COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Festividad de la Sagrada Familia

Dios… es de la familia

Entre nosotros, aunque no en todas las diócesis ha tenido el mismo eco, los últimos años esta fiesta de la Sagrada Familia ha estado marcada por la gran concentración que se solía celebrar en la Plaza de Colón de Madrid, en defensa de la familia, con dos subrayados importantes: la defensa de la vida y el modelo de unión conyugal. Los tiempos cambian. Los modos de entender la acción pastoral también.

Hoy no habrá concentración masiva en la Plaza de Colón. Mañana no habrá titulares en la prensa con alguna frase sacada de la homilía o con las  declaraciones de algunos obispos. Hoy, sin embargo, en las Iglesias locales se habrá rezado por la familia.

Los dos subrayados que convocaba aquel acto masivo siguen siendo importantes: el derecho a la vida del no-nacido y el modelo conyugal constituido por la unión entre el varón y la mujer. Son dos subrayados importantes, pero no exclusivos.

Sagrada FamiliaA la defensa del derecho a la vida del no-nacido, le tiene que acompañar la reivindicación permanente de lo sagrado de la vida humana, de su dignidad y de la necesidad de que sean respetados sus derechos básicos como son el derecho a la alimentación, a la atención sanitaria y a la escolarización. Cito estos tres derechos porque están directamente vinculados con la infancia y porque siguen sin asegurarse en el conjunto de la familia humana.

Tenemos que defender una concepción integral de la vida, más allá del nacimiento como acontecimiento biológico. Hay derechos que debemos reivindicar también en nuestras sociedades llamadas desarrolladas, no vaya a ser que el desarrollo pleno de la vida lo abortemos después de haber nacido.

Hoy, 28 de diciembre, además de celebrar la fiesta de la Sagrada Familia, por ser primer domingo de Navidad, celebramos la fiesta de los Santos Inocentes, aquellos niños que murieron víctimas de la amenaza que suponían al poder político. Más allá de las interpretaciones de tipo catequético que hagamos de aquel relato, cada día siguen muriendo miles de niños como consecuencia de un modo injusto de distribuir los bienes creados, y eso es un tema que atañe a la vida política nacional o internacional.

El modelo de pareja varón-mujer hunde sus raíces en la tradición bíblica. Eso ni podemos ni debemos negarlo. Lo cual no quiere decir que nos debamos cerrar a los nuevos modelos que se están constituyendo y estemos atentos a su evolución. Por ejemplo, se le achaca al modelo patriarcal la violencia de género y la causante de todos los males. Tal vez sea un análisis simplista e interesado. Pero he de reconocer que no tengo los conocimientos suficientes para poner en duda esa afirmación. Lo que sí podemos constatar es que esa dolorosa realidad también se da al interior de la pareja formada por personas del mismo sexo. Tal vez el tema sea más complejo y tenga que ver con la condición humana, no solo con el modo de estructurarse la pareja.

A lo largo de la historia ha habido diferentes modelos de constituir una familia. Muchos de nosotros hemos conocido la familia amplia, la que llegaba a albergar de modo natural en la propia casa a los abuelos e incluso al tío soltero, por ejemplo. Era una cultura más rural que urbana, hasta en el modo de concebir la residencia familiar. El peso de la organización intrafamiliar recaía sobre la mujer casi en exclusividad, hasta para el cuidado y la atención a las personas mayores o enfermas. Hoy es un modelo insostenible y por eso nos hemos tenido que dotar de otros recursos que aseguren una buena atención de nuestros familiares mayores y/o enfermos.

Hoy el modelo, en el mejor de los casos, es el da la familia nuclear: padre, madre e hijos, muchas veces calculados en función de las posibilidades… o de la paternidad/maternidad responsable. Es el modelo, en el mejor de los casos. Sabemos de las dificultades por las que atraviesan muchas parejas y del fracaso personal que supone en muchos casos. Sabemos del sufrimiento que les supone una separación, por ejemplo, en relación con los hijos, aunque honestamente la consideren como la mejor solución.

Se constituya la familia como se constituya, hay un valor que se reivindica como propio: la solidaridad, algo que se pone de manifiesto en los momentos de mayor dificultad, como lo estamos viendo durante la crisis económica que estamos padeciendo.

La familia de Nazaret se nos hace modelo por su acogida incondicional al Dios de la Vida. Cada uno a su estilo y manera.

María asume en la Anunciación el proyecto de Dios para ella y la Humanidad entera. María no se guía por la lógica humana, porque lo que se le pedía y los modos en que iba a acontecer no la tenían. María se fía del Dios de la Vida y deja que la Vida tome cuerpo en sus entrañas. María es modelo de acogida incondicional a todo lo que va aconteciendo en su vida. Acogida incondicional también al pie de la cruz.

José, hombre fiel a las tradiciones religiosas de su pueblo, se muestra titubeante ante su capacidad para acoger a María y la Vida que ésta llevaba en su seno. José, el soñador, acoge incondicionalmente la propuesta de Dios. No entiende, nada de lo que se le propone tiene lógica, pero la Vida siempre desborda toda lógica. El amor sobrepasa todo límite. El cuidado de José hace que el sueño de Dios sobre la Historia vaya creciendo en sabiduría y gracia.

Jesús aprendió en el hogar de Nazaret algo fundamental: la acogida incondicional a Dios, porque Dios no era un invitado o un huésped, sino parte integrante de la familia.

Esto es lo que tenemos que cuidar siempre en la familia, sea el modelo que sea el que se vaya imponiendo, que Dios forme parte de ella, forme parte de la familia.

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