COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Santa María, madre de Dios – Año Nuevo

Oportunidad y compromiso

El primer día del año siempre viene cargado de alegría. Alegría por haber comenzado un nuevo año junto a las personas que queremos. Alegría que pone el ambiente y alegría que llevamos por dentro. El nuevo año siempre lo vivimos como una nueva oportunidad: “año nuevo, vida nueva”, decimos en más de una ocasión. Lo decimos, sobre todo, si además de nuevo, deseamos que sea mejor. Si las cosas no nos van muy mal, casi preferimos que no sea muy nuevo, porque lo nuevo no siempre quiere decir “bueno”; así que nos dejen como estamos.
El año nuevo es una nueva oportunidad en la medida que nos comprometamos con que así sea. ¿Compromiso? ¿Con quién? En primer lugar con nosotros mismos. No está de más que al comenzar el año, si es que no lo hemos hecho antes, nos preguntemos: ¿qué es lo nuevo/bueno que quiero que emerja en mi vida? ¿qué es lo nuevo/bueno que quiero que surja en mi modo de relacionarme con los demás y con mi entorno más próximo? ¿qué lugar nuevo/bueno debe ocupar Dios en mi vida? Tal vez son demasiadas preguntas para comenzar el año. Si tenemos respuesta, adelante. Si no las tenemos, como María las tendremos que meditar en nuestro corazón. En cualquier caso, no olvidemos
que el año nuevo se nos presenta como oportunidad y tarea.
El primer día del año es una fecha significativa en la vida de la Iglesia. Pablo VI propuso, no sólo a los católicos, sino a “todos los amigos de la Paz” celebrar el primer día del año dedicándolo al primer bien que necesita la Humanidad: la paz. La Iglesia lo celebra desde el 1 de enero de 1968. Habrá que esperar 14 años para que la ONU tenga una iniciativa similar, aunque se celebrará en otra fecha, el 21 de septiembre.
Desde 1968, de forma ininterrumpida, los Papas escriben una carta para este día. La del Papa Francisco para este primer día de 2015 lleva como título: “No esclavos, sino hermanos”.
Hacemos algunos apuntes del nº 3 de dicha carta, sobre los múltiples rostros de la esclavitud. En la carta se recogen también otros aspectos: la necesidad de estar a la escucha del proyecto de Dios sobre la humanidad; las causas profundas de la esclavitud; el compromiso común para derrotarla: la necesidad de globalizar la fraternidad.
Nos recuerda el Papa que “…desde tiempos inmemoriales, las diferentes sociedades humanas conocen el fenómeno del sometimiento del hombre por parte del hombre. Ha habido períodos en la historia humana en que la institución de la esclavitud estaba generalmente aceptada y regulada por el derecho.
Éste establecía quién nacía libre, y quién, en cambio, nacía esclavo, y en qué condiciones la persona nacida libre podía perder su libertad u obtenerla de nuevo…
Hoy, como resultado de un desarrollo positivo de la conciencia de la humanidad, la esclavitud, crimen de lesa humanidad, está oficialmente abolida en el mundo…
Sin embargo, a pesar de que la comunidad internacional ha adoptado diversos acuerdos para poner fin a la esclavitud… todavía hay millones de personas –niños, hombres y mujeres de todas las edades–privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones similares a la esclavitud.
Me refiero a tantos trabajadores y trabajadoras, incluso menores, oprimidos de manera formal o informal en todos los sectores, desde el trabajo doméstico al de la agricultura, de la industria manufacturera a la minería, tanto en los países donde la legislación laboral no cumple con las mínimas normas y estándares internacionales, como, aunque de manera ilegal, en aquellos cuya legislación protege a los trabajadores.
Pienso también en las condiciones de vida de muchos emigrantes que, en su dramático viaje, sufren el hambre, se ven privados de la libertad, despojados de sus bienes o de los que se abusa física y sexualmente. En aquellos que, una vez llegados a su destino después de un viaje durísimo y con miedo e inseguridad, son detenidos en condiciones a veces inhumanas. Pienso en los que se ven obligados a la clandestinidad por diferentes motivos sociales, políticos y económicos, y en aquellos que, con el fin de permanecer dentro de la ley, aceptan vivir y trabajar en condiciones inadmisibles, sobre todo cuando las legislaciones nacionales crean o permiten una dependencia estructural del trabajador emigrado con respecto al empleador, como por ejemplo cuando se condiciona la legalidad de la estancia al contrato de trabajo… Sí, pienso en el «trabajo esclavo».
Pienso en las personas obligadas a ejercer la prostitución, entre las que hay muchos menores, y en los esclavos y esclavas sexuales; en las mujeres obligadas a casarse, en aquellas que son vendidas con vistas al matrimonio o en las entregadas en sucesión, a un familiar después de la muerte de su marido, sin tener el derecho de dar o no su consentimiento. No puedo dejar de pensar en los niños y adultos que son víctimas del tráfico y comercialización para la extracción de órganos, para ser reclutados como soldados, para la mendicidad, para actividades ilegales como la producción o venta de drogas, o para formas encubiertas de adopción internacional…
Describir esta realidad no tiene como objetivo chafarnos la celebración del año nuevo. Al contrario, nos debería llevar a una profunda acción de gracias. En primer lugar porque conocemos y gozamos del don de la libertad, aunque sea en su forma más elemental. En segundo lugar, acción de gracias porque nos debería llevar a preguntarnos cuáles son las esclavitudes a las que nos sometemos voluntariamente en nuestra sociedad. En tercer lugar, acción de gracias porque la toma de conciencia es el primer paso para poder actuar y denunciar las situaciones de injusticia que atentan contra la paz. Nos lo decía hace muchos años Pablo VI: “Si quieres la paz, lucha por la justicia”. La libertad es condición necesaria para la justicia.
Terminamos como empezábamos: el año nuevo es oportunidad y compromiso. Pongámoslo bajo el amparo de la Virgen María, Madre de Dios y reina de la paz.

Santa María, madre de Dios

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