Noches de Luna Negra – febrero, días después

Angola

Llevo días sin escribir. Suceden tantas cosas y tan rápidamente que no me da tiempo a asimilarlo y contarlo en forma de palabras azules.

Los pabellones nuevos están habilitados pero aún no funcionan. Los padres no se acercan con sus hijos desnutridos, las madres no acercan a sus hijas a que den a luz por miedo a que les quitemos los bebés por no sé qué puñetas. Todo es una locura y a veces nos desmoronamos.

Hemos empezado a repartir pañuelos blancos para que las mujeres-niñas embarazadas y lactando se distingan del resto de las mujeres del campo con el fin de darles un 20 por ciento más de comida.  Aún no sabemos de dónde Luy saca tanto material para tanto pañuelo.

Hemos habilitado el pabellón de niños con capacidad para unos 230 niños, divididos por peso no por edades. Apenas están ocupadas 15 de ellas. Eso nos quita el ánimo, nos desbarata nuestra buena fe, nuestras ganas de calmar nuestra conciencia.

Nos han traído a una pareja de niños: niña y niño casi al principio de la mañana. Él le tenía agarradita del dedo a ella. Él apenas tiene cuatro años, lo calculo por la dentición, ella es más pequeñita y está en grado tres de desnutrición. No sabemos cómo se llaman, ni de dónde vienen, si son sambos o a qué etnia pertenecen. Joao los ha recogido junto a otros del lado de la alambrada. Le ha llamado la atención que él le agarrara la manita de ella y ni siquiera en el sopor de la desnutrición se ha dejado separar de la que creemos que es su hermana. Joao los ha traído juntos, uno en cada hombro sin poder soltarles.

Ocupan la “cesta” numero 5 (otra vez el 5) y 6. Les hemos puesto juntos por si alguien se acerca al pabellón y los reconoce y nos da algún dato para poder filiarles.

Él es pequeñito, calculo que por un percentil de menos diez si mi cálculo de edad está bien hecho. Ella está aún más por debajo. No calculo que tenga más de treinta meses. Luy ha conseguido que haya un tanque de agua tibia calentada por el propio sol, para bañar a los niños.

Se ha quedado dormido mientras que le baño. Tiene una cinta roja de tela sucia y ajada atada en su mano izquierda. Respira rápido. Le pego el fonendo rojo a sus costillas escuálidas y oigo su corazoncito rápido que galopa a toda prisa por la pista de la Vida. Le mido el perímetro de su brazo, delgadito, muy delgadito. Se mueve inquieto en la cesta. Le miro los oídos, le toco las hernias. Se lleva el dedo a la boca, En un descuido mío me agarra el pulgar izquierdo con su manita oscura y tibia y no me lo suelta. Miro de reojo a Joao, que hace lo mismo con ella. Se sonríe.

Miro esa manita y mi dedo pulgar blanco. No me la suelta, no quiero que la suelte, no soportaría que la soltara, quiero que se ate a la Vida a través de ese pulgar llegado de fuera. Por un momento le acuno entre mis brazos, su respiración se va enlenteciendo, podría estar así toda lo que queda de noche. Intento soltar la cinta roja atada a su muñeca izquierda para ver si pone algo escrito que nos dé algo de información sobre su identidad. Deshago el nudo prieto por el agua del baño, Ghia. Kuvango.

Es lo único que consigo descifrar. Le pregunto a Joao si sabe la procedencia de ese nombre. Lo único que dice es que no es sambo y que posiblemente sea uno de los cientos de refugiados que huyeron en la contraofensiva de la UNITA en el frente de Kuvango hace más de medio año y que habrá ido de campo en campo hasta llegar a este.

En voz baja pronuncio su nombre bajito, cerquita de su orejita derecha: “Chia ó Ghia, como te llames, bienvenido a casa, bienvenido a la Vida”, y me parece notar un apretoncito en mi pulgar izquierdo.

Me quedo un buen rato mirándole, y me imagino su familia, sus hermanos, su casa, sus juegos, y no me quiero ni imaginar lo que ha podido pasar, y pienso que no se lo merece nadie, y menos un niño, cualquier niño.

Se queda dormido y no soy capaz de soltar mi pulgar izquierdo. Le tapo a pesar del calor, y por primera vez, en demasiado tiempo, algo en mi interior pronuncia la palabra Vida.

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