COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario

Agradecer y descansar en Dios

El pasaje evangélico que se proclama el domingo 14 del Tiempo ordinario siempre me lleva a rememorar la celebración en la que presidía por primera vez la eucaristía. Lo pasé mal para preparar la homilía. ¡Eran tantas las cosas que quería decir y, a la vez, me resultaba tan difícil expresarlo! Además, me habían dicho que tenía que ser breve. También me lo han dicho después, pero se va ganando en libertad, para acortar o alargar.
Comencé a la defensiva, más o menos con las siguientes palabras, que también suscribo hoy: “Siendo coherente con el texto del evangelio que hemos escuchado, los que nos creemos sabios y entendidos en las cosas de Dios lo mejor que podríamos hacer es callarnos; lo mejor que podría hacer es callarme. Sin embargo, parece que hoy es de obligado cumplimiento que os predique. Pero que nos os quepa la menor duda de que la mejor homilía es la vida de tantos hombres y mujeres que han dejado que les sea revelado lo nuclear del mensaje cristiano: que la salvación ya nos ha sido regalada, sin merecerla, en Jesucristo, y que, por lo tanto, lo único que hay que hacer es vivir como tales, es decir, vivir como personas salvadas”.
Esa experiencia nos lleva a vivir la existencia desde la gratitud. Así la vivió Jesús. Es el sentimiento que muestra Jesús en este pasaje evangélico: agradecido con el Padre.
No estaría de más que cada uno de nosotros nos preguntáramos cómo vivimos nuestra existencia, desde dónde o desde quién, cuál es la experiencia básica que nos enraíza; cuáles son los sentimientos que predominan (en este sentido podríamos examinar qué tipo de oración predomina en nosotros: la petición, la alabanza,…). Cuando agradecemos, a quién y por qué lo hacemos.
Jesús se siente agradecido con el Padre porque va experimentando que es la gente humilde la que va captando cuál es la novedad que él trae; son las personas sencillas las que van entrando en la dinámica del Reino, las que van entendiendo cómo es Dios y cuál es el proyecto que quiere para la Humanidad.
A nosotros nos puede parecer que en ello no hay nada de extraordinario, que un motivo de alabanza y agradecimiento habría sido que los poderosos, políticos o religiosos, hubiesen aceptado el mensaje de Jesús; que los intelectuales se le hubiesen rendido a sus pies. No fue el camino elegido por Jesús. Su estilo empalma con la tradición profética, hoy de la mano de Zacarías, que nos presenta al rey justo y victorioso cabalgando sobre un pollino de borrica y no sobre un caballo pura sangre. Dios se revela en lo sencillo.
Para Jesús lo extraordinario está en la vida ordinaria leída con los ojos de Dios. Jesús no tuvo que estudiar mucho para poder hablar de Dios, lo descubría presente en el libro de la vida. Todo le hablaba de Dios y de todo se servía para hablar de Dios: la pequeña semilla en la que se esconde el árbol frondoso; la pequeña porción de levadura que hace fermentar toda la masa; el padre que ansía el regreso a casa del hijo que abandonó el hogar;… Esto lo entendía la gente sencilla y era rechazado por los sabios y entendidos.
Para Jesús Dios no se había quedado petrificado en unas tablas ni en unas normas, seguía acompañando a su pueblo, como lo había hecho desde siempre. Para Jesús Dios no se había quedado encerrado en un pequeño habitáculo del Templo al que solo podían acceder unos pocos, sino que seguía habitando en el corazón de las personas, como lo había hecho siempre. Esto que a nosotros nos parece evidente, ¿o no?, era rechazado por los sabios y entendidos.
Para poder vivir desde el agradecimiento, para poder contemplar a Dios en la vida ordinaria, hay que tener un corazón humilde, nos tenemos que acercar a Jesús, el manso y humilde de corazón, como se nos dice en la segunda parte del evangelio.
Entramos en periodo vacacional. Unas personas las habrán disfrutado y se habrán reincorporado recientemente al trabajo. Otras las habrán comenzado a disfrutar. Otras estarán tachando en el calendario los días que faltan para poder decir: ¡¡vacaciones!! Cuando hablamos de las vacaciones siempre decimos “disfrutar de las vacaciones”. ¿Realmente disfrutamos de ellas o las consumimos entre “operación salida” y “operación regreso”, y entre ambas “operaciones” carreras desenfrenadas de aeropuerto en aeropuerto o esperas desesperadas en los atascos que nos conducen a playas en las que no sabemos si encontraremos un sitio cómodo? También hay otras alternativas.
Jesús nos invita a hacer un viaje económicamente barato, aunque no siempre se nos haga cómodo y en ocasiones nos resulte costoso: el viaje a nuestro propio corazón. Jesús nos invita a que hagamos la aventura de adentrarnos en nosotros mismos, a que viajemos a nuestro interior y que chequeemos en qué estado se encuentra nuestra vida, que tomemos conciencia de nuestros cansancios y agobios, que pongamos nombre a las cargas que arrastramos por la vida… y las pongamos ante Él: “Venid a mí”.
15º domingo del tiempo ordinarioAcudimos a Jesús, entramos en nuestro interior, no para hacer un examen de conciencia, para buscar nuestros fallos y constatar nuestros errores, para tomar conciencia, ¡una vez más!, de nuestro pecado, de lo torpes que somos para seguir instalados en una dinámica que no nos conduce a ninguna parte. Todo eso puede ser necesario, y es principio de cambio, pero es insuficiente. Jesús nos dice algo más radicalmente fundamental: “yo os aliviaré”. Jesús nos pide que nos dejemos aliviar por Él, que nos dejemos querer y acariciar por la misericordia infinita de Dios. Es así como la carga de la vida se nos hace “ligera y llevadera”.
Acudimos a Jesús, entramos en su corazón, ese corazón agradecido que es capaz de captar la sabiduría de las gentes sencillas, y en él descubrimos la fortaleza de los mansos y humildes de corazón: han aprendido a descansar en Dios.
Enseñanza del evangelio para la vida: vivir de forma agradecida, alabando a Dios, y aprender a descansar en Él.

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