COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Trinidad

Dios: relación de amor y donación

El domingo pasado cerrábamos el ciclo pascual con la celebración de la solemnidad de Pentecostés, el envío del Espíritu Santo a la Iglesia, a la comunidad de los creyentes en Jesucristo. Él nos ofrecía la paz y nos enviaba a la misión: a proclamar a todas las gentes la vida de Dios que vivimos por dentro, a ofrecer eso que habiéndosenos regalado, no nos pertenece. El don de la fe, el sabernos hijas e hijos de Dios, no es para que lo retengamos, sino para que lo compartamos. Así es como somos imagen y semejanza del Dios trinitario. Dios que es relación de amor y donación.
Tras el ciclo pascual retomamos el llamado tiempo ordinario. La denominación “tiempo ordinario” frente a “tiempos litúrgicos fuertes”, como puede ser el adviento, la cuaresma o el tiempo de pascua, puede conducirnos al error de pensar que el tiempo ordinario no es un tiempo importante. Nada más lejos de la realidad, es precisamente en ese tiempo cuando de forma más clara la Palabra nos invita a encontrarnos y confrontarnos con la vida de Jesús histórico.
Sin ir más lejos, el lunes de esta misma semana, al día siguiente de haber celebrado Pentecostés, la Palabra de Dios nos presentaba lo que consideramos programa del Reino: las bienaventuranzas en la versión de san Mateo. Así que recuperamos el tiempo ordinario entrando de lleno en el corazón del evangelio de Jesús: el sermón del Monte.
Siguiendo con la lectura continua del evangelio mañana, lunes de la undécima semana, nos
encontraremos con uno de esos textos que nos cuesta entender con la cabeza y que es fácil que rechace nuestro corazón: “Sabéis que está mandado: ojo por ojo, diente por diente. Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra”.
Es uno de los textos recios del Evangelio, porque nos lleva a preguntarnos, ¿quién puede con esto? Nos confronta con nuestra humanidad más primaria, la venganza, y con nuestra humanidad más hondamente enraizada en nosotros, y además legítima, la autodefensa. Tomamos conciencia de que toda nuestra existencia, empezando por nuestra sensibilidad, debe ser evangelizada, transformada por el Espíritu de Jesús. Conversión que dándose en nuestro interior, transforma el mundo. Porque si el Evangelio no es fuerza transformadora en nosotros mismos, corre el riesgo de quedarse reducido a mera ideología o, en el mejor de los casos, a la proyección de nuestro deseo que aspira a una sociedad ideal: justa, fraterna, reconciliada,… felicidad socializada. Aspiramos y deseamos, pero sin comprometernos con el deseo, sin comprometernos con la propia transformación, conversión… el mejor fruto que podemos ofrecer a los demás: lo que vivimos por dentro.
El Espíritu Santo derramado el día de Pentecostés, se nos ha dado a la Iglesia para que vivamos un tiempo pascual permanente en la vida ordinaria de cada día, para que vivamos como resucitados, mientras hacemos la aventura de intentar seguir a Jesús, de intentar hacer nuestras sus actitudes, sus opciones, sus preferencias… Jesús que se sabe íntimamente unido al Padre y portador del Espíritu. En él vemos que Dios es relación de amor y donación.
Nos faltaba el Espíritu Santo derramado en Pentecostés para saber quién y cómo es Dios. La solemnidad de la Santísima Trinidad nos introduce en el misterio de Dios, para que no nos lo tengamos que inventar. Dios mismo nos ha querido decir quién y cómo es. Así nos lo recuerda la oración colecta de este día: “Dios, rico en misericordia, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a la Humanidad tu admirable misterio”.
Es importante que Dios mismo nos diga quién y cómo es. Las personas tendemos a hacernos imágenes de Dios, casi siempre deformadas, porque muchas veces revelan más de nosotros mismos, de nuestras necesidades o expectativas, que de Dios mismo. Imágenes que velan más revelan quién y cómo es Dios, por lo menos el Dios cristiano.
Muchas sociedades primitivas vinculaban la divinidad a los elementos de la naturaleza.
Ambivalencia entre la atracción, por la belleza, y el temor por su terrible capacidad de destrucción. Había que aplacar su ira por medio de sacrificios, en algunos casos humanos. Hoy hay una vuelta a la sacralización de la naturaleza en algunos movimientos religiosos, a los que curiosamente les calificamos como “nuevos”, y en algunos movimientos sociales que se autocalifican como laicos. Veneración por una Naturaleza que se puede volver contra nosotros.
TrinidadNo es así el Dios que se nos revela en la tradición bíblica. Es más, la bondad de Dios no arranca con el Nuevo Testamento, como muchas veces erróneamente creemos, en parte por una predicación desacertada de la misma Iglesia. Ya en el Antiguo Testamento se nos revela esa bondad, como leemos en el libro del Éxodo, donde Dios mismo proclama: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. En el Nuevo Testamento, en Jesucristo, esa bondad y esa misericordia se nos revela hecha carne e historia.
La bondad de Dios Padre, manifestada en el Hijo por medio del Espíritu Santo, ha entrado
definitivamente en la historia de la humanidad. Es una bondad salvadora, “porque Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para el mundo se salve por él”.
La misericordia de Dios con la Humanidad es el reflejo del amor trinitario. Dios es amor. Nosotros hemos sido hechos a su imagen y semejanza. Es nuestra vocación más original: llamados a ser amor. Vocación que se nos hace misión: invitados a amar. Quien ha tenido la experiencia, aunque sea pequeña y fugaz, del Dios amor y del amor de Dios, de la Trinidad que nos constituye, se vuelve amor para los demás. Fluye hacia fuera lo que se vive por dentro.
La intimidad con el Dios trinitario, comunidad de amor, lejos de hacernos individualistas, nos abre al otro, nos invita a vivir en comunión, a dejar que el prójimo entre en nuestra vida. Siempre lo viviremos como llamada a la conversión, para ser lo que estamos llamados a ser: imagen y semejanza de Dios, que en el misterio trinitario se nos revela como relación de amor y donación.

Galería | Esta entrada fue publicada en Anjelmaria Ipiña, Comentario a la Palabra dominical y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s