Noches de Luna Negra – La noche de ‘Kuyandu’

Angola, y final

Hoy me han besado. Lo han hecho sin prisa, sin querer dejarse. Hoy es la noche de “kuyandu”, la recogida del arroz. Hemos preparado un fuego en el medio del campo. La fiesta se ha coronado con la caza de un hipopótamo que lo hemos tenido que arrastrar con uno de los Toyotas.

UNITA lleva ausente 3 días y tres noches. Hemos podido reparar las chozas quemadas del ultimo bombardeo “por equivocación”.

Me he cortado la coleta para la fiesta. Me he afeitado. Apenas me quedan patillas ya. Hemos pasado la mañana ordenando y preparando la fiesta de la noche. Va a haber luna llena. Mañana al amanecer empezará la cosecha de arroz.

Hemos comprado 5 cajas de Cucas (cerveza angoleña de maíz) para los invitados de la noche. Vendrán de todos los sitios: MSF, ACNUR, OMS, UN… y los veteranos locos de Katchiungo, ya 13 meses…

Anne ha arreglado mi bañador de veranos de Gorliz y le ha hecho un pantalón a Chia, me río al verle.

Por los altavoces del campo no ha dejado de sonar música angoleña. Hoy, no sé, me encuentro excitado, quizá la luna, quizá la humedad, quizá la proximidad de la fiesta. Les he prometido cocinar. Me las ingeniaré para trapichear algún pollo. Sé que el ejército trapichea con tabaco a cambio de comida del PMA.

Está empezando a anochecer. Los imbumgo se preparan para sonar en las cuatro esquinas de la noche. Hay fogatas por toda la noche. Una luna enorme se disfraza de fiesta. El hipopótamo se asa en las brasas de la fogata. Me tomo una cuca fría que comparto con Ángela, bióloga italiana de ACNUR, lleva tirándome los tejos desde que ACNUR llegó hace tres meses a desorganizar el campo organizado.

Tiene los ojos claros y la sonrisa repleta de vida. Nos llevamos bien aunque conservo la distancia. No podría. Nos mentiríamos.

Al bajar de su Land Rover, se ha acercado a mí y me ha besado, sin prisas, sin preguntar, con un solo y simple “me apetecía”. Me ha dejado con los labios callados y secos. Chia, y el resto del pabellón se han reído con sonrisas cómplices. Me he cortado y he desaparecido haciendo el ganso del pabellón repleto de testigos niños.

Me ha seguido por todo el campo. Le gustan los niños, más la niñas, hace competencia con Chia, y se cuentan cosas. Él le dice que no tengo niños, que no tengo esposa, que nadie duerme conmigo, que él lo ha visto.

Se ha puesto bella, creo que hoy todo el mundo se ha preparado para la ocasión, apenas sé nada de ella, y sin embargo ella piensa que soy de su propiedad y me fastidia, y me halaga, y me duele, y me encanta, y me gusta que me haya besado sin yo quererlo y que apenas le haya dicho que me ha gustado. 

Entra en el baño de los chicos, y me afeita. Nunca nadie lo había hecho antes, me invita a cortarme la coleta, me la corta, me abraza por detrás, me dice que estoy delgado, demasiado, que la coleta me hace mayor y que con el pelo corto tengo cara de niño malo.

Los tambores empiezan a sonar, le abrazo, huele bien, espantosamente bien. Me descalzo y noto la tierra fría, y me gusta, y me vuelvo loco.

Le tapo los ojos con la toalla, la cojo de la mano y la llevo a donde quiero. La abrazo por detrás y abro el pestillo del bidón de la ducha.

Nos secamos con ropa limpia y seca. Hace demasiado tiempo que no me sentía así, demasiado tiempo, un peligroso tiempo. Se pone una camisa mía, sin ropa interior, y se recoge el pelo con una coleta.

Chia entra como loco en la tienda, nos agarra la mano a los dos y nos arrastra a la fiesta.

Me gusta abrazarle por detrás. Me siento más unido, más personal, más cercano, más uno. Nos pasamos la noche bailando y saltando alrededor del fuego. Solo la noche es para nosotros. Todo el mundo se empeña en que salga a bailar hasta que descubren que soy un desastre.

El comisario político suelta unas palabras medio borracho. Se vanagloria de que el funcionamiento del campo es obra del partido y todo el mundo se sonroja.

