Oraciones al caer de la tarde

BAKARY

Señor, la sencillez con la que me han anunciado la muerte de mi amigo Bakary, me ha dolido.
—¿Sabes? Esta tarde voy a ir a ver a la familia de Bakary. Murió ayer.
Me ha costado entender lo que me decía Richard…
—¿Muerto? ¿Cómo ha sido?
—No sé. No estaba enfermo. ¿Palu?
—Creo que sí. ¿Vienes?
No sé por qué pero no he ido. No he querido ir. Como hacen los musulmanes, lo han enterrado inmediatamente. He preferido imaginármelo. Los padres, ni les conozco ni él me había hablado nunca de ellos.
Señor, ¡se me ha muerto Bakary! Un amigo menos que tengo aquí abajo. Un amigo más que está Contigo, con Alah, en el Paraíso.
Bakary ya tenía 15 ó 16 años. Pero era un niño. Un niño bastante pícaro. Le conocí hace siete años. Por eso, quizás pienso que era un niño. Quizás prefiero recordarle cuando lo era auténticamente. Quizás no quiera acordarme de sus pequeñas fecharías. En todo caso, no las hacía con malicia. No, no había en él ni una sombra de malicia. Estoy convencido de ello.
Era un lobatico. Bueno, mejor es decir que pertenecía a la Manada. No participaba demasiado en las actividades, siempre estaba ocupado, tenía que trabajar. Acababa de dejar la escuela recién empezada. Tenía que vender periódicos… para llevar algunos francos al final de cada jornada a su casa…
¡Cuántas veces venía a pedirme que le completara su teórico beneficio, cuando se le había dado mal la venta, cuando no había tenido suerte… A veces le daba unas piezas de moneda, la mayoría le compraba un periódico de aquellos que daban mayor margen de ganancia. Generalmente, no hacía más que hojearlo y devolvérselo. ¡Pobre Bakary!
La primera vez que fui al Local Scout (¡a la casa de los Scouts!) me encontré con que había bastantes más críos en la puerta y aledaños, que dentro de la Casa… Me sentí muy mal cuando los que me impedían la entrada, se apartaron demasiado respetuosamente y cuando, los que se balanceaban en la canasta de baloncesto o jugaban sentados en la arena o en el enorme tronco de un árbol abatido, vinieron como moscas (aunque con cierta precaución) atraídos por la presencia de un blanco…
Lo peor: ¡no sabía qué decir! No me era fácil expresarme. Y entré en el Local. Pero las miradas de los que no tenían derecho a entrar que me siguieron, no las olvidé…
Bakary estaba fuera. Mirándome con sus ojos enormes mientras chupeteaba algo sucio, creo que un hierro oxidado. Me dio rabia verle así, tan majo, tan contento, tan admirado… cuando no tenía ni un juguete, ni un chupa-chups, ni unas chancletas en los pies… La camisa que llevaba, desgarrada y sucia no llegaba a cubrirle y los pantalones, más bien un trapo, dejaban ver buena parte de la piel que, normalmente, debería estar bien protegida de miradas indiscretas…
Me dio rabia, sí, ese contento, ese sonreír… Me dio pena, me dolió.
Pero le sonreí… Le pasé, demasiado deprisa la mano por su mejilla. Y me devolvió la sonrisa enseñando unos dientes blanquísimos y abriendo aún más los ojos…
Señor, ¡Bakary ha muerto…!
¿Mejor? No, no. No sufría. Era feliz. Era feliz con sus pequeñas miserias. Era dichoso cuando al final de una larga jornada, conseguía llegar a vender 30 diarios. Para él, era un día de fiesta… Estaba más contento que yo cuando veo que todo me ha salido bien, que he tenido éxito en mis actividades, en mis cotidianas empresas…
No, no era un desgraciado. Quizás (es difícil imaginárselo) era más feliz sin nada: sin dinero, sin ropa adecuada, sin comer un plato bien preparado cada tarde, sin escuela, sin suficiente afección paterna, sin poder, a no ser haciendo un enorme esfuerzo, ir a la selva de Kongondekro… Quizás era más feliz que yo, con todo lo que tengo, a quien no le falta de nada.
El pensamiento, la duda… no son nuevos en mí: ¿cómo puede ser feliz ese niño (y ese hombre, y ese joven y ese viejo… que no posee sino carencias sin fin? o aún, ¿cómo podemos nosotros, yo, que poseemos de todo, que no carecemos de nada (¡bueno, de casi nada!), ser infelices, desgraciados? ¿Cómo podemos quejarnos, cómo podemos sentirnos unos pobres diablos… en cuanto tenemos un pequeño revés?
Bueno, Señor, seguiría reflexionando, charlando contigo (porque Tú me das siempre tu punto de vista, lo sé ), hasta muy tarde. Pero quiero, para terminar, volver a Bakary.
Una de las pocas cosas buenas que he hecho, una de las raras buenas decisiones que he tomado, en estos años, fue, el acabar la reunión con los Scouts, hacer entrar (fue aquella tarde) en el Local a los niños que todavía esperaban a la entrada.
Y Bakary estaba allí todavía… como conmocionado por el efecto de mi gesto cariñoso…
De allí nació otra Tropa Scout, otra Manada. Que es la que prefiero, a la que mimo, la que más satisfacciones me da… ¡Esos pequeños lobos…! Pero, ahora, Bakary no está… Bakary ha muerto.
¡Oh, Señor…!

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