COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

San Pedro y San Pablo

Comunión en la pluralidad

La liturgia nos presenta la celebración de forma conjunta de la solemnidad de San Pedro y San Pablo. Nos podría parecer que cada uno de ellos es lo suficientemente importante como para tener un día propio. Es verdad. Más aún cuando, en ocasiones, se nombra al primero y queda en penumbra el segundo. La misma denominación de “día del Papa” puede llevarnos a la confusión de subrayar a Pedro en detrimento de Pablo.
En muchas ocasiones se presenta a estos apóstoles como las dos tendencias irreconciliables en la Iglesia: tradición y modernidad; fidelidad a la Ley y novedad de la fe en Jesús; conservadurismo y riesgo apostólico; lo más carca frente a lo más progresista…
Así, Pedro representaría a la Iglesia jerárquica e institucional: el Papa, los obispos, el control vía Derecho canónico, el dogma,… Todo aquello que parece que más repele de la Iglesia y que, según esta visión, la hace menos evangélica, y la separa del estilo de Jesús.
Pablo, por su parte, representaría la Iglesia carismática: que no necesita de lo institucional para poder ser la iglesia de Jesús; los teólogos más comprometidos con el pensamiento moderno y la relectura del dogma;… Ahora no entramos en la otra visión que hace precisamente de Pablo el causante de todos los males del cristianismo, ya que ahogó el movimiento de Jesús para ir transformándolo en alternativa a la sinagoga judía.
San Pedro y San Pablo no es la celebración de la confrontación, sino de la comunión. De hecho suele ser una fecha importante en el calendario ecuménico, día de encuentro y de celebración compartida entre el Papa, obispo de Roma, y el Patriarca de Constantinopla.
Los dos, Pedro y Pablo, en comunión, representan a la Iglesia. La iconografía casi siempre nos los presenta juntos. En los dos, conjuntamente, se hace la síntesis de la unidad en la diversidad. Su modo diferente de entender algunos aspectos del mensaje de Jesús no les impidió mantenerse unidos en la confesión de la misma fe. Comunión en la pluralidad.
Fueron estilos diferentes. Eso no se puede negar. Pero los dos son modelos de santidad, de vida evangélica. Ambos tuvieron un característica común: su debilidad y en su confianza absoluta en Jesucristo.
Pedro es el hombre primario. Se entusiasma con Jesús. Le confiesa como Mesías, como se nos narra en el relato evangélico. En la última cena no se dejará lavar los pies, porque considera que esas labores las tiene que hacer un siervo, pero no su Señor. Está dispuesto a dar su vida, y parece que a quitar la de otros, por Jesús… Entusiasta e ingenuo. A la luz de la resurrección se enterará de que lo está en juego en le seguimiento de Jesús es la actitud del corazón: “¿me amas?”. Es la pregunta fundamental a la que hay que responder para poder seguir a Jesús. Apoyado en el amor de Jesús es como Pedro va ser constituido roca de la Iglesia, “apacienta mi rebaño”, siervo de los siervos de Dios.
san pedro y san pabloPablo es el hombre seguro de sí mismo. De buena formación intelectual, educado en el judaísmo más rigorista, es lo que hoy llamaríamos un fundamentalista. Por su celo religioso persiguió con saña al cristianismo, ya que consideraba que las nuevas doctrinas ponían en peligro los fundamentos de su religión. Después de un proceso humano y creyente, percibe que Jesús vive, que está presente en su vida y que le envía a proclamar su evangelio. A partir de ese momento Pablo pondrá todas sus capacidades físicas, intelectuales y morales al servicio de la causa de Jesús, de la vida nueva que ofrece a toda la Humanidad. Su entrega fue generosa, pero también palpaba su propia debilidad.
Pablo entendió que la salvación es un regalo de Dios. Pedro y Pablo, cada uno a su modo, tuvieron que responder a la pregunta que nos hace Jesús hoy a cada uno de nosotros: “y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” “¿Quién decís que soy yo yo?”. No el teólogo iluminado de turno, que cree que ha alcanzado la verdad y que todos los que no pensamos como ellos es porque no nos enteramos por dónde discurren los caminos del Dios de Jesucristo en el siglo XXI.
“¿Quién decís que soy yo?”. No el Papa de turno. Cada vez que oigo que gracias a Francisco mucha gente está volviendo a la Iglesia, me entran escalofríos. Hay quien se atreve a dar cifras concretas: 14 millones. Me entran escalofríos porque entiendo que no vuelven por Jesucristo, sino por el Papa. ¿Qué pasará cuando venga otro Papa de estilo diferente al de Francisco? ¿Dejarán de creer en Jesucristo?
Hace unos pocos días leía en el periódico un artículo firmado por un laico, Gabriel Mª Otalora. El título del artículo era: “¿Quién sigue a este Papa!”. Entre otras cosas decía: “El Papa ha generado montones de titulares, sorprendiendo a propios y extraños. Ha cultivado la compasión y la misericordia zarandeando el entramado legal a la manera de Jesús de Nazaret. Nos ha esperanzado al poner el acento en la implantación del reino y su justicia (las dos cosas) para que vuelvan a brotar la alegría de vivir y la esperanza. Le escuchamos entre sorprendidos y admirados, pero no parece que hayamos pasado de ahí. No he visto a los obispos adherirse a su mensaje, ni a la mayoría de cardenales les ha despertado de su letargo de siglos; unos pocos acompañan al Papa en un trabajo en equipo tratando de darle la vuelta a un estado vaticano para convertirlo en el epicentro del mensaje de Cristo contrario a una doctrina filosófica o un centro de poder puro y duro.”
Terminaba su artículo con estas palabras: “A los impacientes porque Francisco no imprime más celeridad a sus reformas anunciadas, deben reconsiderar qué velocidad han puesto en la conversión de sus propias vidas y en la transformación de sus entornos familiares y sociales. Nos hemos convertido en espectadores en lugar de transformadores de la vida, como nos pide el Maestro. A la manera de Jesús, este Papa está más solo de lo que parece. Ya veremos, si alguna vez pintasen bastos, cuántos admiradores suyos saldrían corriendo o simplemente no se moverían porque nada les delataría: nunca cambiaron de actitud”.
He ahí la cuestión: el problema no es ser de Pedro o de Pablo, sino de convertirnos a Jesucristo. Mientras tanto: mantengamos la comunión en la pluralidad

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