La carne del hipopótamo es grasienta y dulzona. Hace demasiado tiempo que no tomamos carne.

Las madres ofrecen a los recién nacidos a la noche. Alguien se levanta y busca a Patrick y a mí, dicen algo en Sambo que no acierto a traducir. Todo el mundo aplaude, se hace le silencio y… ¡DIOS!, suenan los tambores rompiendo la noche. Alguien, entre la noche, sale a bailar. Impresionante, cálido, roto, brutal, es como una borrachera de ritmo, de piel caliente y brillante, es imposible mantenerse parado.

Es como una borrachera de maría, no sé el tiempo que dura, las cuatro esquinas del campo suenan alternativamente. Y la noche se cae, y yo me siento parte de ellos, parte de su piel, de su tierra destrozada y digna, de su destino incierto y loco.

Vuelvo a mi sitio en la hoguera, aún no me deshago de la sensación que acabo de vivir. Chia juega con los demás niños a bailar como los adultos, los jóvenes van a sus chozas a “conocerse” entre la luna. Hoy se permite todo, mañana nadie sabrá si estará aquí, mañana comenzará a crecer el arroz.

Los tambores se confunden en la noche. Ángela se pega a mí, suave y camelante. Me dice que huelo bien, que siempre huelo bien, me dejo hacer, me duele hacer, me encanta hacer. Mi piel se rebela, podría ser mi hermana mayor, o yo su hermano pequeño. Hace demasiado tiempo que alguien no me abraza, que alguien no me desea, aunque sea mentira. Tampoco nadie me ha dicho que huelo bien.

La noche comienza ahora, la luna se acuesta, y mañana, luego, alguien abrazado a mí, compartirá mi buenos días, y no importará el porqué, solo importará la entrega, la desnudez, la caricia, los labios, la piel, el sexo, el abrazo de después, el amanecer del luego, porque quizá, sea nuestro último mañana, el anteúltimo abrazo, la última caricia repleta de ternura entre la locura.

Katchiungo. El arroz comienza a nacer.

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Noches de Luna Negra – Sábado noche, mayo

Angola

La tarde oculta el sol. Un  pantalón de algodón, una camiseta de un festival de Jazz que me acerca sensaciones a la piel, una barba de 5 días, un reloj de plástico…, y hoy, en este atardecer africano una vez más, comienzo a escribir.

Chia juguetea con un perro famélico y multicolor. Le veo por el agujero de la cortina de la tienda. Se acercan a él otros niños y otras niñas y me parece distinguir a Mendo, el niño 135 de alimentación que hace apenas de 15 días se colaba entre mis manos con menos de 17 kilos.

Chia va de jefe. Ordena, gesticula, manda, hace la portería, saca el balón, protesta, chilla, ríe, ríe. Me podría estar tardes noches enteras viéndoles ajenos a todo: el sufrimiento, el hambre, el olor a miseria que lo inunda todo y se te pega en la piel por mucho que te enjabones, a las bombas, al ejército, a la guerrilla.

Enciendo un cigarrillo, fumo mucho. Mi cuerpo delgado se marca en la piel. He empezado a toser por las noches, Patrick me da el coñazo sobre mi tos. Como poco y creo que la malaria se está cebando conmigo.

Hoy he soñado con el verano en Gorliz. Veía a ama regresando de la playa con mis alpargatas rellenas de arena y luego, entre sombras, me parecía ver a mi hermana con unas enormes gafas de sol colocadas en la frente.

A lo lejos suenan los morteros del 13. Ya los distinguimos por sonido seco y atroz, como pequeños cachetes a la noche. Hemos escondido uno de los helicópteros entre las tiendas tapando las hélices con el doble techo del almacén 3. Me preocupa que mañana lo descubran y tomen represalias bombardeando el campo.

Mi chapa de identificación me recuerda que dentro de unos días seré un año mayor, 29 años, 29. Sé que están preparando una sorpresa para esa noche, quizá una botella de ginebra, una gallina robada y asada, una cassette traída de lejos de mi familia, una llamada por radio de Maurice, una carta de Lourdes, un atardecer tibio y sin mosquitos, un baño en el pantano, una noche sin combates, un paquete de comida…

Me dicen que me queda bien la barba. Me pica con el sudor y con la mascarilla de quirófano me pica aún más. Patrick sale a jugar con los niños. Es un inútil con el balón, y su cuerpo escuálido y larguirucho con su coleta zanahoria se distingue del grupo de niños que le arrebatan la pelota una y otra vez.

