Noches de Luna Negra – Sábado noche, mayo

Angola

La tarde oculta el sol. Un  pantalón de algodón, una camiseta de un festival de Jazz que me acerca sensaciones a la piel, una barba de 5 días, un reloj de plástico…, y hoy, en este atardecer africano una vez más, comienzo a escribir.

Chia juguetea con un perro famélico y multicolor. Le veo por el agujero de la cortina de la tienda. Se acercan a él otros niños y otras niñas y me parece distinguir a Mendo, el niño 135 de alimentación que hace apenas de 15 días se colaba entre mis manos con menos de 17 kilos.

Chia va de jefe. Ordena, gesticula, manda, hace la portería, saca el balón, protesta, chilla, ríe, ríe. Me podría estar tardes noches enteras viéndoles ajenos a todo: el sufrimiento, el hambre, el olor a miseria que lo inunda todo y se te pega en la piel por mucho que te enjabones, a las bombas, al ejército, a la guerrilla.

Enciendo un cigarrillo, fumo mucho. Mi cuerpo delgado se marca en la piel. He empezado a toser por las noches, Patrick me da el coñazo sobre mi tos. Como poco y creo que la malaria se está cebando conmigo.

Hoy he soñado con el verano en Gorliz. Veía a ama regresando de la playa con mis alpargatas rellenas de arena y luego, entre sombras, me parecía ver a mi hermana con unas enormes gafas de sol colocadas en la frente.

A lo lejos suenan los morteros del 13. Ya los distinguimos por sonido seco y atroz, como pequeños cachetes a la noche. Hemos escondido uno de los helicópteros entre las tiendas tapando las hélices con el doble techo del almacén 3. Me preocupa que mañana lo descubran y tomen represalias bombardeando el campo.

Mi chapa de identificación me recuerda que dentro de unos días seré un año mayor, 29 años, 29. Sé que están preparando una sorpresa para esa noche, quizá una botella de ginebra, una gallina robada y asada, una cassette traída de lejos de mi familia, una llamada por radio de Maurice, una carta de Lourdes, un atardecer tibio y sin mosquitos, un baño en el pantano, una noche sin combates, un paquete de comida…

Me dicen que me queda bien la barba. Me pica con el sudor y con la mascarilla de quirófano me pica aún más. Patrick sale a jugar con los niños. Es un inútil con el balón, y su cuerpo escuálido y larguirucho con su coleta zanahoria se distingue del grupo de niños que le arrebatan la pelota una y otra vez.

Hoy hemos discutido. Creo que no tiene razón, pero en el quirófano manda él. No admito su frialdad con el personal, sus altibajos de humor, su maltrato continuo y casi constante hacia Anne para acabar en la cama todas las noches junto a ella.

Mañana llegará otro cargamento. Aprovecharemos para sacar el helicóptero del campo. A veces me marcharía camuflado entre los cadáveres o entre los heridos; a veces, reconozco que lo he pensado: Huambo, Luanda, Kinshasa, Bruselas, Madrid, Bilbao.

Sueño con mi gente, con mi familia. No les echo en falta por estar lejos, sino por no estar cerca. Abrazar a ama, a aita, a veces les echo en cara que no digan nada, que se resignen a tener un hijo loco y disparatado.

El balón entra despistado a la tienda como si se quisiera esconder de tantas patadas. Lo escondo por debajo de la silla y un niño que desconozco me mira y se asusta al ver mi cara haciéndome el despistado y serio. Mira por todos los sitios, debajo de mi catre, de los libros apalancados en la medio silla y sale de la tienda gritando “van gutí, van gutí” ( no está, no está). Vienen más niños, van apareciendo en la tienda cabecitas negras con ojos blancos que relumbran entre el fondo de la lona blanca de la tienda. Pregunto que qué buscan y Chia se envalentona y me dice que la pelota. Les contesto que no he visto ninguna pelota, y me desmorono cuando me dice que si no se la devuelvo no me pueden invitar a jugar con ellos. Me quedo planchado y les digo que salgan, que ahora les doy la pelota.

Apago el cigarrillo en la zapatilla y, poniéndome la bata como doña Rogelia, empiezo a hacer el ganso entre la noche que empieza a invadirlo todo.

Ya apenas se ve. Patrick entra sudando y se suelta el pelo. Me dice que si nos vamos a duchar, le guiña el ojo a Anne, que accede esclava y caliente. Les contesto que sí, que voy.

Pero antes, sin querer, me rasco la barba, miro mi chapa de identificación con mis próximos 29 años en ella y, sin querer, me siento un niño loco y atrevido entre la locura de lo que eligió.

Katchiungo. Es de noche.

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