COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Domingo de Resurrección

Vivir resucitando

Nosotros, que nos sabemos el final de película, proclamamos sin mucha dificultad el Pregón pascual, el Gloria, el Aleluya… y lo  que haga falta. En ocasiones de forma un poco inconsciente, sin ponernos realmente en la piel de las seguidoras y seguidores de Jesús. No les fue fácil acoger la resurrección. No les fue fácil reconocer al Resucitado. No les fue fácil acoger que la muerte es lo que precede a la Vida definitiva.

Algunos teólogos, muy sesudos ellos y haciendo una lectura comparada de los pasajes evangélicos, nos dirán que Resurrección-Ascensión-Pentecostés es un tríptico de una única escena que ocurre simultáneamente el día de Pascua. Nos privan de la experiencia del discipulado. Como si fuera poco que en tres días tengamos que pasar de la incertidumbre de una misteriosa despedida al desenlace trágico de una muerte incomprensible para acabar en una alegría desbordante. No hay psiquismo humano que pueda con eso. No, si es que está en su sano juicio. Por mucha fe que se le ponga.

La Iglesia con gran sabiduría hace que el verdadero sentido de la pascua lo vayamos interiorizando poco a poco, durante cincuenta días. Es más yo diría que ya nos viene preparando desde adviento o, como mucho, desde Navidad.

Hace unos años celebré el triduo pascual con jóvenes de los HH. Maristas. El lema de aquel año era: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo”. Creo que esa fue la síntesis de la toda la vida de Jesús y que debe ser la nuestra: optar por resucitar, vivir resucitando (a otros y nosotros mismos), en eso consiste la fecundidad. Celebrada en tres días, como fruto de toda una vida.

Domingo de ResurrecciónJesús es el grano de trigo plantado por  Dios en la Historia de la humanidad. Jesús se ha hecho uno de nuestra historia para que aprendamos cómo ser humanos a los ojos de Dios. Jesús se va haciendo humano, va construyendo su vida con una referencia bien clara: Dios. Nosotros también nos tenemos que hacer humanos, tenemos que construir nuestra vida. Tenemos que elegir si con Dios o sin él. No nos vale cualquier Dios, aunque todas las creencias e ideologías sean respetables. Nosotros creemos en el Dios que se nos revela en Jesús y queremos construir la vida a su estilo.

Por ejemplo, para nosotros más importante que la extinción del deseo es que nuestro deseo se vaya identificando con el deseo de Jesús, con el deseo de Dios sobre la Humanidad. Para nosotros más importante que desprendernos del ego es vivir en relación con un “Tú”, el tú de Dios y el tú de los hermanos, que nos descentre de nuestro egocentrismo.

Jesús vivió descentrado de sí mismo y centrado en la voluntad de Dios. Jesús descubre que la voluntad de Dios es que viva para los demás, que con sus palabras y sus gestos suscite vida, sobre todo en aquellas personas que por diferentes circunstancias la tienen más amenazada. Por eso, Jesús saldrá al encuentro de los empobrecidos, de los marginados, de los enfermos, de los pecadores,… de todos aquellos que se iban quedando fuera del sistema social y religioso.

En el pan y el vino del Jueves Santo -o en el Lavatorio- se concentra toda la vida de Jesús. Toda. El pan nos recuerda que Jesús tomó la vida en sus manos. La vida que le había ido creciendo por dentro. Se la entregó al Padre y nos la entregó a todos nosotros. Con este gesto Jesús indica lo que ha sido su vida: ser el grano de trigo que está dispuesto a hacerse pan, alimento para todos los que están hambrientos de Dios y de su causa: el Reino.

Los Viacrucis del Viernes Santo nos recuerdan esos que recorremos cada uno de nosotros a lo largo de nuestra existencia, los que hacemos recorrer a los demás, los que recorre la Humanidad,… Cruces reconocidas o ignoradas, pero que siguen generando muerte. Descansamos nuestras cruces en la Cruz de Jesús. Él es el grano de trigo que está dispuesto a caer en tierra. Toda su vida había sido un continuo ponerse al servicio de la vida. A última hora no se echó para atrás. Se fió de Dios. Se creyó y practicó lo que predicó: “si el grano de trigo,…”. Y cayó en tierra.

El Sábado Santo nos preguntamos: “Y Dios, ¿qué hace por Jesús?” Aparentemente nada. Solo dejarle ser grano de trigo que cae y muere. Y nosotros, ¿qué hacemos por Jesús? ¿qué hacemos/hago del inocente, llame como se llame? Dios guarda silencio. El susto le hizo enmudecer. La tristeza encogió su corazón. Parecía que la apuesta definitiva que había hecho por la Humanidad estaba a punto de fracasar: asesinaron a Jesús, al que había llevado a plenitud su sueño para toda la humanidad. El grano de trigo había caído en tierra y había muerto… ¿también había quedado infecundo?

Dios guarda silencio. Cuando recupera la voz sólo puede pronunciar una palabra: ¡¡VIVE!!. El grano de trigo que cae en tierra y muere… ¡¡da fruto!! La vida de Jesús ha sido una vida fecunda. Si el fruto de la Pascua es la Resurrección, la vida plena concedida por el Padre, estamos invitados a vivir como resucitados. Mejor, resucitando… como Jesús. Para eso necesitamos más que tres y  más que cincuenta días. Toda la vida para vivir resucitando.

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