Noches de Luna Negra

Mosquitia (Honduras), sábado 19

Hoy ha llovido todo el día. Apenas el sol ha salido dos o tres veces, triste  y derrotado como salen los presos a la hora del patio.

No hemos buceado. La laguna estaba rabiosa y dicen que es peligroso. Aprovecho para cambiarle la guardia a Kavó y dedicarme a papeleos oficiales e informes.

Los adultos siguen acercándose al amanecer a la consulta improvisada. Hoy la lluvia ha roto esa costumbre. Hoy los cayucos reposan en la arena dulce de la laguna. Hoy está todo gris.

Hemos tenido que desarmar varias tiendas empapadas por el peso de la lluvia. Acá la lluvia lo inunda todo en minutos. En apenas segundos la gente se cobija bajo sus techumbres de manaca y los niños, locos geniales, chapotean desnudos bajo improvisados caños de agua dulce que cae de sus tejados. Luego las mamás se acercan a ellos y aprovechan a enjabonarlos.

Luego, cuando apenas hay luz, las mujeres se desnudan de medio cuerpo para arriba y sueltan sus melenas oscuras y rizadas. Hacen mil juegos con su cabello: lo estiran, lo enjabonan, lo aclaran, lo recogen, lo escurren, lo vuelven a enjabonar, lo vuelven a escurrir, y lo dejan suelto a la noche.

El ruido de la lluvia al golpear con el metal del container tapa a Pat Metheny, que suena bajito detrás de la puerta con mosquitera. El campo está solitario, en la penumbra, las goteras que se cuelan por el tejado dejan un perfecto foso a lo largo del container.

Kavó me ofrece café y le noto que  quiere hablar. Le digo que luego. Lleva dos días sin noticias de su chica. Está celoso del tiempo. Hoy quizá, por la hora que es, no vendrá Diego y su enorme helicóptero a posarse en nuestra noche. Él esperará su carta, su pequeña nota cuadriculada, que le llega cada cinco días. Sus palabras de papel envueltas de humedad y cariño lejano y temporal.

La radio suena confundida entre la noche. Nos trae noticias de lejos que no queremos oír.

Ayer volví a mandar mensajes a mi gente del Otro Lado. Cada día dudo más si Diego ha sabido hacer mi recado. Me jura que sí. Que la computadora no tiene secretos para él, la cosa es que no tengo respuesta de mi gente. De Ella.

Me quedo en silencio y respiro la lluvia gris y dulce. Me gustaría convertirme en niño y salir a mojarme, a chapotear, a reír entre la Vida y la lluvia.

Kavó me pasa el café. Dejo de escribir. Empezamos hablar. Comienza la noche.

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