Hoy hemos discutido. Creo que no tiene razón, pero en el quirófano manda él. No admito su frialdad con el personal, sus altibajos de humor, su maltrato continuo y casi constante hacia Anne para acabar en la cama todas las noches junto a ella.

Mañana llegará otro cargamento. Aprovecharemos para sacar el helicóptero del campo. A veces me marcharía camuflado entre los cadáveres o entre los heridos; a veces, reconozco que lo he pensado: Huambo, Luanda, Kinshasa, Bruselas, Madrid, Bilbao.

Sueño con mi gente, con mi familia. No les echo en falta por estar lejos, sino por no estar cerca. Abrazar a ama, a aita, a veces les echo en cara que no digan nada, que se resignen a tener un hijo loco y disparatado.

El balón entra despistado a la tienda como si se quisiera esconder de tantas patadas. Lo escondo por debajo de la silla y un niño que desconozco me mira y se asusta al ver mi cara haciéndome el despistado y serio. Mira por todos los sitios, debajo de mi catre, de los libros apalancados en la medio silla y sale de la tienda gritando “van gutí, van gutí” ( no está, no está). Vienen más niños, van apareciendo en la tienda cabecitas negras con ojos blancos que relumbran entre el fondo de la lona blanca de la tienda. Pregunto que qué buscan y Chia se envalentona y me dice que la pelota. Les contesto que no he visto ninguna pelota, y me desmorono cuando me dice que si no se la devuelvo no me pueden invitar a jugar con ellos. Me quedo planchado y les digo que salgan, que ahora les doy la pelota.

Apago el cigarrillo en la zapatilla y, poniéndome la bata como doña Rogelia, empiezo a hacer el ganso entre la noche que empieza a invadirlo todo.

Ya apenas se ve. Patrick entra sudando y se suelta el pelo. Me dice que si nos vamos a duchar, le guiña el ojo a Anne, que accede esclava y caliente. Les contesto que sí, que voy.

Pero antes, sin querer, me rasco la barba, miro mi chapa de identificación con mis próximos 29 años en ella y, sin querer, me siento un niño loco y atrevido entre la locura de lo que eligió.

Katchiungo. Es de noche.

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Noches de Luna Negra – 25 de abril

Angola

Atardece sobre el pantano.

Vuelvo de Lubango, después de 11 días de combates y quirófano. Regreso al campo, cansado y con la espalda destrozada tras manejar durante 8 horas por caminos de laterita agujereada por las minas.

Hemos llegado en convoy, custodiados por dos tanques del FNLA y cascos azules paquistaníes. Los niños han salido corriendo a recibirnos mientras hacemos sonar las bocinas de los TT repletos de barro. El primero en llegar ha sido Ghia, me abraza, se me sube a los brazos, está cogiendo peso… Me achucha y me besa en la mejilla y mi barba le pincha, le agarro de la mano y coge mi petate que apenas puede sino arrastrarlo.

De nuestra tienda sale Patrick. Besa a Ane en los labios y le acaricia la mejilla.

Se acerca a mí, me abraza con fuerza:

—Te hemos echado en falta. “¿Cómo estás? ¿Cómo ha ido todo?

—Yo también a vosotros, como siempre, con ganas de dormir tres días seguidos, una ducha caliente y una cerveza fría.

—Tenemos una sorpresa para ti.

La sorpresa consiste en cuarenta y seis niños de Huambo, recién traídos por Luy. Famélicos, los ha rescatado de entre los escombros de Huambo. Salían en la oscuridad después de los combates a ver si podían pillar algo para comer o subsistir. Hacían hogueras entre los escombros. Así los localizaba Luy: por el resplandor.

Los ha metido en un camión “prestado” por los cascos azules y los ha traído a todos. Cuarenta y seis niños.

Llego a la base y entro en mi “cuarto”. Todo está ordenado; la ropa limpia y en su sitio, dos cartas, una de casa y otra de Juan Carlos desde Rwanda. Ane entra en la habitación, y me dice: “has estado genial Jon, ha sido un placer, a pesar de todo, trabajar contigo en esas circunstancias”. “Gracias Ane, por estar conmigo en Lubango. Anda, déjame, quiero estar solo un rato. Tengo carta de casa.”

