COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario

Dios-prójimo-yo: ¡amor inseparable!

En el pasaje evangélico del domingo pasado escuchábamos como a Jesús, queriéndole agarrar fuera de juego, le hicieron, con malicia, una pregunta que tenía un claro acento político: “¿es lícito pagar impuesto al César o no?”. Recordamos la respuesta de Jesús, que fue más allá de lo que le preguntaron: “pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

En el pasaje de hoy, y con la misma mala intención, le hacen una pregunta con contenido religioso: “¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”.

No es una pregunta cualquiera. Es una de esas preguntas de calado, por lo menos por dos razones: por un lado, por la importancia que tenía la Ley de Moisés para todo judío devoto; en segundo lugar, porque podían estar un poco perdidos entre tantas normas y prohibiciones como tenían: 365 normas para cumplir, tantas como días tiene el año, y 248 prohibiciones.

613 mandamientos son muchos mandamientos. Todos ellos no podían tener el mismo valor, alguno tendría que ser más importante que otros, porque si todos valían igual, a lo mejor ninguno de ellos valía mucho. Además, ¿quién puede cumplirlos todos y en su totalidad? ¿quién se puede salvar, si, como afirmaban los expertos en cuestiones religiosas, para cumplir la Ley hay que cumplirlos todos y a rajatabla?

No es de extrañar que una persona con sensibilidad religiosa quisiera saber cuál era el más importante para esforzarse en cumplirlo y así estar en orden con Dios, ser digno de su amor y misericordia, y salvarse.

31º domingo del tiempo ordinarioLa respuesta de Jesús no es nada original, no inventó nada nuevo. Seguro que los que fueron a preguntarle a Jesús se sabían la respuesta. Cualquier judío fervoroso repetía tres veces al día las palabras del Deuteronomio: “Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas”.

No nos suele resultar difícil recitar esta oración, quisiéramos además que fuese de verdad de corazón, con toda nuestra alma y todas nuestras fuerzas. La dificultad empieza cuando queremos traducirla a nuestra vida ordinaria, a cada momento de nuestros días: ¿cómo o en qué se traduce eso de amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas?.

En otra época, donde lo religioso era algo casi cultural, el amor a Dios se manifestaba en el culto: participar en los sacramentos, de manera especial en la eucaristía dominical, y en todo lo que pudiera alimentar la vida espiritual: visitas al santísimo, rezo del santo rosario, ser cofrade o miembro de alguna institución pía,… También se manifestaba el amor a Dios en el intento de vivir la moral de forma impecable, en algunos casos hasta rígida, tanto en lo personal (cumplir los mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia), como en lo social (las obras de misericordia en todas sus formas). También había una sensibilidad, que hoy nos puede parecer de pura asistencia benéfica, pero que era muy necesaria, con las personas empobrecidas (seguro que resonaban con fuerza los huérfanos y las viudas de las que se nos habla en la lectura tomada del libro del Éxodo). El acento era genuinamente religioso: “Amarás a Dios”.

Actualmente, por lo menos en los ambientes más secularizados, se predica y se trata de vivir un cristianismo expresamente militante en la transformación social. La centralidad la tiene la ética, la relación con el prójimo, sobre todo con el empobrecido (“los pobres son sacramento de Cristo”). Pensamos que el camino de la renovación cristiana y eclesial pasa por la segunda parte de la respuesta de Jesús: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Además, nos puede resultar hasta más “cómodo” presentarnos como cristianos, porque este aspecto más relacional, más “humano” y más solidario tiene muy buena prensa, es aplaudido hasta por los no creyentes. Lo sabemos de sobra, la cara más amable de la Iglesia es la que muestran muchas personas comprometidas en pastoral social, especialmente los que están entregados en cuerpo y alma a los abandonados de la sociedad, de cerca o de lejos, como es el caso de los misioneros.

Está bien que encarnemos el rostro de Dios, para eso Jesús se hizo humano, pero no debemos olvidar que no somos más que caño, cauce del amor de Dios: la fuente, el manantial del amor está en Dios mismo. Es el amor que Dios nos tiene, y que nos desborda con su misericordia, el que nos hace amar al prójimo. Simultáneamente, el criterio de verificación de nuestra respuesta al amor que Dios nos tiene, es el amor al prójimo. Jesús es nuestro modelo.

En la segunda parte de la respuesta de Jesús hay un aspecto que tal vez no tenemos en cuenta suficientemente: “como a ti mismo”. Tanto el cristianismo del “amarás a Dios” como el cristianismo del “amarás al prójimo” pueden olvidar con facilidad este último aspecto. El primero porque lo califica de egoísmo y, por lo tanto, casi pecaminoso. El segundo, más acomplejado para hacer juicios morales, prefiere considerarlo como egocentrismo, debilidad psicológica a superar.

Sin embargo, la intuición, por un lado, y la constatación de la realidad, por otro, me dice que el futuro de los cristianos (¿también del cristianismo?) y de los sujetos pastorales (¿también de la Iglesia?), pasa por el cuidado de este aspecto: “como a ti mismo”.

La intuición me dice que el amor sano a uno mismo lo hemos descuidado un poco. Ya sabemos que Dios nos ama como somos, pero, ¿nos damos tiempo para tomar conciencia de ese amor? ¿Buscamos el espacio adecuado para dejarnos recrear por él? ¿Acompasamos nuestro ritmo vital al ritmo del latido del corazón de Dios? Nadie pone en duda que muchos cristianos, sobre todo los más comprometidos en las comunidades cristianas, se dan al prójimo sin límite. El otro se hace medida de la propia entrega. El otro siempre tiene rostros variados, por lo que la entrega es múltiple. El verbo que más se conjuga, practicándolo, es “darse”. Darse es amar. Pero también recibir es amar, y recibirse es amarse. Por eso, amarnos profundamente supone un mayor cuidado de nosotros mismos, de nuestros ritmos de vida, del tiempo que nos dedicamos a recibirnos desde Dios, del tiempo que nos dedicamos a recibirnos desde los otros, del tiempo que nos dedicamos a recibirnos desde nosotros mismos. Amarse no sólo es darse. Amarse también es recibirse.

La constatación de la realidad me dice, cuando paseo por las calles de mi ciudad y veo las ofertas “religiosas y espirituales” que se hacen y, también, cuando oigo los discursos y las propuestas que hace gente que ha pertenecido a la Iglesia y han sido seguidores de Jesús de Nazaret, que algo no hemos hecho del todo bien en el cuidado del crecimiento y del despliegue de las posibilidades de la persona, o así lo perciben las personas que fueron o vivieron en un ambiente creyente. Parece que dentro de la Iglesia no se puede crecer como personas. Muchas veces se presenta no sólo a la Iglesia, no sólo a Dios, sino a la misma religión, tome la forma que tome, enemiga de lo humano: más castrante que estimulante; más portadora de muerte que suscitadora de vida.

Esto lo podemos sanar y regenerar desde la propuesta del mismo Jesús, no tenemos que acudir a nadie más: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser” y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esta propuesta tiene resonancias trinitarias: amar al Padre por sí y en sí; amar al Hijo, en el cuidado y compromiso con todo prójimo, sobre todo si está en necesidad; amar al Espíritu Santo que nos habita, hemos sido constituidos templo suyo por el bautismo: amar al Espíritu, amándonos.

En esto se podría aplicar aquello de que “lo que Dios ha unido, que no lo separe la persona humana”: amor a Dios-amor al prójimo-amor a uno mismo: ¡¡inseparables!!

 

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