Noches de Luna Negra

Mosquitia (Honduras), martes 15 y miércoles 16

Martes: Hay un nuevo brote entre los pech. No lo hemos podido sospechar hasta muy tarde. Retomamos las guardias.

Miércoles: La luna inmensa sobre la laguna. Aprovecho para estar un rato en el árbol. Kavó tiene visita femenina. “Una vieja amiga”. De vieja nada y espero que no sea solo amiga. Noticias de La Ceiba nos alegran el día.

Estoy adelgazando. Corre la brisa a lo largo de la laguna. Hoy, los niños, han pescado un tiburón bobo que, despistado, se ha acercado hasta la playa. Es un acontecimiento. Cualquier cosa, por mínima que sea, es un acontecimiento para esta gente.

Cada vez son más los adultos que entran en el campo para la consulta. No podemos más. Nos quitan tiempo y material para dedicarnos a lo que hemos venido. A veces me enfado conmigo mismo. Me enfado por no saber misquito, por utilizar un intérprete que no traduce lo que digo y divaga sobre lo que le cuentan los enfermos. Estoy todo el día irritado y enfadado.

Empiezo a notar la fiebre. Me preocupa el dolor de la pierna.

Seguimos recibiendo alimentos de forma escondida. Unas veces pescado, otras fruta, alguna tortilla de maíz…, que a lo largo de la noche se quedan como piedras, pero lo que más me llama la atención es lo de ayer: dos ramos de flores de la laguna unidos por cabello de mujer.

Ahora cuando escribo, lo pienso y me doy cuenta que me gustaría saber quién es la persona que se molesta en traernos comida. Y lo hace bien. Lo hace mientras que nos relevamos la guardia, y así no pillarle por el camino. Los guardias no ven nada. Lo único las mamás autorizadas a dar pecho a los niños.

Me intriga y a la vez me encanta tener un motivo que rompa la odiosa locura de este campo.

La luna se va haciendo pequeña a medida que sube hacia la noche. Leo lo de días anteriores y me resulta esperpéntico cuando leo lo que escribo de Pai.

Me recuesto en el árbol. En la esquina de la laguna hay dos niños jugando en la arena y ordenando el trasmallo. Ellos no me ven. Son ligeros y hábiles. Corretean a ambos lados de la red. Uno es casi el doble de alto que el otro. El pequeñajo se sube a los hombros del mayor y aprovecha para tomar impulso y tirarse de cabeza al agua. Me acuerdo de mi hermano y los veranos de niños en Gorliz. Yo era su protegido. El que le guardaba los Ducados para que mama no se enterara.

Me doy cuenta que apenas he hablado con mi hermano de esta locura. Jamás. Aséptico y tolerante. Familiar y cómodo. Acogedor y a la vez distante con mis locuras. Siempre ha estado allí, en el aeropuerto, en la pantalla del ordenador, en el teléfono frío e inhumano, en las compras de última hora, en el último café antes de partir, en sus críticas de las diapositivas…, en los regresos en forma de abrazo de oso y beso cálido.

Me pregunto cómo será la mujer que se acerca noche tras noche a escondidas a la escalera de nuestro “hogar”. Sabemos que anda descalza, pero eso no es pista porque todo el mundo anda descalzo inclusive nosotros.

Juego con mi chapa de identificación que cuelga del cuello. Dibujo en la arena dibujos con los pies desnudos. Me quedo en silencio escuchando la noche y a los niños que chapotean  en la laguna. Esta noche no quiero pensar en Ella. No puedo. No debo. Esta noche no.

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