COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Domingo de Ramos

Triunfos y triunfo

El domingo de Ramos no es día para homilías, comentarios o reflexiones.

Si hemos escuchado la Palabra de Dios con atención, ésta es suficiente. Más, es desbordante. ¡Cómo repetir el salmo responsorial, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, y no estremecerse! El amor de Dios crucificado. El amor humano, también.

Domingo de RamosEl esfuerzo de Jesús por el Reino parece que ha fracasado. El esfuerzo de la Iglesia por anunciar al Dios del Reino, parece que también. Si nos hemos despistado escuchando la Palabra de Dios, “…actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz…”, hay que pensar que lo mismo ocurrirá con todas las palabras humanas que vengan a continuación. Mejor ahorrárselas, para no quitar intensidad ni dramatismo a la pasión de nuestro Señor Jesucristo… ni a las pasiones que han sido a lo largo de la historia de la Humanidad. Hoy después de haber celebrado la eucaristía, tendríamos que tomar el periódico en nuestras manos y hacer “lectura orante” con sus contenidos: son los verdaderos “pasos” en la “procesión” de la Historia.

La liturgia del día de hoy nos mete de lleno en las últimas horas de la vida de Jesús, pero lo hace entrando por la puerta grande del triunfo humano: “Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban: ¡Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor!”. Parece que la cosa empieza bien, ¿cómo acabará?

La respuesta que se nos da hoy es la pasión. Si nos quedamos solo con esto, tendríamos que concluir que lo ocurrido a Jesús pone bajo sospecha la esperanza en lo humano.

Sin embargo, lo ocurrido en Jesús nos recuerda, más en el corazón que en la cabeza, que la última palabra sobre nuestra historia la pronuncia Dios. Su última palabra sobre Jesús, “¡Vive!”, es coherente con la primera sobre la Creación: “¡Hágase!”. El triunfo de Jesús no estuvo en la entrada a Jerusalén, sino en la salida del sepulcro. Hay triunfos… y triunfo.

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