Deshago mi petate: camisetas sudadas, pantalones de quirófano de mil colores, mi libreta recién empezada, mi fonendo granate, el neceser, la cinta de Pat Metheny, la foto de Ilay, la foto de mi mar en pequeño, las chapas de identificación en inglés…

Me desnudo y, con una toalla sujeta a la cintura, me voy a la ducha. Luy ha arreglado la instalación de agua caliente para nuestra llegada. El espejo se empaña, me suelto el pelo y me meto debajo del chorro cálido, estoy un buen rato bajo el agua. Me enjabono con jabón de coco, regalo de Luanda, me lavo el pelo, me quito todo lo que llevo encima: barro, locura, lástima, lágrimas, ruido de bombas, dolor, impotencia, sangre…

Me apoyo en la lona húmeda y enfrento una vez más mi cara al agua caliente, y no lloro, ya no lloro.

Salgo de la ducha y entro en mi cuarto: ropa limpia, un pantalón de algodón, una camiseta blanca de pico, unas zapatillas de lona y dejo mi pelo al aire.

Ghia entra en el cuarto. Me pide que le ate la zapatilla, me enseña el cuaderno donde dibuja con un lápiz súper mordido, me enseña su nombre mal escrito y me dice que le dibuje lo que he visto. Me sonrío, le siento en mis rodillas y le digo al oído que no puedo, que era muy feo, que no quiero dibujar cosas feas, que no quiero dibujar otra cosa que no sean lunas, estrellas, baobabs gigantes… y risas, muchas risas…. y me pregunta cómo se dibujan las risas, y me deja descolocado y le contesto que las risas son su cara, su mirada, su forma de dormir, su forma de malnadar en el pantano, su forma de malcolocarse la gorra.

Y me dice que me ha echado en falta, que se ha aburrido mucho por las tardes. Entra Patrick con una Cuca helada y una galleta de proteínas. Juega con la gorra de Ghia a colocársela al revés, y me dice que se ha portado bien, que ha ido a clase todos los días, que no se ha peleado demasiado y que se ha dejado sacar sangre como un valiente.

Se lo lleva a cenar. Entra Ane, recién duchada, oliendo a coco y a piel, se sienta a mi lado en el catre, retirando la toalla húmeda y me suelta a bocajarro:

—Me estoy enamorando de Patrick, y lo peor de todo es que él lo sabe.

No te suicides, Ane, no te suicides. Aprovecha, vive cada instante, pero no te suicides. En nuestra situación puede pasar cualquier cosa, incluso que esta noche, cuando os acostéis, penséis que quizá sea vuestra última noche.

Compartimos la Cuca. Después se va con sus ojos azules brillantes.

Me tiro en el catre y abro las cartas que he dejado para este momento tranquilo. Las leo lentamente, deshilvanando cada palabra azul de tinta de la pluma de ama, que me cuenta cosas de mi sobrino Iñigo, de aita y su diabetes, de su piano Pleyel nuevo, que necesita unas manos nuevas para tocar con ella, del libro que está leyendo, de los cumpleaños, de su aniversario de boda. Dice que me cuide en la medida que pueda, que me añoran, que ETA sigue matando, que la vida sigue y que estoy lejos.

Vuelvo a leer la carta.

Me acabo la cerveza ya caliente y meto las hojas en el sobre. El grupo electrógeno empieza a sonar. Me echo repelente y salgo a dar una vuelta por el campo. Ghia me ve y deja de hacer los deberes. Viene corriendo hacia mí y me agarra de la mano con su manita pequeña y negra mientras que me pide que le acompañe a buscar sonrisas.»

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Noches de Luna Negra – Un domingo de febrero

Angola

Ha sido una noche tranquila. Las primeras fogatas del campo empiezan a dar vida a la vida. Dentro de un rato un capellán católico comenzará a hablar de Dios en un mundo despojado de Él. Me coloco las chancletas y salgo de la mosquitera; me pongo la camiseta de Goomer, y salgo a dar la primera ronda por la sala de infecciosos; me cruzo con Anne que sale de guardia y me besa. Me da el último parte y nos tomamos un té ya tibio que reposa desde la noche. Repaso la consulta de infecciosos y me niego a recontar el pabellón de la Risa.

Saludo a Marcos, el enfermero cubano que me enseña un niño recién nacido y me dice que la madre ha pedido que lo bauticen pronto, si puedo hablar con el capellán gringo para que lo haga cuanto antes.

