COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Vigesimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario

Exaltación del crucificado

Más de una persona al escuchar que este domingo, 14 de septiembre, celebramos solemnemente la “Exaltación de la Santa Cruz”, seguro que pensará, “ya están los católicos de nuevo con sus tic doloristas e invitando al sufrimiento, como si la vida misma no nos lo trajera… ¡¡vale ya de cruces!!”
Algo de razón tienen, aunque muchas de las personas que dicen eso nunca, o muy pocas veces, han escuchado lo que decimos los católicos sobre las cruces que nos manda la vida y cómo hay que hacer frente al sufrimiento. Pero sigue funcionando una tradición oral de lo que dicen que fue la predicación y la formación de las conciencias de otra época. Se subraya lo caricaturesco. Se olvida la sabiduría, también humana, que se podía vehicular.
Como siempre, hay de de todo en la viña del Señor. Gente a la que aquella formación le sirvió para asumir la vida con entereza y con esperanza: la vida es más que lo que somos capaces de percibir en el presente; la misma apuesta por el futuro era una buena herramienta para exorcizar el sufrimiento: no era invencible. Además contaban con la ayuda de Dios.
Otras personas, por el contrario, se quedaron paralizadas por el propio sufrimiento. Ése es el mayor poder del mal, hacernos creer que es omnipotente y omnipresente (y que, por lo tanto, su omnipresencia se va a perpetuar en el futuro). Además era un signo de que Dios les había abandonado. Si a eso le añadimos lecturas poco cristianas del Evangelio, ¡apaga y vámonos!
¿Son posibles las lecturas poco cristianas del Evangelio? Por supuesto. No hace falta más que nos acerquemos al Evangelio de hoy. Su mensaje es más que claro: “Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. ¿Es lo que hemos predicado? ¿Es lo que seguimos predicando? No se trata de rebajar el Evangelio ni de descafeinar ninguna de sus exigencias, que las tiene, sino de no perder el norte: la salvación querida por Dios para toda la Humanidad.
Se podría esgrimir que el mismo relato evangélico un poco antes nos dice: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen el él, sino que tengan vida eterna”. El Padre se empeña en que tengamos vida, es más, quiere que tengamos vida colmada y definitiva: vida eterna. El Padre nos entregó -y entrega- al Hijo, pero no en la cruz, sino hecho niño frágil e indefenso, como todo lo humano. Somos nosotros, el pecado del mundo, personal y social, los que se lo devolvimos -y se lo devolvemos- crucificado.
Recientemente le escuchaba a una teóloga, psicóloga, terapeuta y no sé cuántas cosas más, también apasionada por Jesucristo, la dificultad que tenemos en la actualidad en la acción pastoral para transmitir la integridad de la fe cristiana. Ponía el ejemplo de la idea de redención de san Anselmo, muy divulgada y exagerada a finales del siglo XIX y principios del XX, y que algunos siguen insistiendo y subrayando como si fuera Palabra de Dios, por la cual la redención nos llega por el sacrificio vicario de Cristo en la cruz: la satisfacción vicaria, el Padre habría enviado al Hijo para que muriera en la cruz. Nos contaba lo que le había pasado a una catequista en una parroquia de un barrio de gente de clase humilde de Madrid. La catequista estaba explicando el Viernes Santo, les dijo a las niñas y niños, como Dios Padre había decidido enviar a su hijo Jesús a la Tierra para que muriera en la cruz para salvarnos a nosotros. La reacción de una niña no se hizo esperar (rebajo el tono de la expresión para no herir sensibilidades): “¡No te fastidia el viejo!, ¿y por qué no bajo él a morir en lugar de enviar a su hijo?” Los presentes echamos una gran carcajada. Yo también. Nos enterneció la sensibilidad de aquella niña.
Después le he estado dando vueltas, porque más allá de la satisfacción vicaria, y la imagen de Dios y de persona que subyace, alguna respuesta tendremos que dar a las sensibilidades “infantiles” -dicho con mucho cariño- con las que nos encontramos en nuestro quehacer pastoral.
La anécdota la escuchamos una treintena de personas. Había padres y madres de familia. Ahora me extraña que no reaccionaran. ¿Qué prefiere un padre, sobre todo una madre, morir él/ella o que muera un hijo o una hija? ¿Qué le es más fácil, entregarse él/ella o a la hija o al hijo? La respuesta creo que es clara. Así es Dios, nos ama tanto, que no se ahorró el dolor de enviarnos a su hijo Jesús, aunque no las tuviera todas consigo. ¡Habían sido tantos los intentos fallidos a través de los profetas! Esa fue la cruz que tuvo que soportar el Padre por amor a la Humanidad.
24º domingo del tiempo ordinarioHay cruces en la vida que se soportan por amor a los demás. No se desea la cruz, ésta es consecuencia del amor. Es el caso de tantas mujeres maltratadas, con hijas e hijos en edad de crianza, que no denuncian su situación, no porque les guste o deseen ser maltratadas, sino por el miedo que tienen a que una denuncia por su parte llevara a una victimización de sus hijas e hijos. Por amor, callan y sufren en silencio. Quieren proteger a las personas que aman. Asumen esa cruz por amor.
Tenemos que dejar bien claro, a las personas que no comprenden el misterio del amor de Dios, que la cruz la exaltamos en referencia al Crucificado.
Tenemos que dejar bien claro, a las personas que no comprenden el misterio de amor de Dios, que es Cristo, a quien nosotros humillamos, pero el Padre lo exaltó, quien le da sentido a la Cruz, y a las cruces de cada día.
Tenemos que dejar bien claro, a las personas que no comprenden el misterio del amor de Dios, que el sufrimiento ni lo exaltamos ni lo buscamos, pero que, como Jesús, lo asumimos desde el amor.
Tenemos que dejar bien claro, a las personas que no comprenden el misterio del amor de Dios, que no es la cruz ni el sufrimiento lo que salvan, sino el amor del Crucificado.
Tenemos que dejar bien claro, a las personas que no comprenden el misterio del amor de Dios, que hoy celebramos la exaltación del crucificado.

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