Noches de Luna Negra – febrero, de madrugada

Angola

Es de madrugada. Elijo estar de guardia. Tarde y noche confusa. Tarde y noche de dudas inconfesables. Tarde y noche de reuniones y charlas por radio con nuestro jefe en la vieja Europa. Planteamientos, oídos sordos, explicaciones que no puedo traducir del francés, frases inacabadas que no dejan acabarse por lo elevado de la voz y los continuos “cambio” en la emisora.

Maurice dice entenderlo pero que tiene las manos atadas. Nos autoriza a dar pasos, cortos, para no llamar la atención de nuestros “anfitriones”, el Gobierno angoleño, y que no nos acusen de injerencia en su revolución por la libertad.

Apenas hemos comido. Creo que Anne ha vomitado el té de la mañana. Luy ha permanecido callado las horas que hemos estado reunidos, mientras hace números de no sabemos qué. Patrick callado y práctico: “ahora, ¿qué hacemos?”

Saúl y Beto opinan que nos puede desbordar la situación. Joao que merece la pena intentarlo. Que nos arriesguemos.

No hay comida, no hay bomba de agua capaz de clorar el agua y que no la beban del pantano, calculamos que una de cada ocho mujeres, si no son más, están embarazadas, no tenemos ni idea del número de niños que hay y su grado de desnutrición, no tenemos ni idea de nada, absolutamente de nada, solo que hemos estado ciegos ante una realidad espeluznante a escasos metros de nuestro refugio y hemos sido incapaz de sospecharlo.

Nos decidimos a tomar decisiones: primera prioridad: desmantelar la enorme carpa del almacén y habilitar salas para desnutrición y partos; segunda: bomba de agua (aprovecharemos un toyota en desuso como grupo); tercera: buscar comida mientras que plantamos nueva cosecha de mijo y maíz; cuarta: emplear a los líderes de las etnias como ayudantes de organización de calles y servicios; quinta…

Cuando íbamos por la quinta dos helicópteros de combate MI-8 han sobrevolado el campo desmontando dos anclajes de la carpa central.

Estoy de guardia. La luz del cubículo de Anne está encendida. Hoy, al volver de la realidad, sus ojos azules no brillaban. Por un momento he sentido que me llamaba “cabrón” desde su mirada azul. Por un momento, cuando nuestros labios se rozaban deseándonos las buenas noches, su mirada azul me preguntaba “donde nos hemos metido”.

En los auriculares suena el concierto para dos violines en re menor de Bach. Hoy no quiero oír el sonido de la noche, ni el continuo ruido del generador de gasoil, ni mis latidos lentos cuando mi corazón se duerme en mi almohada. Hoy no quiero oír, escuchar las voces de ellos, los del Otro Lado haciéndome preguntas que no sé ni sabré contestar, no quiero oír el bip-bip de la máquina de control de constantes del quirófano, no quiero oír el maldito sonido de los MIG 21 (“salchichas” los llaman los cubanos) sobrevolando y despegando con su carga asesina de Huambo, no quiero oír, escuchar, nada que no sea algo que me transporte lejos, tan lejos como mi propia conciencia me permita.

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