COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Tercer Domingo del Tiempo Ordinario

Hijos amados del mismo Dios

Después del breve paréntesis del domingo pasado, en el que proclamamos el pasaje de las bodas de Caná, retomamos el evangelio de Lucas, que nos va acompañar durante este año litúrgico.

No son ganas de marear. La liturgia de la Iglesia tiene su sabiduría a la hora de introducirnos en la identidad y misión de Cristo, que es la nuestra.

Concluimos el tiempo de Navidad con el Bautismo del Señor, momento en el que se nos reveló la identidad de Jesús: “es el Hijo de Dios, el amado, el predilecto”.

El pasaje de las bodas de Caná servía para darnos la clave de lectura y de interpretación de la misión de Jesús: no ha venido a aguarnos la fiesta, sino a llenar de alegría la vida de las personas. Seguro que conocemos personas que han vivido lo religioso como una carga pesada, como aquellas tinajas de piedra: pesadas, a pesar de estar llenas de vacío. Tal vez, también nos ocurra a nosotros, por lo menos en alguna ocasión.

El pasaje evangélico de hoy casi quiere ser un “repaso” de lo que hemos ido “aprendiendo” los dos domingos anteriores.

Tercer Domingo del Tiempo OrdinarioEl saludo nos recuerda cuál es nuestra identidad más profunda. “Ilustre Teófilo”. “Teófilo” somos tú y yo. El evangelio está escrito para los creyentes de todos los tiempos. En evangelio está escrito para cada uno de nosotros. “Teófilo” quiere decir “amado de Dios”. Tú y yo somos “amados de Dios”.

Ése fue el punto de partida de la vida pública de Jesús. Ésa fue su experiencia en el bautismo: sentirse “el hijo amado de Dios”.

Vivirnos como “hijas e hijos amados de Dios”  ha de ser nuestra experiencia fundante y nuestra experiencia fontal. Fundante, en cuanto que nos constituye, nos hace saber qué y quiénes somos. Fontal, porque nos hace saber para qué hemos sido creados, a qué somos llamados, a qué y a quiénes somos enviados. Así, la misión, más que tarea, se nos hace respuesta. Más que esforzarnos es sentirnos impulsados.

Ésa fue la experiencia de Jesús en el Jordán, en la sinagoga de Nazaret y a lo largo de toda su vida. Nacido por obra del Espíritu se sintió invitado a encarnar en su vida lo anunciado por los profetas. Sostenido por Dios, se sintió impulsado por el Espíritu a compartir con los pobres una Buena Noticia: eran hijos amados de Dios, sus predilectos.

Así nos lo recuerda el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium: El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo “se hizo pobre”. Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres.

Nuestra misión es la de Jesús: que toda persona pueda recuperar la dignidad que le corresponde por ser “amada de Dios”. Somos enviados a dar la buena noticia a los pobres.

La gran tentación, el gran peligro, es quedarnos paralizados en grandes discursos y sesudas discusiones sobre quiénes son los pobres.

Creo que sigue siendo válida esa breve definición de pobre o empobrecido de la teología de la liberación latinoamericana: pobre es aquel que no tiene seguro que vivirá mañana. Es verdad que nadie lo tenemos, pero es justo reconocer que unos lo tenemos más seguro que otros (no creo que ninguno de nosotros corramos el riesgo de morir de hambre).

Para quien le asuste esta definición por ser excesivamente “política”, se puede quedar con ésta más ¿religiosa?: pobre es aquella persona a la que no le queda nada más que Dios como garantía de su existencia.

Para las personas que se encontraban en esa situación Jesús fue Buena Noticia, tanto por las palabras que salían de su boca como los gestos concretos que salían de sus manos.

A eso estamos invitados también nosotros y es lo que pedimos en una de las plegarias eucarísticas: “danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido”.

Esto no lo vivimos como una obligación que nos impone nuestra religión, lo tenemos que vivir como respuesta al don que hemos recibido: ser hijos amados de Dios.

La importancia que tienen los empobrecidos en el corazón de la Iglesia viene avalado por el magisterio desde los Santos Padres hasta las encíclicas de los últimos papas. El Papa Francisco aborda en el apartado II (“La inclusión de los pobres”) del Capítulo IV (“La dimensión social de la evangelización”) de la Evangelii Gaudium.

Nosotros somos hijos amados de Dios. Los pobres son hijos amados de Dios. Somos, y son, hijos amados del mismo Dios.

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