Noches de Luna Negra

Mosquitia (Honduras)miércoles 9

Huelo horrible. La culpa la tiene una mujer miskita que se ha empeñado, mientras me quedaba dormido en la playa, en untarme un ungüento a base de no sé qué para la picadura de garrapatas. Joder con el ungüento, es imposible acercarse a mí a 10 metros de distancia e igual a Kavó. No nos lo podemos quitar en todo el día. Dormiremos al aire libre para no manchar las sabanas que nos quedan.

He pasado (al atardecer) unas horas entre los miskitos acompañado de Kavó. Se ríen mucho y hablan poco. Algunos apenas saben castellano. Hay un montón de niños que se pasan el día en la laguna jugando y chapoteando. Saco fotos y les hago trucos de magia. Paseo de vez en cuando con una nariz de payaso que ellos nunca han visto y les hace gracia, y a pesar de nuestro olor se acercan para tocar mi nariz de payaso calvo con visera. Loco con premeditación y alevosía, médico de pura cepa y humanito de a pie y sin disculpas.

Organizamos un partido de fútbol en la playa con material del quirófano que oficialmente no existe (como nos pillen….) y me dejo meter un  sinfín de goles que por otro lado pone en evidencia mi incompatibilidad con el fútbol.

Los adultos se acercan y dejan caer sus enfermedades. Les decimos que nosotros no “estamos  para eso” y mi alma se despedaza a trocitos cada vez que pronuncio esta frase, jamás me acostumbraré a decir NO.

Ante la avalancha de gente y quejas, cobardemente, regresamos al campo, pero es curioso, no hay cerco, no hay vigilantes, no hay muros, apenas los vigilantes impiden el paso; pero, al pasar por la primera hilera de tiendas, ellos se quedan atrás, como temiendo que les toque a ellos el roce de la muerte, a la que nosotros, Kavó y yo, somos, para ellos, inmunes.

Nos duchamos para quitarnos el ungüento… y mientras preparamos la cena (caracol y arroz) no queremos sacar el tema de los adultos.

Cenamos en silencio, mientras que por primera vez, por primera noche, nos damos cuenta que el llanto de los niños también llega hasta el contenedor.

La noche, siempre la noche, cálida y pegajosa, impresionante y majestuosa.

Dejo el tenedor en el plato y le propongo adelantar dos horas la hora de levantarnos y pasar consulta al amanecer a 20 adultos. Me dice que estoy loco y le digo que sí, que si no, no estaría acá soportando sus ronquidos cuando podría estar en la Feria de Abril como alguien me propuso antes de venir.

Acepta. No le queda otro remedio. Creo que a mí tampoco en lo que respecta a sus ronquidos.

La noche se cae. Daría cualquier cosa por un trozo de chocolate.

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