COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Tercer Domingo de Adviento

La esperanza cristiana

Reflexión que he recibido y que se va a compartir en todas las parroquias de nuestro arciprestazgo. Ha sido preparado por un grupo de laicas y laicos y algún presbítero.

1ª.- “En Jesucristo, el hombre se ha transformado en esperanza del hombre” (Benedicto XVI)
2ª.- ”Dios no quiso ser la esperanza del hombre de otra forma que en cuanto él mismo se hizo hombre”. (Benedicto XVI)
3ª.- “El Reino de Dios será la ciudad del hombre” (Benedicto XVI)
“La esperanza cristiana no es sólo un deseo, un auspicio, no es optimismo; para un cristiano, la esperanza es espera, espera ferviente, apasionada por el cumplimiento último y definitivo de un misterio, el misterio del amor de Dios en el que hemos renacido y en el que ya vivimos. Y es espera de alguien que está por llegar: es Cristo el Señor que se acerca siempre más a nosotros” (Papa Francisco)
Yahvé guarda a todos los que creen en él, pero castiga sin compasión a los que obran con orgullo. Sed valientes, tened coraje todos los que esperáis en Yahvé. (Ps. 31,24-25).
Para nuestra vida cristiana, la esperanza nos es imprescindible. Pero debemos clarificar el concepto de esperanza cristiana para no caer en el reproche de que el cristianismo no es más que una forma de engaño, que al descubrirse, se manifiesta como incalificable perversión.
NO es esperanza cristiana una evasión espiritualista y sobrenaturalista. Cuando un análisis serio y profundo de la realidad de este mundo nos lleva a la conclusión de que lo malo es una evidencia que se nos impone, el cristiano no puede refugiarse en el “no pasa nada, Dios lo arreglará”. Cierto catastrofismo unido a cierta forma de fideísmo irresponsable, acaban en mensajes sobrenaturales que nos sirven un dios a la carta
que bendice a los buenos, cruzados de brazos, y castiga a los malos.
NO es esperanza cristiana el consolarse con la “vida futura” resignándonos a que este mundo no tiene remedio. El Ps 31 nos pide tener coraje a todos los que esperamos en Dios. La esperanza cristiana no deja espacio para la pasividad y la resignación. Nos hace activos, luchadores, valientes y esforzados. La justicia que Dios hace brillar sobre “los orgullosos”, la realiza en nosotros y con nosotros.
NO es esperanza cristiana un optimismo voluntarista. Ojo con la mala interpretación de la Palabra de Dios: Si Dios está con nosotros, quién contra nosotros. Este voluntarismo unido a ciertas actitudes mesiánicas ha llevado en la historia a determinados personajes a creerse instrumentos de la justicia divina, que por supuesto, ni era divina ni siquiera humana, al desconocer que no hay justicia de Dios sin la manifestación de su infinito amor.
SI es esperanza cristiana en creer como dice el apóstol Juan (1ª Jn. 4,16)”en el amor que Dios nos tiene”. Amor de Padre que mira con orgullo a quien creó a su imagen y semejanza. Amor de Padre respetuoso con la libertad y responsabilidad del hombre en el mundo que él puso en sus manos. Amor de Padre paciente, tolerante y sufriente con los desmanes que su criatura introduce en el mundo, pero siempre, desde su amor, estimulándolo a restablecer el sentido de su designio originario. Amor de Padre que acoge y perdona porque su fidelidad dura siempre, es justo, benigno y compasivo, le duele la muerte de los que le aman porque su amor es eterno. Amor de Padre que “amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces pues si algo odiaras, no lo hubieras creado…más tú todo lo personas, porque todo es tuyo, Señor que amas la vida” Sb. 11,14-26. No se pone en duda la situación de nuestra sociedad: injusticias, pérdida de los valores sociales, morales, políticos y aún religiosos. Pero tampoco podemos poner en duda lo que el mismo Dios nos dice: “Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca” (Jn3, 16). El fundamento último de nuestra esperanza cristiana es que Dios tiene esperanza en nosotros. Dios tiene fe en el mundo porque es obra suya. Dios espera en el mundo porque su gracia va más allá de irresponsabilidad y ama al mundo porque es el fruto de su amor. El refrendo de su fe, esperanza y amor para con el mundo se llama Jesucristo.Pero este amor de Dios al mundo no es objeto de la experiencia humana, es objeto de fe. Dice S. Pablo:
“Una esperanza directamente constatada ya no es esperanza; porque aquello que constatamos ¿cómo podemos esperarlo? (Rom 8,24-25). Hay que asumir que la experiencia cristiana va, a menudo, en contra de nuestra experiencia y que sólo la podemos cimentar en la fe. La esperanza cristiana no nace de la constatación de nuestra realidad, nace de la realidad mirada en toda su profundidad a la luz de la fe. El cristiano está convencido de que el amor de Dios puede dar a la realidad del mundo y del hombre más posibilidades de las que esta realidad daría por sí misma. Vuelve a decir el apóstol: “Nos gozamos en la esperanza de la manifestación de Dios. Más aún: nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza; y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom.5, 2-5).
Y es este Espíritu, que acudiendo en ayuda de nuestra debilidad, nos da la fuerza de Dios, nos transforma, nos capacita para ser y hacer más de los que por mi fuerza podemos ser y Tercer Domingo de Advientohacer. Así nuestra experiencia, lejos de ser alienante, es comprometida y responsable, porque, por la acción del Espíritu, nos sentimos agentes activos en la transformación permanente de este mundo para que recupere la originalidad del proyecto de Dios. Realismo claro y humilde para aceptar la fuerza que va más allá de nosotros mismos, que nos pone en comunión con la humanidad, que nos inserta en el amor infinito de Dios
hacia su mundo y que nos llena de coraje para mostrar nuestra disconformidad con las coordenadas entre las que se mueve y buscarle nuevos horizontes.
Nuestra esperanza cristiana va a chocar contra la fuerza del mal en este mundo, porque hasta la gracia de Dios queda en manos de la libertad del ser humano y como Cristo experimentaremos la amargura del huerto de los olivos y la destrucción de la cruz. Nadie nos va a privar de este momento de cruz. De esto tenemos probada experiencia. Pero la esperanza cristiana también sabe, que como en Cristo, la lucha aquí ha merecido la pena, que el Reino de Dios está entre nosotros, que el fracaso es puntual y la victoria definitiva,
que ni la muerte ha podido impedir que “los cojos anden, los ciegos vean y los muertos resuciten”. La esperanza cristiana, obviamente, es un elemento perturbador del “orden legal establecido” porque la presencia del Reino de Dios entre nosotros desestabiliza el reino de los hombres y por ello, la cruz es inseparable de la esperanza porque estamos dispuestos a “padecer en su carne completando lo que aún falta a la pasión de Cristo” (Col.1, 24).
Como dice San Pablo: La esperanza nunca defrauda porque es un don del Espíritu Santo y nuestra esperanza cristiana tiene un nombre: Jesucristo, el Señor.

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