COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Décimo Domingo del tiempo ordinario

Jesús nos dice: “¡levántate!”

Ahora sí, ahora podemos decir que hemos regresado al llamado Tiempo ordinario. De suyo lo hicimos el domingo de Pentecostés, pero la celebración de la solemnidad de la Santísima Trinidad y, sobre todo, el Corpus Christi en su referencia al Jueves Santo, y más en los lugares en los que se celebra en domingo, hacen que el eco pascual se prolongue un par de semanas más.
Al regresar al tiempo ordinario, en este décimo domingo, nos encontramos con la sorpresa de que la Palabra de Dios nos sorprende con la dinámica de la lucha entre la vida y la muerte en los tres textos: lo que se nos relata sobre el profeta Elías, la confesión de Pablo en la carta a los Gálatas y la resucitación del hijo de la viuda de Naín.
El credo, en su formulación, nos deja un poco al aire lo que fue la vida de Jesús, ya que de la mano de María nos lo pasa a las manos de Pilato: “…nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato…”, en una de sus formulaciones; “…se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre. Y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato…”, en la otra.
Jesús pasó como nosotros por la dinámica del nacimiento y de la muerte, pero, ¿qué hizo mientras tanto? El evangelio de hoy nos da la respuesta: toda la vida de Jesús fue un continuo compromiso con la vida humana. Si el recuerdo que dejó en las primeras comunidades cristianas es que “pasó haciendo el bien”, a la luz del evangelio de este día podríamos decir que Jesús “pasó suscitando vida, allí donde ésta estaba amenazada”.
Lo primero que llama la atención en el pasaje que se proclama hoy es la presencia de los dos cortejos: el gentío que acompañaba a Jesús, portador de vida, y el gentío que acompañaba a la viuda de Naín, portador de muerte. Son como dos modos de posicionarse en la vida, dos caminos por los que podemos transitar. Ya esto nos tendría que llevar a preguntarnos a cada uno de nosotros con qué actitud nos situamos habitualmente en la vida: con la del gentío que acompaña a la Vida (Jesús) o con la del gentío que porta la muerte. ¿Cuál es mi talante habitual de situarme en la vida? Si queremos obviar la pregunta, por lo menos sí que podemos constatar, por propia experiencia, que en contacto con ciertas personas la vida nos crece por dentro, y que, por el contrario, con otras todo se nos marchita, por eso no es de extrañar que a este tipo de relaciones se les llame tóxicas.
El texto litúrgico nos dice que al ver Jesús a aquella mujer viuda que había perdido a su único hijo le dio “lástima”. Los entendidos dicen que sería mejor traducirlo por “se le conmovieron las entrañas”. No fue solamente un sentimiento epidérmico, por otra parte muy humano, sino que el sufrimiento de aquella mujer le llegó a Jesús hasta el hondón del alma. Al sufrimiento de toda madre que pierde un hijo, hay que añadirle el de ser el único y ser viuda: el desamparo y la desesperanza eran total para aquella mujer.
Jesús se acerca a ella. No era poco, para una mujer que estaba llamada a vivir en marginación. De labios de Jesús salen palabras de consuelo: no llores. De sus manos sale el compromiso con la vida, poniéndose en contacto con la muerte. No es de extrañar que los que llevaban el ataúd se pararan y se quedaran paralizados ante el gesto de Jesús: entrar en contacto con la impureza saltándose los prefectos religiosos. Esto lo hemos aprendido de Jesús: la religión está al servicio de la persona; el culto que Dios quiere es que suscitemos vida en aquellas personas que la tienen amenazada… o que no la tienen.
En ocasiones, cuando una persona fallece, nos quedamos con pena por las cosas que le podríamos haber hecho a una persona o lo que le podríamos haber dicho. Nos gustaría tener una segunda oportunidad. Es la que se le da a aquella mujer. Es la que se nos a todos, para que no nos ahorremos aquellas palabras o aquellos gestos que tendríamos que tener con aquellas personas a las que queremos o con aquellas personas que necesitan de nosotros.
10º domingo del tiempo ordinarioTambién en ocasiones quisiéramos tener la oportunidad de poder reescribir nuestra vida, seguramente borrando de ella todo aquello que nos ha impedido ser felices, todo aquello que valoramos como “tinieblas y sombras de muerte” en nuestra vida. Es la oportunidad que se le da aquel joven. Es la oportunidad que se nos da a cada uno de nosotros cada día. Cada día se nos da la oportunidad de construir nuestra vida de un modo más acorde con lo que queremos vivir, más acorde con el Evangelio, más acorde con la fe que profesamos. Pablo es un modelo para nosotros. El encuentro con Jesús lo vivió como nueva oportunidad. Fiel a su religión. Observante de todos los preceptos como ninguno. Sin embargo, fue el encuentro con Jesús resucitado el que le hizo comprender qué era la vida con Dios y que era la libertad humana. Y no desaprovecho la oportunidad que se le brindó por pura gracia.
Lo que decimos de la vida personal, lo podemos decir de la vida social. Cada día se nos da la oportunidad de hacer opciones que nos lleven a construir una sociedad más justa y más equitativa. La crisis económica y financiera que estamos viviendo, que nos afecta a nosotros como miembros de una sociedad hasta hace bien poco opulenta, pero que está afectando más dramáticamente a los ciudadanos de los países empobrecidos, puede ser una oportunidad para construir una sociedad más en sintonía con los valores del Reino de Dios. Así es que como percibiremos más claramente que Dios está visitando a su pueblo.
Jesús, el que pasó suscitando vida, allí donde ésta estaba amenazada, te dice a ti, me dice a mí, le dice a nuestra sociedad: “¡levántate!”.

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