Noches de Luna Negra – un día de febrero

Angola

Han pasado los días rápidos. Intento escribir todas las noches un rato, pero me es imposible. Informes, reposición de material, guardias, toques de alarma, más informes…

Las previsiones de equipo y de material están al garete. En el aeropuerto de Huambo los cubanos no dejan aterrizar material que no sea de guerra o de avituallamiento de sus soldados. Todo son trabas mientras que los enormes Antonov rusos no dejan de traer equipo de guerra.

Hemos habilitado los cuatro containers como salas independientes. La enorme carpa del color de la nieve cubre toda el área común. El paso de los rayos de sol a través de la enorme cruz roja da un color anaranjado al ambiente.

Aún no funcionan los generadores de aire de emergencia para cubrir las 24 horas de quirófano, pero las duchas funcionan gracias a un apaño de Luy. Nos promete que para final de año (¡que iluso!) nos preparará algo para poder tener agua caliente para los niños y nosotros.

Ahora a la hora de escribir, miro alrededor de mi pequeño mundo convertido en íntimo gracias a tres sabanas colocadas estratégicamente y cumpliendo rigurosamente las normas que nos llegan desde lejos: altura 1,80, de largura 2,00 metros: una cama de tijera, una silla de tijera, una mesa de 1,25 m. por 0,80 m. con flexo de 60 vatios, un arcón de cinc con todas  “nuestras posesiones”, de color azul oscuro con nuestro nombre y código, de un tamaño 5 cm más largo que nuestra estatura, para así, en caso de caer, poder ser “devueltos a casa debidamente.

Una foto de Lourdes, preciosa, una foto de un atardecer en mi playa, una foto de mi familia, una foto de una bicicleta en blanco y negro sacada en el paseo de la Concha de Donosti, mis reef, mis sempiternas reef de color azul, mi petate blanco con mis iniciales, mi número de serie, mi país de nacimiento, sucio de barro y de laterita, mi fonendo granate regalo de tercero de medicina de la tía Matilde, el reloj en mi mano derecha regalo de Aita al irme de “su casa”, mis cintas de cassette repletas de jazz y de Bach, el Walki con el número 5, al igual que mi Toyota asignado, igual que mi taquilla asignada en el lavatorio previo al quirófano dos, igual que mi talla de pijama de quirófano… Curioso, es curioso, a qué se puede reducir un mundo espléndido y repleto hace apenas unas semanas a este nicho de apenas 8 metros cuadrados en lo que todo se resume a mí, sin despojos, sin ambages, sin cosas superfluas, sin otras cosas íntimas que no sean esas únicas cosas que he elegido para acompañarme en esta parte de mi Vida con mayúsculas, recién comenzada.

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