Entro en el pabellón de niños, huele fuerte, y me doy cuenta que los peluches no tienen sexo, que acompañan tanto a niñas como a niños. Descubro a Chia con el dedo metido en la boca. Le tengo preparada una sorpresa: quiero ir con él a Huambo, la ciudad más cercana, a recoger del hospital de Cruz Roja, insumos, medicamentos y plasma. Él no lo sabe, jamás ha estado en una gran ciudad con aceras, casas de bloque, ventanas con cristales (si queda alguno), con las calles asfaltadas y rectas.

Le miro, le retiro el dedo de la boca, se da la vuelta en el catre, le cojo una mano y pienso en mi sobrino con su misma edad y distinto destino.

Le levanto de la cama y le doy los buenos días en sambo,” Il cue, Chia”. Se despierta y se abraza a mi cuello medio dormido y con la otra mano colgando recoge el osito marrón que alguien mandó de Europa sin destino concreto. Le cuento mediante palabras infinitivas que le tengo preparada una sorpresa. y pega un berrido que despierta a todo el campo.

Mientras que se ducha en nuestras pilas de agua caliente (un beneficio de Luy, el manitas de logístico que tenemos), le cuento que vamos a la ciudad, a pesar de las pegas de Patrick por la carretera minada.

Preparamos nuestro petate: mi Nikon, mi pluma azul, una camisa limpia, un calzoncillo, mi libreta de pastas negras, mi salvoconducto, un kit de cirugía, unas chocolatinas y un cassette de Van Morrison.

Le coloco mi gorra a Chia que casi le tapa los ojos, repaso el pedido de farmacia y cogemos el Toyota con bajos blindados.

Al salir por el campo relleno un sin fin de papeles, pruebo la radio y escucho a Anne al otro lado de la antena que me dice que suena bien mi voz, y que le traiga algo de la ciudad.

Un casco azul senegalés enorme me sugiere que espere un poco a salir porque dentro de un rato saldrá un convoy con camiones y así aproveche la rodada para evitar las minas. Decido esperar mientras que Chia se pega a mí.

Me preguntan a dónde voy con el niño y les digo que al dentista, guiñando el ojo a un casco azul.

Son casi tres horas de pista y al final del horizonte, entre los árboles que conducen al pantano el sol brillante y cegador comienza a rebelarse. Lleno los dos tanques de diesel y fumo un cigarrillo con un sargento que me cuenta sus miedos y sus temores de regresar a casa y no encontrarse con su mujer a la vuelta.

Salimos al de pocos minutos y nos situamos detrás, a unos 25 metros de un enorme camión MAC y por el rabillo del ojo observo a Chia embobado y emocionado por su primer viaje a la ciudad.

Corremos por la pista y me pregunta cosas sobre mis hijos, sobre mis esposas, sobre mi país, sobre mis hermanos, sobre mi cielo, sobre mi mundo, sobre mi todo y mi nada. Le contesto que no tengo hijos, que no tengo esposas, que en mi país no hay hipopótamos, que mi cielo casi siempre es gris, que mi todo es lo que llevo en el petate y que mi nada es lo que traje de mi mundo. Me mira extrañado y apoya la nariz en el cristal.

Paramos por un momento para hacer pis y compartimos una chocolatina medio derretida. Le pongo mi gorra del revés y le siento entre mis piernas para que lleve el volante mientras que yo manejo los pedales. Cantamos juntos a puro pulmón Georgia de Van y la sabana se esconde de nuestros gritos.

Nos paran tres controles del ejército y nos revisan los papeles mil veces y por un momento se me escapa que Chia es mi hijo y me alegro, por un momento, que Chia no sepa nada de portugués.

Llegamos al hospital de Huambo, destartalado pero digno, a rebosar y a pleno rendimiento, manejado por búlgaros y checos. Saludo a Rodri, el cirujano búlgaro que amputa piernas en 14 minutos a la luz de un candil de petróleo y con un cable de acero. Se ha dejado bigote y hago risas a costa de su bigotito tipo facha. Me invita a un trago de no sé qué y se lo rechazo echando la culpa a la hora.

Una enfermera angoleña le llama para hacer una cesárea. Me dice que él nunca ha hecho una y me ofrezco a enseñarle a cambio de sus clases sobre estallidos abdominales.

Entramos en el paritorio y nos encontramos con una mujer-niña de apenas 13 años a punto de reventar por un parto de nalgas imposible de salir.

