Noches de Luna Negra

Angola, enero, seis días después

Llevamos 3 días sin dormir. La llegada al campo ha sido atroz. El olor de la miseria se te mete en la piel. No hay letrinas por miedo a las minas, no hay el más mínimo campo de cultivo por el miedo a las minas, las chozas están apiñadas por la seguridad que les da la cercanía de las otras, no hay ni un pozo de agua por miedo a cavar y que salten las minas, la gente no se baña, ni lava su ropa por miedo a que en el pantano haya minas, lo niños no juegan a la pelota porque puede haber minas, …minas, … minas, … minas.

Tres días sin dormir. Sin apenas llegar ya nos esperaban heridos de mortero y de bala en el suelo del helipuerto improvisado. Miles de personas se han abalanzado cuando han visto aparecer los camiones blancos. Hemos tenido que improvisar dos quirófanos para los heridos de combate. Aún no hemos podido sacar el material quirúrgico ni los equipos. Necesitamos tiempo y no lo tenemos.

Hoy, hace apenas 27 horas se me quedaba un herido en el quirófano. No sé su nombre, no sé su edad. Solo sé que estaba con un estallido de bala dum-dum en el abdomen, no sé nada de él. Saúl y Beto me lo han dejado en la mesa del quirófano, justo en la mesa de enfrente de la mesa de Patrick, donde amputaba una pierna a alguien sin nombre, sin edad, sin historia.

Hoy hace apenas 27 horas se me moría alguien, a mí, a Jon. Mi primer paciente muerto. Mis manos blancas de europeo perfecto, con su medicina perfecta, con su técnica perfecta, con su conciencia cómoda y perfecta, no han podido salvar la Vida a alguien sin nombre, sin esperanza, sin historia.

Acabamos de empezar y esto es una locura. Necesito dormir. No hemos comido nada sólido en tres días, pero no tengo hambre, solo tengo sueño, y cansancio, y miedo. Un miedo desapacible y contundente a que esto siga así, día tras día, noche tras noche. Aún no he abierto mi petate y no recuerdo dónde lo dejé cuando llegamos. Solo quiero dormir y descansar.

Mi camiseta blanca con la que he operado las últimas 17 horas ya no tiene color. Mi chapa de identidad cuelga sucia de mi cuello sudoroso y cansado.

Los niños se esconden a mi paso. Los pocos que pueden caminar se esconden entre las chozas de ramas y tejado de plástico. Los otros, la inmensa mayoría, se sientan en el suelo junto a sus madres famélicas, junto a los fuegos apagados porque los mandos políticos del Partido les prohíben encenderlos para que no localicen el campo por la noche.

Estoy cansado, tremendamente cansado. Patrick duerme en uno de los Toyotas, porque nuestros catres los ocupan recién operados.

Alguien me acerca una taza de té tibio. Es la mujer de Saúl. Me sonríe al acercarme la taza. En una lengua que desconozco me señala la camiseta y con señas me dice que me la quite para lavarla y desinfectarla junto a la ropa de quirófano.

Me la quito y me doy cuenta que no tengo más ropa porque no tengo ni idea dónde he dejado el petate. Me miro y me veo, me veo y no me reconozco, no me reconozco y apenas veo mis manos blancas. Huelen a talco de los guantes de cirugía, huelen a sufrimiento ajeno, huelen a dudas cercanas, huelen a blanco, huelen a miedo, sí, tengo miedo, mucho miedo a no soportar esto, huelen a mi gente, a mi piel europea y lógica, a locura y hoy, más que nada, a muerte.

He comenzado mi libreta negra. Tenía ganas de hacerlo, pero no de esta forma. No, de esta forma no.

No sé cómo se llamaba. No sé si algún día fue feliz. No sé qué soñaba por las noches. No sé quién le acariciaba. No sé su edad. Solo sé, que para él ya no habrá más silencios, más esperanza.

Por el pantano comienza a clarear el día. Es el primer amanecer que veo en este campo de Muerte. Mi primer día. Mi primer amanecer en la locura.

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