COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Trigesimotercer Domingo del tiempo ordinario

La Iglesia con todos, al servicio de todos

(Aprovecho las sugerencias para la homilía que nos envían desde la secretaría de la diócesis con motivo de celebrarse el Día de la iglesia diocesana. A las mismas añado comentarios personales).
Del conjunto de las lecturas de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar podemos extraer el siguiente mensaje: los cristianos, aunque tenemos como horizonte final de la existencia la segunda venida del Señor, cuando todo alcanzará su plenitud definitiva, no podemos desentendernos nunca del momento que nos toca vivir.
No podemos proyectarnos hacia ese futuro definitivo que aguardamos sin vivir un compromiso activo con el tiempo presente. Para los verdaderos discípulos de Jesús no valen ni la evasión de los problemas de hoy ni el engaño de falsos anuncios mesiánicos. Habría que añadir ni falsos anuncios celestiales. No hace muchas semanas se podía leer en la red social de una diócesis un supuesto mensaje de la Virgen. Por el contenido, lleno de amenazas, se parecía más a la madrastra mala de los cuentos infantiles que a la madre de Jesús que se nos presenta en el evangelio. Me hubiera gustado traer el texto a esta reflexión, pero ya lo han eliminado. Pienso que una de las homilías de esta semana del Papa Francisco, en la que afirmaba que “la Virgen María es Madre de todos y no un jefe de Correos, que envía mensajes todos los días”. Agradecemos al Santo Padre que implique toda su autoridad moral frente aquellas posiciones que se empeñan en actitudes crédulas, en lugar de creyentes, adultas en la fe. A continuación he de añadir que respeto profundamente a las personas a las que su devoción por la Virgen María, y todo lo que se diga de ella y sobre ella, les ayuda a vivir su fe.
La Iglesia existe para evangelizar, para continuar la misión de Jesús y ofrecer en el mundo de hoy la Buena Noticia de Dios. Noticia que no puede guardarse encerrada en los templos, pues debe anunciarse a todos en actitud de servicio.
Abrirse al reino de Dios es responder a la llamada de Jesús que nos invita a seguirle y nos anima a abrir puertas no solo para acoger a quien viene, sino también para llevar con nosotros a todas parte su mensaje. Jesús invita a cambiar de horizontes para entrar por el camino de la liberación.
En la Iglesia necesitamos limpiar a fondo nuestros complejos y temores, sentir la presencia del Señor junto a nosotros y poner el don recibido por cada uno al servicio del bien común. Todos somos enviados y animados por el Espíritu, para dejarnos guiar por él y así poder ver la realidad con la mirada limpia de Jesús y comunicar a todos su mensaje de amor y de esperanza.
La vida cristiana es una espera activa de preparación de la segunda venida con hechos y palabras. Hechos o acciones que transforman el mundo por la justicia y la caridad, haciéndolo más digno para todos. Palabras que anuncian un mensaje de amor y de esperanza y denuncian egoísmos e injusticias concretas. Esa es una tarea para todos. También nuestra tarea. La de construir verdaderamente una Iglesia con todos, al servicio de todos, como se nos propone este año en el Día de la Iglesia Diocesana.
El Concilio Vaticano II al comienzo de la Constitución pastoral sobre la Iglesia y el mundo afirma que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”. Debemos mirarnos con sinceridad y examinar si esa afirmación es real en cada uno de nosotros. El texto conciliar prosigue: “la comunidad cristiana está integrada por hombres y mujeres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia”. También hemos de examinar si la vida de nuestra comunidad es realmente solidaria con la situación del entorno y las preocupaciones del momento histórico que nos toca vivir.
El Papa Francisco repetidamente llama a los cristianos y a la Iglesia a una conversión, que empieza por reclamar mayor atención y apertura a todo cuanto nos rodea. Estas palabras son suyas: “Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga, se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma”. 33º domingo del tiempo ordinarioA la luz de esas palabras podemos preguntarnos ¿Cuál es realmente nuestro mayor peligro, respirar en un lugar cerrado o el riesgo de un accidente? ¿Qué eco encuentran en nuestra comunidad los grandes problemas y necesidades que están viviendo hoy la mayoría de los hombres y mujeres de nuestra sociedad?
El Papa Francisco también señala: “En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama. Evidentemente el texto se refiere a que golpea desde fuera la puerta para entrar… Pero pienso en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia narcisista pretende tener a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir”. Nos sentimos interpelados e invitados a revisar cómo, cuándo y de qué manera manifestamos o dejamos ver la presencia viva de Jesús en cada uno de nosotros y de nuestras comunidades eclesiales, en nuestros hechos y en nuestras palabras.
El desarrollo del actual Plan de Evangelización de la Diócesis de Vitoria llama particularmente la atención durante este curso 2013-2014 sobre la respuesta que como Iglesia y como cristianos debemos dar a los graves problemas generados como consecuencia de la larga y dura crisis social y económica que estamos viviendo. Se nos invita a que prestemos atención a las consecuencias que la crisis está generando en las familias, los jóvenes, los inmigrantes, los pobres y promovamos desde el laicado cristiano iniciativas de compromiso y respuesta social ante esos hechos y las causas que los originan.
Esta es una nueva llamada concreta a construir “la Iglesia con todos, al servicio de todos”.

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