COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Cuarto Domingo de Cuaresma

El amor salva

Hace un mes comenzábamos la cuaresma. Este año acompaña e ilumina nuestro caminar las lecturas correspondientes al ciclo B. Las primeras lecturas han ido jalonando una serie de alianzas que Dios ha hecho con la Humanidad: Noé, Abrahán, Moisés… Alianzas de amor.

En la primera lectura de hoy, del segundo libro de las Crónicas, se nos recuerda la inmensa paciencia que Dios tuvo con el Pueblo elegido, a pesar de todas sus infidelidades. Ya desde el Antiguo Testamento se nos perfila la imagen de un Dios paciente y amante.

Más allá de cómo ocurrieron realmente los hechos históricos que se nos narran, el autor sagrado hace una lectura creyente de la historia: Ciro, el rey de los persas, es la mediación de YHWH para devolverles la libertad.

Es la fe la que nos lleva a leer los acontecimientos como historia de salvación. Es lo que hace el autor de Crónicas en la 1ª lectura, es lo que hace san Juan en el evangelio de hoy.

Para un historiador estricto, para un investigador de la historia de la Palestina romana del siglo I de nuestra era, Jesús no sería más que uno de tantos crucificados de aquella época que quedaron olvidados en el anonimato, sepultados en la historia, tragados por el tiempo. Lo que diferenciaría a Jesús de los demás, sería el hecho de haber sido el iniciador de un movimiento social y religioso alternativo. Incluso algunos historiadores, también estrictos, el mérito se lo atribuirían a Pablo de Tarso, que fue capaz de universalizar el movimiento de Jesús, liberándolo de la estrechez del judaísmo.

San Juan hace una lectura creyente de la muerte de Jesús. La cruz de Jesús no es insignificante. En ella podemos contemplar extasiados el amor eternamente misericordioso de Dios: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”. Dios toma la iniciativa desde el principio. Es él quien nos ama y es el fundamento de nuestro amor.

tercer domingo de cuaresmaA diferencia de otras experiencias humanas en las que decimos, por ejemplo, a nadar se aprende nadando, a bailar se aprende bailando,… No se puede decir que a amar se aprende amando. A amar se aprende habiendo sido amado. Es una experiencia fundamental. Las personas que, por diferentes circunstancias, no se han sentido o no se sienten amadas tienen mayor dificultad para amar bien.

Lo que decimos a nivel puramente humano, vivir la existencia fundamentada en el amor, lo podemos afirmar como experiencia creyente. Es lo que nos recuerdan los obispos vascos en su carta pastoral, “Misericordia entrañable”, que han escrito para la Cuaresma-Pascua de este año. El nº 9 dice así: “Esta ternura y misericordia de Dios se han manifestado en Cristo, su Hijo amado, hecho carne por nosotros. En Él, Dios ha salido a nuestro encuentro: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo” (Ef 2,4-5). Podríamos decir que la misericordia de Dios se ha manifestado en la carne; ha adquirido rostro y corazón humanos: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). En Cristo se realiza una Alianza definitiva, nueva y eterna. Una vez más, la misericordia se expresa en una Alianza, esta vez realizada en el Misterio Pascual de Cristo. Él entrega su vida como acto de suprema misericordia para que nosotros vivamos por Él, con Él y en Él. El perdón de los pecados, expresión máxima de misericordia, restablece la Alianza de Quien es siempre fiel”.

Dios nos ha amado y nos ama eternamente. Ésta es la base de nuestra existencia: sentirnos amados, sentirnos salvados. Cuando lo experimentamos nuestra vida cambia.

Muchas personas han abandonado la fe porque nunca han experimentado el amor de Dios. No se han sentido salvadas e indagan por otros caminos. Es el gran reto que tenemos como comunidad cristiana, ayudar a las personas a encontrarse con el amor de Dios, con la salvación que nos ofrece. Encuentro que es acogida. Oferta que reclama apertura. Hay gente que deja la comunidad convencida de que ha dejado de creer, cuando en realidad solo ha cambiado de ideología. Esto se aprecia en los jóvenes. Se abren a conocimientos nuevos, a explicaciones de la realidad que les resultan novedosas, y se les cae el entramado cuasi-mítico que se habían formado en el ámbito religioso. Está bien que sigámonos empeñándonos en el diálogo fe-cultura, ciencia-religión,… pero nuestro gran hándicap sigue siendo la educación creyente del corazón, para que puedan reconocer el amor que Dios nos tiene y la salvación que nos ofrece ya para esta vida.

Fundamentados en el amor de Dios, nuestra vida está llamada a ser una respuesta al amor de Dios y una respuesta de amor al prójimo… porque hemos experimentado que el amor salva.

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