Oraciones al caer de la tarde

EL PELUQUERO

Apenas le conocía… de haberle visto un par de veces, Señor.
—¿Entonces tú eres el peluquero oficial?
—¡Oficial…! Yo corto el pelo…
Había observado en una pieza situada en la entrada de la Cárcel, a través de una verja a un joven muy bien parecido que trabajaba con las tijeras y el peine en las manos… Se me ocurrió darle trabajo. Y con el trabajo algo que llevarse a la boca…
Fue un pensamiento fugaz pero que atrapé con fuerza para que no se escapara… Ahora sé cómo se llama: Arturo, Arturo Fret…
La verdad, Señor, es que no me atrevía. Pero exactamente no sé por qué… ¿No quería llamar la atención?, ¿hacerme el singular?… ¿Tenía miedo quizás a un corte? ¿Infección? (La higiene en el Penal es tan precaria…)
¿No me hacía gracia ser tocado por un preso?
Me dije que todo eso no eran sino prejuicios… Formas disimuladas de segregación, tomarme por alguien superior…
Y tú me inspiraste (¡ahora lo sé!);
—¿Cuándo me vas a cortar el pelo a mí? Ya ves que me hace falta (En verdad tenía una cabellera excesivamente larga…)
Me miró incrédulo. Un guardián me observó con cierta sorna…
No se lo creían…
Reaccionó a mi conveniencia:
—Cuando quieras…
—Bien. El lunes vengo por la tarde. ¿Estarás por aquí?
—Sí, sí… ¿A qué hora?
—A las tres.
Y esta tarde he ido. No había nadie con las tijeras en la mano. Sólo tres guardianes sentados bajo el árbol de la entrada…
—Buenas tardes, Carlos…
—Buenas.
Miré alrededor. Ellos no estaban acostumbrados a verme ese día y a esas horas. Me miraron raramente.
—¿Dónde está el peluquero?
—¡Ah! ¡Senegalés! —gritó el jefe Marcos— llama al peluquero…
(El “Senegalés” es un tío vivales que se empeña en ser mi hijo)
Me senté en donde él me indicó. Al lado de los guardias para aprovechar la sombra del raquítico nimes. Me embutió en una especie de camisa de fuerza y ¡ha empezado el espectáculo!
En un minuto han salido Sankara, Barnabé y tres o cuatro más de los presos que tienen permiso para trabajar fuera. Y algún que otro guardián sin ocupación precisa. Bromas, buen ambiente. Todos dicharacheros, mientras el bueno del peluquero se esmeraba en torno a mi cabeza…
¡Gracias, Señor, por esta reconfortante experiencia! ¡Gracias por esta camaradería establecida semana a semana, día a día, con estas personas en teoría malas, segregadas, de los delincuentes y sus guardianes que son más ingenuos y más pobres que muchos de los detenidos…!
¡Gracias por haberme hecho tan niño como para reírme y jugar y dejarme engañar por estos simpáticos bribones…
Se acabó la faena.
—¿Cuánto es?
—¡Ah, no, lo que quieras darme…!
—No, no… ¿cuánto cobras?
Le he puesto en un aprieto al bueno de Arturo, que estuvo en Valencia, que sabe cuatro palabras de castellano, que fue condenado a diez años por tráfico de drogas, que nació en Ghana hace veintitantos años…
Le he dado lo que doy normalmente a mi peluquero de la ciudad…
A mi antiguo peluquero… porque ya tengo uno nuevo. No se lo creía.
El mismo Director, amigo mío, desde lejos, cuando entraba a su despacho una vez le han abierto la puerta de su coche oficial, me ha mirado. He adivinado su pensamiento y por su forma de mirar, ha dicho entre dientes:
—¡Ay, este chico…!
Gracias, Señor. Y buenas noches…

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