COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Navidad

Hay luz… es un Niño

Lo hemos dicho en varias ocasiones, pero hemos de repetirlo una vez más. En nuestro arciprestazgo el lema de este adviento ha sido: ¡Hay luz!. Lo hemos proclamado domingo a domingo de la mano de los diferentes personajes del adviento.
Ahora, en esta noche santa, podemos decir: ¡Hay luz! Verdaderamente hay luz… es un Niño.
¡Hay luz!. Nos lo ha dicho de diferentes modos la Palabra de Dios que proclama la Iglesia en esta noche en que de modo definitivo se pone en marcha la dinámica de la salvación.
“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”, es lo que hemos escuchado por boca de Isaías.
“Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para toda la Humanidad”, nos ha dicho san Pablo.
A los pastores “la gloria del Señor los envolvió de claridad”, proclamábamos en el evangelio.
¡Hay luz!… es “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. En él está la salvación de toda la Humanidad.
En esta misa de gallo, llamada también de pastores, se nos recuerda que en medio de la noche había de nacer el que venía a traer y ser la luz del mundo.
Es en medio de la noche donde mejor se percibe la luz, por muy pequeña que sea. Es en medio de las noches de cada uno y en medio de las noches comunitarias, familiares o sociales, donde se necesita más y se percibe mejor la luz, por muy pequeña que sea. Por eso hemos querido repetir a nuestros conciudadanos: hay luz también en medio de la crisis.
¡Hay luz!… es un Niño… el Salvador. Pero es luz para cada uno de nosotros, en particular, en la medida en que lo acojamos, en que lo incorporemos a nuestra vida.
Hay una dinámica humana, errónea pero muy extendida, que hace que tendamos a quedarnos apegados y encerrados en la noche. Ésa es su fuerza: que nos parece que tenemos muchas y muy buenas razones para quedarnos atrapados en la noche.
En este Noche santa en que celebramos la locura suprema de Dios que ha querido hacerse humano, tendríamos que tomar la decisión firme de seguirle en ese proceso de humanización: saliendo de nuestras oscuridades y tinieblas, dejándonos alcanzar por su luz.
Hoy por boca del ángel, se nos dice lo que tantas veces Jesús les dijo a sus discípulos: “No temáis”. A ti y a mí, en medio de la noche, se nos ha dicho: “No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy os ha nacido el Salvador: el Mesías, el Señor”.
Navidad“No temas”, es lo que escucharon María y José por medio del mensajero de Dios. María y José confiaron en Dios. Y a partir de entonces, como dice el jesuita Benjamín González Buelta, “todo cambió en su vida. Dios dialogó con ellos. Ellos le dijeron que sí. Y al hacerse cargo del Dios débil, toda la fuerza de Dios empezó a caminar dentro de sus sueños, de su corazón y de su cuerpo”.
El evangelio que se nos propone para esta noche es una gran composición literaria. Se contrapone el decreto del emperador a la narración de la suerte que corre un pareja pobre en un lugar perdido del imperio.
¿Qué sentirán esta noche los sin techo al escuchar o recordar esta narración?
Hace 24 horas exactamente, regresaba de la estación del ferrocarril hacia mi casa, cuando en una de las calles de más solera de la ciudad, pasé junto a un “sin techo” que nos felicitaba la Navidad a las pocas personas que a esas horas pasábamos a su lado. “Feliz Navidad”, repetía al pasar junto él. Al poco de haber pasado a su lado volví la vista atrás y en ese momento dijo dirigiéndose a mí, “Dios me ama”, “Dios me ama”, cada vez más alto, “Dios me ama”. Regresé a donde estaba él. Me pareció que era de algún país del este europeo. Le hice la clásica pregunta inadecuada, “¿eres ortodoxo?, ¿católico?, ¿evangélico?”. Su respuesta me dejo de piedra: “No sé. No sé cómo es Dios, no sé si es católico u
ortodoxo. No sé cómo es Dios, pero él sabe cómo soy yo. Yo me olvido de él, pero él no se olvida de mí”, me dijo mientras me enseñaba una estampa con una imagen de Jesucristo. Lo único que pude hacer es darle un abrazo y decirle, “gracias y feliz Navidad”.
Como hice ademán de seguir mi camino, me mostró el cajero automático dónde estaba acostado un amigo que había conocido ese día y al que le había prestado su saco de dormir. Al ver que yo también iba con mochila, me dijo que si no tenía donde dormir, lo podía hacer con ellos. Me ofreció la caja de cartón que tenía, en la que apoyaba una caja con unas monedas, recaudadas a lo largo del día, a la vez que me indicaba la entrada de un portal en el que me podía acostar. Me ofreció su cazadora y me dijo que si tenía frío podía compartir el saco de su amigo, ya que era doble. Le agradecí el ofrecimiento y dándole la mano
me despedí. Según caminaba hacia casa, le daba gracias a Dios porque el anuncio del ángel para mí se había adelantado 24 horas. Vino de la mano de un rumano de 34 años.
María y José, los sin-techo de todos los tiempos, nos recuerdan que Dios nos ama y se ha querido encarnar en Jesús. Hay que acogerle sin temor.
Los pastores nos recuerdan que las puertas por las que Dios se ha acercado a nosotros han sido las de la pobreza y la exclusión. A estos se les anuncia que hay luz… en un Niño… que es nuestro salvador. Vayamos a adorarle.

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