernas y en la oscuridad le seco con mi camiseta del festival del Jazz de Vitoria, y solo se ven sus dientes blancos con una paleta a punto de crecer.

Huele bien a pesar de sus harapos y su barro. Le digo enfadado que no me gusta que salga cuando suena la sirena. Que espere debajo de los toyotas o a la orilla del lago y una vez más, no me hace caso.

Me pregunta por “sus “galletas” y le digo que  no se las merece, y es incapaz de insistir, es incapaz de comprar mi ternura aunque sea solo por una galleta de chocolate..Le miro en la oscuridad y me viene la imagen de mi sobrino de su misma edad, de su distinto destino.

Le gusta jugar con mi chapa de identificación, le hace nudos, intenta leer mi código y mis iniciales, me mira raro y se sonríe. Le digo que ahí está escrita mi fecha en la que nací, en la que dice que hoy es mi cumpleaños, que en mi país a la gente que queremos en este día le hacemos regalos.

Y me atosiga a preguntas sobre los regalos, sobre los cumpleaños, y meto la pata al preguntarle que cuando nació, y se queda en silencio, un silencio que a mí se me hace eterno, y que él no lo da importancia.

Los cazas han pasado de largo. Afuera llueve, pero hay silencio. Chia hace bolitas con el papel de plata de las galletas de chocolate derretidas.

Alguien llama a cenar. Alguien enciende velas. Alguien me pregunta cuantos años cumplo.  Hoy cumplo 28 años, pero qué más da.

Katchiungo, 22 de mayo. Mi cumpleaños.

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