COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Nota:

Me ha sido imposible incluir los dos últimos Comentarios dominicales de Anjel debido a mi visita al Perú: muchos kilómetros, muchas reuniones, noches de autobús y mucho cansancio. De todas formas, hemos podido visitar a nuestras y nuestros cooperantes, a las organizaciones que las y los acogen, y a las amigas y amigos.

Vigesimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario

Servir: vocación y misión

El comienzo del evangelio de hoy no es el final del pasaje evangélico del domingo pasado, aunque se parezcan mucho. Nos encontramos en otro capítulo y en otras circunstancias. El domingo pasado era el primer anuncio que les hacía Jesús de la pasión-muerte-resurrección. Hoy es el segundo. Tiene el mismo “éxito” que el primero. Ninguno. Ni caso. ¿A la tercera irá la vencida?

En el primer anuncio de la muerte-pasión-resurrección fue Pedro el que pareció que entendió algo de lo que quiso decir Jesús, y por eso le quiso corregir a Jesús la confusión que tenía. Sabemos cuál fue la respuesta de Jesús.

El pasaje de este domingo nos dice que ninguno entendía lo que les quería decir. No le entendían y, sin embargo, no le preguntaron, “les daba miedo”. Como algunos alumnos o alumnas en el aula, no preguntan, espero que sea por vergüenza y no por miedo.

¿Qué temían? ¿La respuesta? ¿O temían a Jesús?

Hemos de suponer que eran lo suficientemente lúcidos como para no seguir a una persona por temor. Hemos de suponer que no temían a Jesús. No les había dado ningún motivo para ello. Sin embargo, somos conscientes de que el miedo no es algo ajeno a un modo de vivir la fe cristiana. Miedo al juicio y a la condenación. Miedo a Dios. ¿Cómo o quién le puede temer al Dios que se nos revela en Jesús?

Si no temían a Jesús, ¿tal vez temían la respuesta? ¿Qué es lo que les podía responder Jesús? Lo que ya les había dicho anteriormente: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”.

Cargar la cruz, entonces como ahora, es tratar de vivir las bienaventuranzas para ser dichosos; ponernos en dinámica de juicio final, de compasión con el prójimo en necesidad, para experimentar que somos benditos de Dios. Es así como se experimenta que Cruz y Salvación son las dos caras de la misma moneda, que pasión-muerte-resurrección están indisolublemente unidos.

Vigesimoquinto domingo del tiempo ordinarioEl camino de servicio que nos propone Jesús nos parece misión imposible en una sociedad altamente competitiva como lo es la nuestra. El Evangelio roza la desmesura: renunciar conscientemente al éxito, a ser el primero y el mejor (a los ojos de los demás), a la fama, al poder… El domingo pasado, en la Catedral del Buen Pastor, en la ordenación de un presbítero, el obispo de San Sebastián decía que alguien le tendría que haber enseñado a Jesús algo de marketing, para poder vender mejor el producto que ofrecía, sin embargo, Jesús no quería engañar a nadie. Ofrecía aquello en lo que creía y vivía… y creía que era bueno para toda persona.

Jesús no nos pide solo renunciar, sino también optar por “acoger a los niños”. Lo cual se traduce, literalmente, en acoger a las personas vulnerables, a las personas empobrecidas, a las minusvaloradas, a las que están en riesgo de exclusión social… Así, acogiendo a esas personas, acogemos a Jesús y al que lo ha enviado.

Nos podemos preguntar, “¿hay que leer el Evangelio sin glosas, que diría San Francisco de Asís?”. Si nos respondemos honradamente, tendremos que confesar que hacemos lo que podemos. Además nos podemos refugiar en que la incoherencia es parte de la condición humana. Siempre habrá una distancia ¿insalvable? entre el deseo de vivir el Evangelio y lo que vivo realmente.

Además, si miramos a aquellos que tendrían que ser modelo del seguimiento: los curas, los obispos, los religiosos, las monjas, o el sacristán, de lo mismo,… ¿lo viven? Siempre podemos encontrar una buena razón para no intentar vivir el evangelio de verdad.

No es fácil vivir la propuesta de Jesús, vivir según su estilo y tratar de recorrer el camino del servicio. A pesar de que sabemos qué es lo que trae el otro camino, el del no-servicio, el del poder.

Sabemos que hambrear prestigio, fama, poder,… es un  camino sin salida. Es un camino que siempre acaba mal, porque termina deshumanizando al que lo practica y a sus víctimas, porque el poder, cuando no se vive desde la clave del servicio, siempre produce víctimas. Nos lo ha advertido el evangelio, “iban discutiendo por el camino”. No iban hablando, dialogando, confrontando ideas de modo pacífico. No, “iban discutiendo” sobre quién era el más importante.

El camino del poder siempre se tiene que defender de otros que también hambrean poder. Si alguien no entiende lo que quiero decir, que encienda la radio o la TV, que se conecte a internet o que vaya a un kiosko a comprar un periódico. Seguro que la primera página le ayuda a entender lo que quiero decir.

Creo que de algo de esto nos habla la carta de Santiago que se proclama este domingo: “¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis de envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra”. Parece que también les costaba el camino del servicio a las primeras comunidades cristianas.

Les costaba a ellos y nos cuesta a nosotros. La solución no está en el voluntarismo. El camino de servicio no se recorre desde uno mismo, sino desde aquel que nos ha llamado a recorrerlo, aquel que “se ocupa de nosotros”, que nos ha dicho el libro de la Sabiduría.

En actitud de servicio sólo nos podemos poner desde la confianza de que “el Señor sostiene mi vida”, que hemos dicho en el salmo responsorial. Antes que una misión, es una certeza y una vocación.

A modo de tuit: El Evangelio no sólo nos pide que asumamos el “no-poder”. Nos pide más: optar conscientemente por el “no-querer-poder”… camino de servicio. El que recorrió Jesús. El que estamos invitados a seguir. Es nuestra vocación. Por eso, servir: vocación y misión.

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