COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Primer Domingo de Adviento

Dios siempre está viniendo

Comenzamos un nuevo año litúrgico, el llamado ciclo B. El evangelio de Marcos va a ser una nueva oportunidad para renovar nuestro compromiso en el seguimiento de Jesucristo.
Hoy el evangelio nos pone mirando al final de los tiempos, que, en definitiva, es como ponernos mirando al final de la vida personal de cada uno. Ese final no acontece sólo con la muerte, sino en todas las oportunidades en que Dios pasa a nuestro lado, quiere hacer Pascua en nuestra vida, y nosotros no nos enteramos.
Es la primera invitación que se nos hace en el adviento: “VIGILAD, pues no sabéis cuando es el momento… ¡VIGILAD! y ¡VELAD!”.
¡VELAD!, porque cada día que pasa es una oportunidad para el encuentro con Dios.
Adviento es el tiempo de preparación para celebrar la venida del Señor, para celebrar el misterio de la Encarnación.
No deberíamos olvidar que vivimos en un adviento permanente, porque Dios está viniendo siempre. Hay que saber descubrirle para poder acogerle. Por eso debemos estar alerta.
Nos lo recordaba el evangelio del domingo pasado, en la solemnidad de Cristo Rey. Dios nos está visitando continuamente en los necesitados: hambrientos, sedientos, desnudos, encarcelados, enfermos… Los empobrecidos se nos revelan como sacramento de Dios. En ellos acogemos al mismo Jesucristo. Necesitamos ojos contemplativos que sepan percibir, más allá de los harapos o de las heridas, esa presencia que nos salva.
Adviento es una llamada a la vigilancia y al discernimiento. ¡VELAD!, no tanto porque va a llegar el fin del mundo, tantas veces predicho y tantas veces superado, sino porque Dios ya está viniendo.
Primer Domingo de AdvientoEn un breve comentario que se hace desde el servicio de animación bíblica a la pastoral de la diócesis de Vitoria se puede leer: “Las primeras comunidades cristianas vivían con una gran expectativa escatológica, es decir, con el ardiente deseo por volver a encontrarse con Jesús resucitado y experimentar así la plenitud de Dios. Dicha característica, esencial en aquellas comunidades primeras, apenas se experimenta hoy en las comunidades cristianas. Es un gran “debe”.
Nos podemos preguntar cómo es posible que domingo tras domingo, eucaristía tras eucaristía, el presidente de la celebración proclame: “Éste es el sacramento de nuestra fe”, y el pueblo con entusiasmo responda: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven, Señor Jesús!”. O que tras el Padre nuestro y antes del rito de la paz concluya la oración diciendo “… mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”, y la asamblea proclama: “Tuyo es el reino, tuyo el poder…”.
Lo invocamos para que venga y viene. Siempre está viniendo… en la liturgia y en la vida: ¿nos enteramos? Si es así, ¿qué transformación se opera en nuestra vida, personal o comunitaria?
Adviento, tiempo propicio para entrenarnos en velar y vigilar, … porque Dios siempre está viniendo.

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