COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Quinto Domingo del Tiempo Ordinario

Es nuestro turno

No olvidemos que una acepción secular de la consagración es “dedicarse con especial esmero y atención alguien o algo a un determinado fin”. Simeones y Anas en la Iglesia y para el mundo, consagrando la vida y viviendo la consagración… desde Dios. Con estas palabras terminábamos nuestra reflexión del domingo pasado, en el que celebramos la Presentación del Señor en el Templo y la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.
Pero, ¡ojo!, lo que se dice de la Vida Consagrada, ser Simeones, hombres y mujeres capaces de reconocer la presencia de Dios en la fragilidad de la vida, ¡en un niño!, y ser Anas, misioneros y misioneras que dan testimonio de lo que han visto, es para toda persona bautizada.
La invitación de Jesús a ser sal de la tierra y luz del mundo, no es para unas cuantas personas que parece que les corresponde solo a ellas por vocación, misión o función. La invitación es para todos los bautizados.
Tenemos que superar una concepción reductiva, y a la larga dañina para la vida de la Iglesia, como ha sido la de “vocación”. Reductiva porque se aplicaba a unas pocas personas del Pueblo de Dios que se han sentido llamadas a vivir su bautismo, primera y fundamental vocación, de un modo determinado y diferente al modo común. Hemos hecho de lo excepcional definitorio de lo que es la vocación. Esa concepción, además, ha sido dañina porque ha ido descargando la responsabilidad de toda la comunidad cristiana sobre unas pocas personas que “para eso estaban” o eran “las que sabían” o… La gran riqueza que ha sido y es la Vida Religiosa, o el ministerio presbiteral en su caso, no agota y menos sustituye lo que es misión de toda la Iglesia, de toda comunidad cristiana y de todo bautizado.
La misión ha sido otro de los conceptos que se han empleado reductivamente en la Iglesia. Se entendía la misión como lo que después se llamó “misión ad gentes”, referido a aquellas personas que dejaban su tierra para ir a otros lugares donde todavía no se había predicado el Evangelio o había arraigado escasamente. Dicho brevemente: Europa y América de Norte llevando el Evangelio al resto del mundo.
Hoy hemos tomado conciencia, también en las Iglesias más jóvenes y en las más florecientes, de que todo es misión ad gentes si empezamos por la propia tierra de cada uno, la propia familia, y hasta el propio corazón, que también necesita ser evangelizado.
Hoy hemos tomado conciencia de que toda vocación es para una misión, y que la misión supera toda función. Todo en la Iglesia está en función de la evangelización: ser sal de la tierra y luz del mundo.
Hoy hemos tomado conciencia, pero ya nos lo dijo hace casi de 40 años Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi y nos lo recordaba el Papa Francisco casi al comienzo de su pontificado: “Evangelizar es la misión de la Iglesia, no sólo de algunos, sino la mía, la tuya, nuestra misión.… Cada uno debe ser evangelizador, sobre todo con la vida. Pablo VI subrayaba que «evangelizar… es la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar».
En la misma línea va la Evangelii gaudium. La alegría del Evangeli. El Papa nos invita a cada uno de nosotros, a cada uno de los bautizados, a ser sal de la tierra y luz del mundo. En el nº 120 de la exhortación nos dice con rotundidad el Papa Francisco:
“En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús;
ya no decimos que somos «discípulos» y «misioneros», sino que somos siempre «discípulos
misioneros». Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús «por la palabra de la mujer» (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, «enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios» (Hch 9,20). ¿A qué esperamos nosotros?”
El Papa Francisco está desenmascarando nuestra pasividad. Durante muchos años nos hemos escudado en el para qué vamos a hacer nada, si luego van “los de arriba -léase curas, obispos, curias de ámbitos diferentes, el Vaticano, el Papa,… -y lo fastidian”. Pues ahora parece que algo ha comenzado a moverse en eso que algunos llaman la macroiglesia, comparándolo con la macroeconomía. En la macroiglesia las cosas están cambiando, más lentamente de lo que quisieran unos, demasiado rápidamente para el gusto de otros, pero están cambiando… por lo menos los últimos 50 años. Ahora parece que se entiende. Quinto domingo del tiempo ordinarioGracias, Papa Francisco, por repetirnos con palabras claras lo que ya dijeron sus predecesores. Gracias, papa Francisco, porque nos está dejando a los bautizados sin disculpas para no asumir nuestra responsabilidad como bautizados. Gracias, Papa Francisco, por recordarnos que es el turno de la microiglesia, de las iglesias locales, de las comunidades cristianas en sus diferentes denominaciones, y de cada cristiana y cada cristiano.
Jesús nos dice hoy cada uno de nosotros: “Eres sal de la tierra… eres luz del mundo”. Invitación a dar lo que hemos recibido empezando por nuestra propia familia, nuestros vecinos y amistades, nuestro ámbito profesional, nuestro compromiso político o sindical, plataformas cívicas de todo tipo en defensa de la vida y el medio ambiente,… sin olvidar nuestra parroquia, nuestro grupo cristiano de referencia. Es Jesús mismo quien nos lo pide: ser sal de la tierra y luz del mundo. En nuestro turno.

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