COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Vigesimosegundo Domingo del tiempo ordinario

Grandeza de la humildad

Pasados los días del periodo vacacional todo va volviendo poco a poco a la normalidad: los más afortunados incorporándose al puesto de trabajo; otros empezarán la peregrinación de una oficina de la administración a otra, ahora que ya no están medio cerradas por vacaciones, buscando alguna ayuda social; los más jóvenes se incorporarán al colegio o la universidad. En algunas comunidades cristianas de nuevo volveremos a estar “los de siempre”.

Poco a poco todo vuelve a la normalidad. Menos el mensaje de la Palabra de Dios de este domingo, que tiene poco de “normal”, por lo menos juzgado desde la perspectiva con la que habitualmente vivimos.
“En tus asuntos procede con humildad… y alcanzarás el favor de Dios… porque revela sus secretos a los humildes”. Estas han sido las primeras palabras que se proclaman en la liturgia de la Palabra de este domingo.
El evangelio, en su primera parte, ha incidido en el mismo mensaje: “el que se humilla será enaltecido”. Por el contexto y en continuidad con la primera lectura, hay que interpretar la humillación como humildad, que empalma bien con el del evangelio del domingo pasado, en el que se nos invitaba a entrar por la “puerta estrecha” y que finalizaba con el aviso de Jesús: “hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”.
Me viene a la memoria un joven deportista que se ha hecho famoso no por correr mucho, que es lo que se dedica como deportista, sino por el gesto que tuvo, y que es lo que le aupado sorpresivamente con el triunfo de la fama a nivel internacional. Hace poco más de medio año, en diciembre de 2012, el vitoriano Iván Fernández Anaya, atleta de 24 años, se negó a ganar el cross de Burlada (Navarra). Iba segundo, bastante distanciado del primero. En la última recta de la carrera observó cómo el seguro ganador, el keniano Abel Mutai, medallista en los Juegos de Londres, se equivocaba de línea de meta y se paraba una decena de metros antes de la pancarta. Iván Fernández le alcanzó con rapidez, pero en vez de aprovechar la situación para acelerar y ganar, se quedó detrás de él y con gestos y casi empujándole le llevó hasta la meta, dejándole pasar por delante.
En el mismo medio de comunicación en el que leí la noticia aparecían las declaraciones del joven corredor y de su entrenador, corredor de élite. El primero decía: “No merecía ganarlo. Hice lo que tenía que hacer. Él era el justo vencedor. Me sacaba una distancia que ya no podía haber superado si no se equivoca. Desde que vi que se paraba sabía que no iba a pasarle”. Su entrenador, sin embargo, afirmaba: “El gesto le ha hecho ser mejor persona, pero no mejor atleta. Ha desaprovechado una ocasión. Ganar te hace siempre más atleta. Se sale siempre a ganar. Hay que salir a ganar”.
Le entiendo al entrenador. Éste es el mensaje que está en nuestra sociedad: “hay que ganar”. Ser humilde en nuestra sociedad es claramente contracultural: lo que se valora es la competitividad, ser los primeros, ser los mejores, ser los más guapos, ser los más jóvenes, ser los más sanos… ser los más ricos, ser los más inteligentes,… “ser más” que se confunde con “tener más”, sea dinero, inteligencia o prestigio. La medida de la persona queda reducida a eso, a “tener más”, muchas veces sin saber para qué, ni midiendo los precios que hay que pagar para “ser más teniendo más”. Cuando menos lo esperamos todo se nos cae como si de un castillo de naipes se tratara y aparecen las grandes frustraciones: vemos la poca consistencia que tenía todo aquello por lo que tanto hemos luchado, y que estando fuera de nosotros tanto daño nos ha hecho.
22º domingo del tiempo ordinarioLa humildad tiene mala prensa en nuestra sociedad. En ocasiones se le confunde con un ataque frontal a la sana autoestima. Acusación que con frecuencia se le ha hecho al cristianismo, y a lo que cooperado cierta espiritualidad que puede desembocar en ello: cuando a Dios se le hace enemigo de lo humano. Nada más contrario al mensaje evangélico.
Pero no se debe confundir la humildad con la actitud del inhibido o del cobarde, centrado en su vergüenza o en sus miedos. Según el diccionario de la Real Academia Española la humildad es “la virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con ese conocimiento”.
La humildad, desde la perspectiva humana, tiene que ver con el autoconocimiento. Desde la perspectiva creyente tiene que ver con la confianza, acogernos en lo que Dios nos va haciendo ser (cuando le dejamos, porque para ser humilde hay que estar descentrado de sí mismo, abiertos a la acción del Espíritu). El humilde se sabe vulnerable y frágil, pero, a la vez, sabe que la vida no se juega en el rol social que desempeña, sino en lo que va aprendiendo a ser por dentro. En este sentido sería algo similar a la definición teresiana de humildad: andar en verdad. Aceptarnos en lo que somos siempre es fuente de libertad.
Uno de los aprendizajes básicos que hace la persona humilde es que son las “puertas estrechas”, propias y ajenas, las que nos terminan conduciendo a la vida plena; que “en los últimos puestos”, allí donde la vida parece pasar desapercibida o es infravalorada, ha puesto Dios su mirada y su Palabra: “Amigo, sube más arriba”. La persona humilde sabe que tiene su sitio en el corazón de Dios. Nada ni nadie no los podrá arrebatar. Desde esta certeza la vida se empieza a vivir como don. Ésta es la grandeza de la humildad.

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Hoy, 1 de septiembre, celebramos el nacimiento para el cielo del P. Luis Querbes, fundador de los Clérigos de San Viator. Modelo de persona que no busco los primeros puestos, al contrario, el que por formación intelectual y celo pastoral estaba llamado a ser responsable de alguna de las prestigiosas parroquias de Lyon, hay quien dice incluso que podría haber sido “elevado” (¡cómo nos traiciona el lenguaje!) al episcopado, prefirió permanecer en el pequeño pueblo de Vourles, atendiendo al Pueblo de Dios que le había sido confiado y cuidando de la sociedad que había puesto en marcha: un grupo de maestros y catequistas, compañeros de los párrocos de las aldeas rurales, con la misión de la “enseñar la doctrina cristiana y servir al santo altar”.

Oramos por el proceso de su beatificación: 

Dios Padre bueno, te alabamos por el don que nos has concedido en la persona de Luis Querbes, pastor comprometido en la educación de la fe, el servicio a la liturgia y fundador de la Comunidad de San Viator. Te pedimos que permitas que Luis Querbes, sea reconocido entre los santos de tu reino. Te pedimos también que por su intercesión nos concedas el favor que imploramos de tu bondad… por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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No se me olvida el segundo tema del evangelio, el que dirige no a los comensales, sino a los que invitan/invitamos. ¿Cuáles son los criterios que utilizamos? ¿Están presididos por la gratuidad? Con esto basta. Queda como trabajo de meditación para la semana.

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