COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Vigesimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario

Bondadosos con los últimos… gracias a Dios

La parábola que escuchamos este domingo 25 del Tiempo ordinario no es un meteorito caído del cielo. Con esta parábola Jesús responde a una pregunta que le hace Pedro, después de que el joven rico no haya aceptado la invitación de Jesús de venderlo todo, dárselo a los pobres y seguirle. La pregunta de Pedro es: “Nosotros, que hemos dejado cuanto teníamos y te hemos seguido, ¿qué vamos a recibir?” Probablemente, Pedro, participando de la mentalidad de su época, la respuesta que esperaba era: “todo y los primeros”. Era normal, si lo habían dejado todo por Jesús: “todo y los primeros”. A más méritos, mayor premio.

No creo que esta mentalidad nos resulte extraña. Todavía hay gente que se pregunta si los que se convierten a última hora o retoman las prácticas religiosas en la ancianidad, después de haber llevado una vida incluso libertina, se van a salvar igual que los que nunca nos hemos permitido, por lo menos conscientemente, saltarnos ninguno de los preceptos religiosos; y si lo hemos hecho, enseguida hemos pedido perdón a Dios y nos hemos reconciliado sacramentalmente con él. ¿Todos nos vamos a salvar igual, los cristianos de siempre y los de última hora? Es decir, ¿también los que han “disfrutado” de la vida? ¡Qué horror! Pero hemos de reconocer que conocemos personas, tal vez lo reconocemos en nosotros mismos, que pareciera que la fe nos ha impedido poder disfrutar de la vida. Triste, pero real. No es de extrañar que el Papa Francisco haya querido dejar para la historia por lo menos un título, “La alegría del evangelio”. No debe ser evidente.

Esta tentación de reclamarle a Dios unos derechos que creemos debidos a nuestra fidelidad, nos recuerda la parábola del padre misericordioso y la protesta del hijo mayor, que siempre había estado junto a su padre, y no se había enterado que ése era precisamente el regalo mejor: haber estado siempre junto a su padre. También para nosotros, el salario mejor debería ser el haber tenido la fortuna de sentirnos contratados desde el amanecer.

La pregunta que le hacen a Jesús es religiosa. La respuesta que da tiene implicaciones sociales, entonces y ahora, si es que queremos vivir según los criterios evangélicos.

La respuesta de Jesús, en forma de parábola, se pone en relación con la vida cotidiana de los hombres y mujeres de su época para decirles, para decirnos, cómo es Dios.

En esta ocasión Jesús se fija en los varones y en el mundo del trabajo agrícola, en los trabajadores que tienen que ir todos los días a la plaza del pueblo a esperar que alguien les contrate para trabajar. Esta imagen la podemos ver en nuestros días en algunas plazas de las grandes ciudades, por ejemplo en la Plaza Elíptica de Madrid.

Jesús supera la mera visión del sindicalista y la preocupación por los que ya han encontrado empleo. Jesús se fija en los parados y en su angustia, que va aumentando según pasan las horas: está en juego la subsistencia de su familia.

Este evangelio hoy lo entendemos mejor que hace diez años. Ahora sabemos por experiencias cercanas lo que supone para muchas familias ver cómo pasan los días y que ninguno de sus miembros encuentre el modo de ganar el sustento familiar.

La parábola de Jesús se entiende fácil, por lo menos en su literalidad. No hace falta saber de macroeconomía. En la microeconomía, en la economía doméstica, en la que afecta a nuestro bolsillo, sabemos la importancia que tiene que nos paguen unos euros de más o de menos.

Ante esta parábola, que es para nosotros hoy, nos toca posicionarnos, porque su proyección en la vida cotidiana es evidente. Más allá de cuáles fueran las condiciones del convenio colectivo de los agricultores palestinos de la época de Jesús, ¿qué nos parece el trato que se da a los trabajadores de última hora? ¿Y a los de primera?

Seguro que nos choca. Jesús no aplica la lógica de la justicia humana, que siempre se puede reclamar como derecho. Jesús aplica la lógica divina, la misericordia, que siempre es gratuita e inmerecida. Es más, es un Dios que tiene debilidad por “los últimos” en todas sus formas.

El amo de la viña no es injusto, pagó lo acordado. Pero sí que es un provocador. Podría haber empezado a pagar a los que contrató a primera hora. Además de hacerles esperar menos tiempo, no se habrían enterado de lo que pagaba a los de la última. Jesús quiere provocar, quiere que se enteren, y nos enteremos, cómo es Dios: Dios es Amor. Dios es bondadoso, es rico en misericordia, tal y como decimos cada vez que celebramos la eucaristía.

Que Dios era misericordioso no tendría que resultar novedoso para los oyentes de Jesús. Lo recitaban en muchas ocasiones, como lo hemos hecho nosotros hoy en el salmo responsorial: “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas”. El problema no es saberlo con la cabeza, sino asumirlo en la vida.

¿Es posible conjugar el binomio misericordia-justicia? De entrada creo que se puede afirmar que la misericordia no está reñida con la justicia, al contrario, la humaniza. La justicia si sólo se ciñe a los derechos individuales puede ser insolidaria. Es el caso de los trabajadores de primera hora. ¿No se daban cuenta de que los hijos de los trabajadores contratados a última hora tenían que comer igual y la misma cantidad que los suyos, que mantenerles costaba lo mismo?

25º domingo del tiempo ordinarioLa justicia cuando no está al servicio del Bien común puede ser inhumana. Esto se recrudece en tiempos de crisis económica, cuando nos dicen que no hay dinero para todos, y entonces se empeñan en hacernos creer que no todos somos sujetos con iguales derechos. Para eso se montan estrategias de todo tipo. Las personas que utilizáis el whatsapp o las redes sociales tendréis conocimiento del extracto bancario de la cuantía de la Renta de Garantía de Ingresos que supuestamente cobra un magrebí residente en nuestra ciudad. Da lo mismo si el dato es cierto o no, sirve para la estrategia: están cerca las elecciones municipales, es hora de cosechar votos. Es legítimo en los políticos, allá cada uno con su conciencia. Parece que el dato no es cierto. En caso de que lo fuera, ¿nos hemos preguntado cuál es la situación real de esta persona?

¿Envidiamos a los que se les han acabado todas las prestaciones laborales y pueden cobrar la RGI? ¿Es lo que deseamos para nosotros? ¿No estamos contentos con poder tener un puesto de trabajo o una situación económica que no nos obligue a acudir a los servicios sociales?

Jesús se fijó en los últimos, en aquellos que veían cómo pasaban las horas y como aumentaba la angustia. Todos aquellos trabajadores eran pobres, los de primera hora y los de última. Sólo la bondad del amo de la viña aseguraba un salario digno a los últimos y les compensaba la angustia pasada.

Cada vez estoy más convencido que el Evangelio es poco atractivo porque se hace exigente en aquello que no confesamos. Cuando se queda en el fuero interno, se puede trampear, ¡¡hay que tiempos aquellos en los que sólo se pecaba con el sexto mandamiento!!. Cuando el Evangelio afecta a lo público, a las opciones sociales, las cosas se complican. Como ciudadanos podríamos hacer lo que quisiéramos, siempre que estuviésemos dentro de la legalidad. Como cristianos no nos queda alternativa. Nos lo dice Jesús: bondadosos con los últimos… gracias a Dios.

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