Me doy vuelta a la camiseta y me coloco un pijama verde y comienzo a sudar. Después de 46 minutos llega a este mundo un bebé de 1.830 gramos, negro como su futuro, rosáceo como el paisaje, tibio como el ambiente. Coloco mi fonendo rojo sobre su piel negra y noto el ritmo de la Vida, ahí, en su cuerpecito suave y sin apenas arrugas, delgadito y acurrucado. Le pongo la cinta de identificación, y le ponemos el primer y único pañal limpio de su futuro.

Me desnudo y enfrento mi cara al agua tibia que huele a lejía y por un momento me olvido de Chia. Me seco con el pantalón del pijama y le acepto el trago de no sé qué a Rodri.

Comemos juntos con dos médicas de Cruz Roja y me preguntan que quién es el niño que se ha quedado dormido a mi lado, y me sonrío y les contesto que mi esperanza entre la locura, y una de ellas, la más fea, claro, me dice que tengo una voz bonita.

Damos una vuelta entre la ciudad. Caminamos entre sacos terreros, socavones de minas, entre ventanas sin cristales, entre murales de dioses de la Revolución, entre farolas que un día iluminaron la noche, entre estruendos de tanques que destrozan aceras por las que un día pasearon enamorados y jugaron escolares.

Camino de la mano de Chia, que lo mira todo asustado y escéptico. Le invito a un refresco caliente que me juran que sabe a naranja y es lo único que se puede beber por estar embotellado. Se guarda la chapa de la botella “para enseñársela a sus amigos del campo.”

Le digo que se está haciendo tarde y que debemos regresar al Toyota, y por un momento me cuenta que no le gusta la ciudad, y me sincero diciéndole que a mí tampoco, y de la mano, una vez más, regresamos entre escombros a nuestro refugio mecanizado y blanco.

Salimos de la ciudad, y dentro de una hora se hará de noche. Preguntamos si está mal la carretera y un oficial del MPLA, me dice que no hay peligro, que hay paso, porque los soldados de UNITA han cobrado la paga y que se la están bebiendo, y nunca he agradecido tanto que la gente se emborrache.

Chia se queda dormido en el asiento y noto su cabecita junto a mi codo y apenas me muevo para no despertar. Apago la voz de Van y escucho a la noche. Los focos del Toyota despiertan de vez en cuando en la noche algún animal que salta asustado.

Paro un momento entre los árboles. Apenas estamos en casa, (¿he dicho casa?) enciendo un cigarrillo y la noche está en silencio. Apenas hay estrellas.

Comienza a caer una lluvia cálida y acogedora, la época de lluvias empezará dentro de unos días.

A través de la ventanilla miro a Chia en paz y tranquilo, y descubro entre los deditos negros y frágiles la chapita de refresco que hará la envidia de sus amigos del campo.

Me subo al Toyota, miro mi petate algo más abultado por la camiseta que le he robado a Rodri para Anne, conduzco unos kilómetros campo a través y a lo lejos se aprecian las pocas luces del Campo.

No me importa hoy llegar al campo. Ha sido un día especial, pasar un día junto a mi esperanza, compartir un trozo de pollo con un colega y dos chicas ajenas que se invitan a conocer el Campo.

Abro el paso del segundo tanque de gasoil y ya cerquita veo mi mundo de paso, mi mundo de locura y de ternura a la vez, mi mundo de manos blancas y niños negros, de muerte sin color y médicos con bigote facha, de amigos lejanos y amantes cerca, de recuerdos crueles y de niños dormidos ajenos a la realidad.

Entro en el campo y aparco junto al almacén. Descargamos el material y Patrick me mete prisa para entrar en quirófano, y no le oigo, no le quiero escuchar, hoy no tengo prisa para nada, hoy soy todo mío y me lo merezco, tal vez porque me han dicho que tengo una voz bonita, o porque simplemente, Chia tiene una chapa de refresco que cobija sus sueños, y porque a él tampoco le gusta la ciudad.”

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Bicentenario de la Independencia del Perú

28 de julio, Fiestas Patrias

Mañana, 28 de julio, celebra el Perú sus Fiestas Patrias y su 200º aniversario de la Declaración de Independencia. Desde este blog nos sumamos a las y los Viatores peruanos, a nuestros amigos y conocidos, a su celebración. Pedimos a nuestro Dios que el país siga creciendo en una mayor igualdad, libertad, inclusión y justicia. Un gran abrazo.

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