Oraciones al caer de la tarde

KOFFI, alias JESÚS

Estoy preocupado. Una vez más he pensado esta tarde, en dónde podrá estar Koffi. Hace un mes que no le veo, cuando antes, estaba merodeando cerca de mí cada día… Me atrevo a decir a todas horas.
Señor, yo mismo le impuse como castigo que no viniera a verme en una semana… pero se ha pasado…! ¿Por qué le castigué?
Me robó. Un detalle que no podía ni debía pasar por alto sin hacer algo. Por su bien, por supuesto… Y sé (aunque no tengo pruebas) que ha cometido otros pequeños hurtos, y algunos más graves, en mi habitación… ¡Pobre Koffi! Le conozco desde mis primeros días en África. Todos le llamábamos “petit Koffi”. Era pequeñito, gracioso, vivaz… Gozaba de una memoria impresionante para retener la Biblia. Empecé a darle lecciones particulares de lectura, escritura y cálculo. Me cansé y le puse en la Escuela de Alfabetización del Barrio. Ha mejorado mucho y ya lee, aunque a trompicones. Y escribe con trazos temblorosos —”patas de mosca”— pero se hace entender. Fue creciendo. Ahora, Señor, no es el inocente pequeño Koffi. Pero es bueno.
Lo peor es que se acostumbre a recoger lo que no le pertenece… ¿Sabes cómo le llaman en el Barrio y aún en el Barrio vecino? ¡No lo olvidarías si fueras omnisciente…!
“Jesús”, le apodan con tu nombre… ¡Vaya!
El cura Mauricio no quería bautizarle… Pero con un poco de “presión” conseguimos hacerle ver que si no bautizamos a los pequeños trotabarrios, analfabetos, gentecilla sin oficio ni beneficio… ¡No seríamos cristianos de verdad!
Koffi, alias “Jesús”, sabía el catecismo de memoria, leía cada día la Biblia (como Tú le dabas a entender), iba a Misa casi cada mañana… Hasta predicaba en el Barrio, siempre llevaba un “nuevo testamento”, de esos azules que regalan, siempre metía las narices en cualquier asunto que sonara a religioso, asistía a todas las fiestas de Iglesia, sobre todo a las comidas populares, por si caía algo…
Claro que por eso le apodaban “Jesús”… Era tu homónimo, tu tocayo… Se bautizó y se confirmó el mismo año. ¡Algo poco usual!
Si le castigué una semana sin verme fue —tú lo sabes bien— por su bien… ¡Pobre amigo mío si le atrapan robando en el Mercado, aunque fuera alguna chuchería…! Si no lo linchan podría quedar satisfecho…
Sí, Señor, estoy preocupado… He hecho que le busquen y le digan que le necesito… Me da pena que vagabundee sin atreverse a pasar a verme… Le imagino mirando, atisbando mejor, por encima del muro por si me ve… Estará dolido, triste… ¿ofendido? (Me he dado cuenta de que, a veces, he empleado el tiempo pasado… como si no fuera a recuperarlo…)
¡Haz que tu tocayo vuelva pronto, señor! De veras, necesito verle por aquí enseguida…

¡Buenas noches, Jesús!

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