COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Trigesimotercer Domingo del Tiempo Ordinario

Dios es nuestro futuro

Estamos llegando al final del ciclo B, en el que hemos seguido a Jesús de la mano del evangelista san Marcos. La liturgia nos pone mirando a una nueva etapa de la historia. Las imágenes que utiliza nos pueden causar temor. No es ése su objetivo, sino ayudarnos a abrirnos a la esperanza. El evangelio que hemos proclamado nos pone mirando a Cristo en su segunda venida. Mirándole a él no nos puede pasar nada malo.

Además de hacer una lectura espiritual, o para poder hacerla, es conveniente situar las lecturas en su contexto histórico.

Lo que se nos narra en el libro del profeta Daniel coincide con uno de los momentos más dramáticos de la historia de Israel: la persecución de Antíoco IV, en el año 167 a. C. El poder militar y, sobre todo, cultural del helenismo amenazaba la identidad del pueblo judío. En estas circunstancias el profeta trata de consolar a su pueblo y de avivar su esperanza.

El evangelio está situado en un contexto similar. El templo de Jerusalén había sido destruido, con lo que eso supuso para la piedad judía: el Templo representaba la presencia de Dios en medio de su pueblo. Por si eso fuera poco, comienzan las primeras persecuciones contra los cristianos.

Trigesimotercer domingo del Tiempo OrdinarioTanto si lo miramos desde una perspectiva social como si lo miramos desde una perspectiva religiosa podríamos suscribir las palabras de la primera lectura: “Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora”. Situación muy parecida a la que se encontraban los judíos de tiempos de Daniel o los cristianos de la época de san Marcos.

Si fijamos nuestra mirada en nuestro contexto social, ¿por dónde empezamos a dar cuenta de los males que nos acechan? ¿Por el dramático atentado recién cometido en París? ¿Por las mujeres que han sido asesinadas desde el pasado sábado en el que se celebraron manifestaciones en contra de la violencia de género? ¿Por los niños, ¡y adultos!, que mueren cada día en su peregrinar hacia la tierra prometida, defendida con concertinas, a pesar de que habíamos dicho que no podía haber ningún Aylan Kurdi más? ¿Por dónde empezamos y por dónde terminamos para que las omisiones u olvidos no sean injustos?

Si lo miramos desde la perspectiva religiosa, más concretamente desde lo que es la realidad católica entre nosotros, nos puede pasar algo parecido: pensar que el indiferentismo o el individualismo se está apoderando del corazón de los jóvenes, que el relativismo en todos los ámbitos de la vida es lo que hemos asumido los creyente como algo natural, que el secularismo está ganando la batalla mediática, que todo intento de reforma en las estructuras de la Iglesia, para que se acomode mejor al espíritu evangélico, es boicoteado en varios frentes…

Si nos quedamos fijados solo en esos datos, todos reales y, desgraciadamente, bien ciertos, el Mal habrá ganado su batalla. Ése era su objetivo, hacernos creer que él, el Mal, que se manifiesta en muchos datos de nuestro presente, tiene la última palabra y que no hay nada más.

Al Mal no se le puede mirar de frente, porque abandonados a nuestras propias fuerzas nos devora. Al Mal hay que mirarle agarrados a la mano de Jesús y escuchando de sus labios, “cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”. Jesús ha prometido su presencia, la presencia del Bien entre nosotros, hasta el final del mundo.

Solo desde ahí, desde creer que el Bien tiene la última palabra, es como nos podemos comprometer en la transformación del presente y apostar por el futuro:

– a pesar de nuestros fracasos, hasta en el intento de cambiarnos a nosotros mismos;

– a pesar de que nos parezca que a la Iglesia le cuesta ser fiel a su Señor;

– a pesar de que parezca que vivimos en un mundo desquiciado y desnortado;

– a pesar de todo… tenemos que seguir trabajando y orando, comprometiéndonos y confiando, contemplando y luchando… porque el futuro es de Dios y Dios es nuestro futuro.

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