COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Tercer Domingo de Cuaresma

Ambigüedad del Templo, ambigüedad de lo humano

Hoy nos acercamos con Jesús al Templo de Jerusalén. Nos acercamos a todos los templos que a lo largo de la historia han sido motivo de escándalo no sólo para las personas que buscan a Dios con sincero corazón, sino también para nosotros, que queremos ser seguidoras y seguidores de Jesús, el Cristo. Por poner un ejemplo, recientemente nos ha escandalizado el modo de gestionar la recaudación de la catedral de Santiago de Compostela, uno de los templos más famosos de la cristiandad.
No terminamos de aprender. El Padre nos lo quiere facilitar todo. Nosotros, con nuestra sabiduría, le queremos enmendar la plana y terminamos complicándolo todo. Nos da a Jesús como camino seguro que nos conduce al Padre. Nosotros, por si acaso, nos damos otras mediaciones más creíbles que un crucificado. Ésa es nuestra necedad.
La historia se repite. Lo vemos en la lectura del Éxodo. Dios se empeña tenazmente en nuestra liberación, quiere sacarnos de todos nuestros Egiptos. Buen momento para que te preguntes, como lo debo hacer yo, “¿cómo se nombra mi Egipto-esclavitud particular?”. Buen momento para que como comunidad cristiana nos preguntemos: “¿cómo se nombra nuestro Egipto-esclavitud?”.
Dios se ha empeñado en hacernos libres. Nosotros preferimos las cadenas. Menos mal que Dios se acuerda de nuestra debilidad por tres generaciones y sigue actuando con piedad durante otras 997.
Diez recomendaciones da Dios al pueblo liberado para no regresar a la esclavitud, sea exterior o interior. Diez. Solo diez.
Las dos primeras recomendaciones para que se acuerden de Dios, fundamento de todo.
La tercera recomendación, el descanso sabático, hace de bisagra entre lo divino y lo humano. El culto a Dios va unido a la liberación de la servidumbre del trabajo. La persona tiene que darse la oportunidad para reencontrarse consigo misma, en Dios, y recomponer lo humano, desde Dios. Aunque no sea más que como reivindicación sindical, es la gran herencia de Israel para toda la Humanidad, o por lo menos para la cultura occidental: el descanso semanal. Las personas para que no nos deshumanicemos necesitamos descansar.
A partir de la cuarta recomendación entramos de lleno en el cuidado y el respeto por el prójimo. Las recomendaciones siguientes, aunque no las hemos leído, las conocemos. Todas ellas relacionadas con el prójimo.
El Decálogo es un código religioso que va descendiendo de lo divino a lo humano. Lo más religioso, cuando no se manipula o se desvirtúa, es, a la vez, lo más ético.
El templo de Jerusalén cumplía un servicio religioso extraordinario: recordatorio permanente de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Le dotaba de identidad como pueblo a Israel. Les daba seguridad como creyentes: allí estaba el don de todos los dones.
Siempre es igual. Las instituciones que deben estar al servicio de las personas terminan convirtiéndose en fin en sí mismas a las que hay que servir. Esclerosis de las instituciones. Dejan de cumplir las funciones para las que fueron creadas.
El Templo de Jerusalén en vez de revelar la presencia de YHWH, había empezado a velarla. Por lo menos se la velaba a Jesús.
Toda la parafernalia que se había montado a su alrededor prestaba un servicio, sobre todo a los peregrinos devotos que venidos de lejanos lugares que querían presentar su ofrenda. No se discute la necesidad del mercado, sino lo que se hace con él. Es curioso porque Jesús se enfurece de manera especial con los vendedores de palomas: “no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Parece que son los que menos tendrían que molestar. Pero eran ellos los que negociaban con la ofrenda de los pobres.
Este relato nos puede resultar incómodo, como pudieron resulta incómodas las palabras del Papa Francisco y lo que haría si alguien se metiese con su mamá. Hay que ser latinoamericano para entender lo que quiso decir. Nos puede resultar incómodo porque tenemos otra imagen de Jesús: más sereno, invitando a la no-violencia, predicando el amor y practicando la acogida cordial.
Tercer Domingo de CuaresmaSin embargo, hemos de reconocer que en más de una ocasión nos hubiese gustado que viniera Jesús, o quien fuera, y empezase a latigazos con tanta gente que se ha subido al carro de la corrupción, que se ha aprovechado de su posición de poder para apropiarse de lo que era de todos. Los mismos que han sido inmisericordes con las personas que no han podido hacer frente a sus deudas.
¿Qué decir de los “templos modernos” (el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo,…) y sus “capillas” (bolsas nacionales, agencias de calificación de riesgos financieros,…)? Son los marcan las medidas económicas internacionales y condicionan las opciones políticas nacionales. Siempre y sistemáticamente en contra de las personas empobrecidas. Tienen que resonar con fuerza las palabras del libro del Éxodo: “No codiciarás los bienes de tu prójimo”. Templos modernos que hay que derribar para poder construir otros que tengan como cimientos la justicia y la equidad.
No es de extrañar que se acojan con tanto júbilo pequeños gestos como los de instalar en el Vaticano duchas y barbería a las que puedan acudir los transeúntes. No es mucho, pero son signos claros de hacia dónde se quiere caminar: una Iglesia al servicio de los empobrecidos.
Son pasos pequeños. Es cierto. Pero son pasos en la dirección correcta. Lo que le pedimos a la “Iglesia” (¡¿quién será?!), nos lo tenemos que pedir a nosotros mismos, si queremos ser seguidores de Jesús. Cada uno en la situación en que se encuentra. El que no tenga bienes para compartir, seguro que tiene algo de tiempo para movilizarse pacíficamente contra este sistema tan injusto que hemos montado entre todos y que en algún momento nos ha sido tan ventajoso, ya que eran otros los que financiaban los beneficios que nos reportaba un modelo de estado del bienestar.
Estamos celebrando el año de la Vida Consagrada, momento extraordinario para hacer gestos proféticos. Si no somos capaces de desprendernos de nuestros bienes, ni siquiera por el voto de pobreza, por lo menos que seamos capaces de compartirlos. ¿Seremos capaces de abrir nuestras puertas? Nos lo ha recordado en más de una ocasión el Papa Francisco: poner nuestras casas, tantas habitaciones vacías como hay, por los menos en las residencias de religiosos y conventos de Europa, al servicio de las personas empobrecidas, de las que están amenazadas de desahucio por no poder pagar la hipoteca de su vivienda. No solucionaríamos el problema de las condiciones injustas que impone la banca a quienes no pueden pagar, pero sí les ayudaríamos a salir de su situación de angustia al poder contar con un techo en el que poder cobijarse.
Corremos el riesgo de reducir el Evangelio a pura lectura ética y, por lo tanto, caer en el orgullo de no reconocer que todo, absolutamente todo, es don, hasta el querer ser bueno y justo. Pero, una lectura muy religiosa, sin el compromiso que suscita la fe, tal vez no sea cristiana. En Jesús, y en la tradición bíblica en general, reconocemos que Dios se hace presente en lo humano, en la ambigüedad de lo humano. También en la ambigüedad del Templo.

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