COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Bautismo del Señor

Recuperar la fuerza del bautismo

La Navidad quedó atrás. ¿Quién se acuerda de ella?. El año nuevo también. Ya hasta nos parece viejo, aunque esté recién estrenado y todavía nos llegue alguna felicitación navideña despistada deseándonos un feliz año nuevo. Se van apagando las luces que adornaban nuestras calles. Van desapareciendo los signos, religiosos o profanos, que nos recordaban que estábamos de celebración.
Hoy, con la celebración de la fiesta del bautismo del Señor, cerramos litúrgicamente tiempo de Navidad. ¡Ojalá nos acompañe su mensaje!: que el cielo se ha abierto, que Dios está con nosotros, que ha querido asumir la condición humana haciéndose uno de nuestra historia. Dios, encarnado en Jesús, por el bautismo se quiere encarnar en ti, se quiere encarnar en mí.
El bautismo de Jesús, tal como nos ha llegado narrado en los evangelios, subraya que se ha encarnado con todas las consecuencias. Si su nacimiento fue como el de un pobre entre los pobres, en su bautismo se hace uno más con los pecadores. Jesús se presenta en el Jordán, como un judío más, a recibir el bautismo de Juan.
Él no lo necesitaba, pero nosotros sí necesitábamos que él nos lo mostrara. Ser hijas, ser hijos de Dios es puro don que hay que acoger. Nadie se bautiza a sí mismo. Se recibe de otro. Así pasa con todos los regalos. Se acogen. Acogemos el don de la fe como la tierra acoge la semilla. Como ella también nosotros estamos llamados a dar fruto. No cualquier fruto, sino aquel que corresponde a la semilla: la fe en Jesucristo.
Si hubiéramos leído los versículos anteriores al pasaje que hemos escuchado, habríamos observado como Juan es un profeta apasionado por la instauración del Reinado de Dios. Empeñado en contagiar con su fervor al pueblo: “Enmendaos, que ya llega el reinado de Dios”. Su estilo era enérgico: “¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?… El hacha está ya tocando la base de los árboles, y todo árbol que no da buen fruto será cortado y echado al fuego… El que os va a bautizar con Espíritu Santo y fuego trae el bieldo en la mano para aventar su parva y reunir el trigo en el granero; la paja, en cambio, la quemará en una hoguera que no se apaga”.
El lenguaje de Juan era duro. Había hecho una lectura exigente de la Escritura. Al igual que muchos judíos estaba a la expectativa e impaciente porque parecía que no terminaban de cumplirse las promesas realizadas por Dios. Le quería ayudar en esta tarea, tal vez haciendo una interpretación particular de Dios y del Reino.
El estilo de Juan quizás no nos resulte extraño ni lejano. Todavía algunos nos seguimos empeñando en enviar gente al infierno, en lugar de ayudarle a salir de él. Más ocupados en condenar, que en ver lo que se puede salvar. Cuando nos puede la impaciencia, a pesar de que sabemos que el Reino de Dios ya está entre nosotros, nos puede entrar la tentación de enmendarle la plana a Dios, empeñándonos en marcar tiempos y modos.
El estilo de Jesús fue otro: se empeñó en transitar por los caminos de la debilidad y la fragilidad. El Mesías se presenta como un pecador más, solidario con la debilidad humana individual o social. Jesús subraya la ternura y la misericordia de Dios: acoge a los pecadores como a hijos. Ternura y su misericordia, palabras que están siendo acentuadas en el discurso eclesial, en la praxis de muchos cristianos ya lo estaban, gracias al Papa Francisco.
Jesús ayuda a Juan a resituar su fe: “Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”. No se trata de que hagamos nuestra voluntad, lo que a nosotros nos pudiera parecer más lógico y adecuado, se trata de hacer la voluntad de Dios, y hacerlo a su estilo.
Juan está empeñado en que se instaure el Reino de Dios de una manera determinada. Jesús, en la escuela que fue para él Narazet, durante los años de su vida oculta, ha ido aprendiendo que el Reino de Dios antes que construirlo, hay que acogerlo, hay que recibirlo como don, y experimentar agradecido la ternura y la misericordia de Dios. Por eso, Jesús, a diferencia de Juan, “no gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”.
Las cristianas y los cristianos, que hemos recibido el bautismo de Jesús, estamos invitados a recordar, una y otra vez, cuál es nuestra vocación, nuestra identidad más profunda: ser las hijas y los hijos amados de Dios.
Estamos invitados a recordar nuestra vocación y también nuestra misión. Porque hemos experimentado que el cielo se ha abierto, que Dios está con nosotros, tenemos que empeñarnos en que su proyecto de salvación llegue a todas las personas. Estamos invitados a “implantar el derecho en la tierra”, a ser “luz de las naciones”.
La misión es para todo cristiano y de todo cristiano. Me da pena cuando escucho a personas, normalmente bautizadas, y algunas de ellas que celebran la fe con asiduidad, que dicen: “vaya propaganda más buena que os está haciendo el Papa Francisco”. Como sospecho que en el “os está haciendo” se está refiriendo a “vosotros, los curas”, lo primero que suelo responder es: “¿os está haciendo o nos está haciendo?”. Es uno de los errores que hemos cometido y que con más urgencia tenemos que corregir: devolver al sacramento del bautismo todo su sentido vocacional y misional.
Bautismo del SeñorTodos hemos sido llamados por Dios: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido a quien prefiero”. El bautismo es la vocación primera y fundamental. En las audiencias públicas el Papa Francisco en varias ocasiones ha dicho: “Querría haceros esta pregunta aquí a vosotros, pero que cada uno responda en su corazón: ¿cuántos de vosotros recordáis la fecha del propio bautismo?”. Habla del bautismo como del segundo cumpleaños. El primero el de la llamada a la vida. El segundo el de la llamada a la vida de la Iglesia y la vida de la gracia. El bautismo es una llamada, es una vocación.
Nos lo ha recordado recientemente el Papa Francisco: “El Bautismo es el sacramento sobre el que se fundamenta nuestra fe y nos hace miembros vivos de Cristo y de su Iglesia. No es un simple rito o un hecho formal, es un acto que afecta en profundidad la existencia. Por él, nos sumergimos en la fuente inagotable de vida, que proviene de la muerte de Jesús. Así podemos vivir una vida nueva, de comunión con Dios y con los hermanos”.
El bautismo es una vocación y una misión. Hemos sido convocados para a “abrir los ojos a los ciegos, a sacar a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas”. Nuestro mundo sería totalmente diferente si los cristianos y las cristianas tomáramos conciencia de nuestro bautismo. Estamos invitados a recuperar la fuerza del bautismo.

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