Oraciones al caer de la tarde – SALIF Y ADAMA, S.A.

SALIF Y ADAMA, S.A.

Son dos críos encantadores. De esos a los que da gusto ver… Siempre están juntos. Se defienden, se ayudan, se disculpan mutuamente…
Son chicos de la calle, pero tan simpáticos que da gusto verles, hablar con ellos, hacerles bromas, ayudarles… El darles su paga es agradable, tan agradable, que carece de todo mérito, ¿verdad, Señor?
Este mismo mediodía esperaba yo en el coche a que Honoré pusiera unas cartas en el buzón, justo al otro lado de la calle, cuando se me han presentado. Primero Salif y, al instante, Adama… El más pequeño, Adama, pone cara de persona mayor, de hombre de negocios, y me dice:
—Esta mañana ha sido dura…
—¿Cuántos zapatos has encerado?
—Dos pares… Ya ves: ¡poca cosa!
—Veinticinco, veinticinco… No está tan mal…
Quiero decir que ha ganado cincuenta francos.
—No nos llega para comer a mediodía. Y añade: ¿Tú comes todos los días a mediodía? —Y tú también. No mientas…
Salif, el grande, dice:
—Si nos das una pieza… ¡sí!
Me sonrío y cambio de tercio, mientras busco un par de monedas:
—¿Quién es el que va a la escuela?
—Yo, yo! —grita Salif, como si de ir o no a la escuela dependiera una propina mayor.
—¿En qué clase estás?
—En CM 2
—¿Queeé? ¡No es posible! Entonces, el próximo año estarás en Sexto… ¡Qué tío!
Se pone orgulloso y añade:
—Éste —por Adama— no va más que a la escuela coránica.
El pequeño no ha podido evitar una mueca de tristeza, pero se rehace y dice:
—Pero voy a ir a la escuela por las tardes…
—Entonces… ¡sabes escribir árabe y francés!
—En francés… un poco sólo, pero aprenderé pronto.
Señor, ¡quién pudiera ser como este par de socios! Se contentan con que alguien les escuche, les tome en serio. Que alguien les trate como a personillas. Y si de paso les permite guardar el coche… Porque lo que es yo… nunca llevo zapatos que limpiar…
SALIF Y ADAMA… Dos niños… ¿Qué edad tienen? ¿Nueve, diez, once años? Dos niños graciosos, simpáticos buenos.
Señor, ¡bendíceles! Que sigan siendo tan niños de alma cuando los años se vayan sucediendo en sus vidas.
Que sean dos buenos discípulos del Profeta, no como otros, que yo conozco y que… —perdóname— me dan tirria nada más verlos…
—Bueno, bueno… tomad, pero no tenéis que mentir. A mí no me engañáis.
Se ríen pícaramente…
—¡Adiós! Yo soy Salif y éste, Adama.
A menudo me equivoco y se cachondean de mí…
Llega Honoré, me dirige una sonrisa de comprensión y complicidad… y arranco el coche.
—¡Buenas noches, Señor!

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