COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

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¿Salvarse o vivir como salvados?

“Señor, ¿serán pocos los que se salven?”. Esta es la pregunta que le hacen a Jesús. Es una pregunta cuantitativa. Si Jesús hubiera conocido el último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis, y hubiera hecho una lectura fundamentalista del mismo, interpretándolo al pie de la letra, la respuesta hubiera sido clara: 144.000, doce mil por cada una de las doce tribus de Israel.
Claro que ahí no se habría acabado el problema, ya que tendríamos que aclarar quiénes pertenecen a cada una de las tribus de Israel. Una vez aclarado esto, las señas de identidad de pertenecer a una tribu, habría que determinar quiénes son las 12.000 personas que se salvan de cada grupo. ¿Los que vivieron desde tiempos de Jacob hasta la venida del Mesías o a partir de la venida del Mesías? ¿Sólo los que confiesan a Jesús como Mesías o todos los judíos piadosos y justos que pertenecen a alguna de las tribus de Israel? Si son los primeros, los que confiesan a Jesús como Mesías, ¿de todas las denominaciones cristianas? ¿de algunas? ¿solo de la Iglesia Católica?
Estas preguntas no nos tienen que resultar extrañas. No son tantos los años que han pasado desde que afirmábamos, sin ningún género de dudas, que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Es cierto que nos generaba problema el saber qué iba a ser de aquellas personas que en condiciones normales habrían pertenecido a la Iglesia, pero que habían fallecido antes de recibir el bautismo. ¿Se salvarían?
Hemos superado aquellos tiempos. Ahora hablamos de una salvación universal (imagen de la puerta abierta), que nos alcanzará a todos, no por méritos propios, sino como puro don de Dios y por su infinita misericordia. Parece que hemos superado la pregunta que le hicieron a Jesús. Según esta visión, a la pregunta que le hicieron a Jesús, ¿serán pocos los que salven?, habría que responder: todos.
Hoy, asegurada la salvación universal, podemos caer en el polo opuesto: vivir nuestra fe sin ningún tipo de compromiso ético. Sin embargo, Dios nos ha hecho libres y, por lo tanto, responsables. Nos ha abierto la puerta de la vida y nos ofrece la oportunidad de vivirla en plenitud desde ahora. Dios, en Jesús, nos invita a vivir como salvados. La cuestión no está en el más allá (¿nos salvaremos?), sino en el más acá (¿queremos vivir como salvados?). La cuestión no es qué nos espera después de la muerte, sino si hemos vivido y cómo, antes de que ésta nos alcance. Es en el día a día donde construimos el cielo y el infierno, para nosotros mismos o para los demás.
Vivir como salvados es optar por entrar por la “puerta estrecha”, es decir, acoger los valores del Reino de Dios.
Jesús en su respuesta utiliza la imagen de la puerta estrecha. Las antiguas ciudades amuralladas contaban con varias puertas de acceso. La más importante era la puerta principal, el gran portón por el que entraban carruajes, animales, personas cargadas
con lo que habían ido acumulando en la vida. Era la más importante, pero era también la primera que se cerraba cuando la ciudad era atacada. En ese momento solo quedaban como acceso a la ciudad, y oportunidad de salvación, unas puertas estrechas por las que podía entrar una persona y de lado. La persona. Nada más. Todo lo demás estorba.
Esto me recuerda el testimonio que escuché a una persona hace pocos días. Comenzó a hacer el Camino a Santiago de Compostela con una mochila que pesaba 14 kg. Para la sexta jornada era consciente de que llevaba muchas cosas superfluas y “pudo prescindir” de 6 kg. Así nos pasa con tantas cosas en la vida. Acumulamos saberes y somos torpes a la hora de aplicarlos a la propia vida. Acumulamos bienes, “por si acaso”, y cuantos más acumulamos, más inseguros nos sentimos porque lo podemos perder todo cuando menos lo esperamos. Nos cuesta reconocer que lo fundamental está en nosotros mismos, en el Espíritu que nos habita. Ése es el fundamento de nuestra confianza básica, que lo mejor está en nosotros mismos y que lo demás estorba.
Jesús, en su experiencia del desierto (que luego lo viviría de otra forma en la vida ordinaria, en las otras tentaciones que le fueron apareciendo en el camino de la vida), en su vida itinerante, en su “no tener donde reposar la cabeza”, fue experimentando la libertad interior que genera el Espíritu del Padre cuando uno está centrado en Él, cuando se deja sostener por Él. Liberado de todo, entró por la “puerta estrecha” de la Cruz, confiadamente se puso en las manos del Padre y allí reclinó la cabeza.
Entrar por la “puerta estrecha” es seguir a Jesús, es acoger el Evangelio, es optar por vivir como salvados. Cada época, cada grupo social, cada momento eclesial ha subrayado un modo de entender sus “puertas estrechas”.
21º domingo del tiempo ordinarioAsí, entrar por la puerta estrecha puede ser acentuar la vida ascética, las privaciones y renuncias voluntarias para liberarse de todo lo que le puede atar a la persona. O incidir en la vida mística, en esa determinada determinación por mantenerse en la oración y la contemplación como un modo de adentrarse en el Misterio de Dios y en sus cosas.
Una lectura más social dirá que entrar por la “puerta estrecha” es optar por los valores del Reino de Dios, vivir según el espíritu de las Bienaventuranzas, trabajar por la justicia y la paz, tener actitudes de reconciliación y perdón, ser solidarios con los empobrecidos de nuestro ámbito más cercano y sensibles a los problemas de toda la Humanidad. Si además no se quiere renunciar a la referencia religiosa, se hablará del servicio al Reino de Dios como misión; de los más empobrecidos como sacramento de Jesucristo… y se verá en ellos los últimos que serán los primeros.
Cada uno de nosotros tenemos que ver cuál es la “puerta estrecha” por la que tenemos que entrar para vivir como salvados, qué es todo aquello que nos estorba para entrar en la ciudad, para sentarnos en la mesa del Reino de Dios. Por si nos sirve de
orientación ponemos algunos ejemplos, que parecen muy humanos, muy del día a día, pero es que es en esas pequeñas cosas donde se juega la existencia. La persona sumisa tal vez tenga que aceptar que el conflicto es parte de la existencia y, por lo tanto, asumir que hay que “pelear”. La persona orgullosa tal vez se tenga que ejercitar en el acoger con ternura la debilidad propia y ajena. La persona angustiada tendrá que aprender a encajar con paz y serenidad las adversidades de la vida. La persona autosuficiente tendrá que arriesgarse a fiarse más del prójimo y de Dios. La persona egoísta tendrá que comprobar que el prójimo no es rival, sino posibilidad de humanización.
Entrar por la “puerta estrecha” es fiarse de Dios y de las palabras de Jesús: he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Estamos invitados a la mesa del Reino de Dios. La salvación es un don. Vivir como salvados nuestra tarea. Tenemos que elegir: ¿salvarse o vivir como salvados?

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