COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Tercera semana de Cuaresma

La conversión: don y tarea

Nos vamos acercando al ecuador de la Cuaresma. El mensaje repetido del evangelio de hoy es una llamada a la conversión. Llamada para todos y cada uno de nosotros. La llamada a la conversión siempre es personal. En la medida en que nos convirtamos personalmente fructificaremos en conversiones comunitarias, familiares, laborales, eclesiales, sociales,… La conversión empieza en cada uno, pero el fruto de la misma tiene una sombra más alargada.
La conversión afecta a toda nuestra existencia. Afecta a nuestra inteligencia, a nuestro modo de comprendernos a nosotros mismos, al mundo en el que hemos sido plantados y a Dios mismo. Afecta a nuestra afectividad: al modo de querernos, al modo de querer al prójimo y dejarnos querer por él, al modo de dejarnos querer por Dios. Afecta a nuestra voluntad y a nuestra capacidad o incapacidad para transformar con constancia y empeño nuestra frágil realidad personal; a nuestro compromiso con la transformación de la realidad social, sobre todo aquella que deviene más injusta con los más vulnerables de nuestra sociedad. que nos rodea; a nuestra capacidad de permanecer en la fe en los momentos oscuros de nuestra existencia.

La conversión es don, no cabe la menor duda, pero también es tarea: acoger el don y poner los medios para que pueda fructificar en nosotros. Sabemos que es una tarea que nos lleva toda la vida, pero acontece a cada instante de nuestra existencia. Todo momento, toda circunstancia, es una oportunidad para la conversión.

En evangelio nos acompaña pedagógicamente en el proceso de conversión. Lo primero que nos quiere cambiar, la primera conversión que quiere que se opere en nosotros, es el modo que tenemos de percibir a Dios. La imagen que nos hemos hecho de él, que es afectiva, pero también es ideológica e influye en nuestras opciones y acciones, en el modo en que nos relacionamos con nosotros mismos, con la realidad social y con Dios mismo. Para eso utiliza dos acontecimientos de la vida ordinaria.

El primer acontecimiento parece ser que es de tipo político-religioso: a la ejecución, a la pena de muerte sumarísima a los galileos, se le unió el acto sacrílego de mezclar su sangre con la de los sacrificios que estaban ofreciendo aquellos hombres. ¿Podía haber una actividad más piadosa y más sagrada que la que estaban realizando aquellos hombres? Y, sin embargo, ¿su muerte fue querida por Dios?

El segundo acontecimiento es mucho más cercano a nosotros, y más conocido por repetitivo: un desgraciado accidente laboral que termina en la muerte de 18 trabajadores. ¿También esto es querido por Dios?

Ambos acontecimientos tienen un mismo denominador común: la muerte repentina e inesperada. Nos recuerda la fragilidad y la fugacidad de nuestra existencia. También nos recuerda la importancia de vivir el hoy y ahora como si fuera nuestro último día.
Los judíos habían internalizado la imagen de un Dios juez y de un Dios castigador. Tales acontecimientos no podían ser más que fruto del pecado de las víctimas. Jesús insiste en que no es así.

Está en juego la imagen de Dios. No hay que hacerle a Dios responsable de lo que no le corresponde. No hay que establecer con demasiada facilidad una relación entre pecado y castigo divino. Menos aún cuando no esté probado que haya habido pecado o un pecado más grave que el de otra persona, a la que pudiera ser que en las mismas circunstancias no le ocurre nada.

El pecado más que identificarlo con la muerte biológica hay que identificarlo con la muerte existencial y espiritual. La muerte biológica ya nos alcanzará. No está en nuestras manos el determinar cuándo acontecerá. Sin embargo, sí que podemos hacer algo para vivir dignamente mientras tanto. A eso nos invita el evangelio: a la conversión que nos dignifica como personas y como creyentes.

3ª semana de cuaresmaUna lectura legítima de la parábola es aquella que concluye con la necesidad de dar frutos, en este caso de una conversión que sea evidente. Es una lectura que se puede fundamentar en la tradición espiritual: “El amor se ha de poner más en las obras que en las palabras”; en el mismo Evangelio: “por sus frutos los conoceréis”. Además, hay que reconocerlo, es una lectura comprometedora.

Ahora bien, el modo de pensar del amo de la viña se acomoda bien al modo humano de pensar, es más, al modo de pensar más extendido entre nosotros: nos gusta exigir, nos pueden las prisas, nos decepciona el que no haya frutos y resultados, nos preocupa la productividad,… Podemos pensar qué repercusión puede tener este modo de pensar en una situación de crisis económico-financiera como la que estamos viviendo en medio de la cultura imperante de la competitividad, de la rentabilidad,… ¿Qué hacemos con los no-rentables, con los no-productivos, con los que no dan fruto?

Pero hay otras lectura posible de la parábola, también legítima: Dios es el labrador. En el labrador se nos revela el corazón paciente de Dios para con cada uno de nosotros y para con nuestro mundo. El tiempo de Dios no es el de las prisas y la impaciencia. El corazón de Dios es magnánimo frente a nuestras rigideces y exigencias que terminan por ahogar todo lo bueno que con dificultad pueda emerger del corazón humano: la misma conversión.
Esta lectura también tiene su fundamentación en la tradición espiritual: “la paciencia todo lo alcanza”, y en la evangélica: ¿qué es sino el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo?

Cierto es que la parábola no nos exime de la responsabilidad personal. Estamos invitados a la conversión. Estamos llamados a no retener el don de Dios, a dejarlo fructificar en nosotros y en nuestro ámbito de relaciones: familiar, comunitario, laboral, social, eclesial,…
Estamos invitados a la conversión. Si no nos ponemos manos a la obra, no caerá sobre nosotros el castigo divino, pero sí que estaremos perdiendo la oportunidad de vivir con plenitud.

Una actitud de conversión paciente con nosotros mismos viene reflejada en el poema “Esperaré”, del jesuita Benjamín González Buelta:

Esperaré a que crezca el árbol
y me dé sombra,
pero abonaré la espera con mis hojas secas.
Esperaré a que brote el manantial
y me dé agua,
pero despejaré mi cauce
de memorias enlodadas.
Esperaré a que apunte
la aurora y me ilumine,
pero sacudiré mi noche
de postraciones y sudarios
Esperaré a que llegue
lo que no sé y me sorprenda,
pero vaciaré mi casa de todo lo enquistado.
Y al abonar el árbol,
despejar el cauce,
sacudir la noche
y vaciar la casa,
la tierra y el lamento se abrirán a la esperanza.

Así es la conversión: don y tarea.

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