COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario

El Reino de Dios: encuentro y apuesta

Con el relato del evangelio de hoy finalizamos una serie de parábolas sobre el Reino de Dios: cómo acogerlo (“parábola del sembrador”), cómo cuidarlo (“el trigo y la cizaña”), su fuerza interior (“el grano de mostaza” y “la levadura”), la alegría que produce el encontrarlo (“tesoro escondido” y “vendedor de perlas”),…
De la misma enumeración de las parábolas, sin olvidar la de los “pescadores” o la del “padre de familia”, vemos que Jesús utiliza ejemplos de la vida ordinaria para transmitir su mensaje a las gentes sencillas que le escuchaban y que tan bien le entendían. Solo aquellos que se empeñaban en buscar a Dios allí donde él no se había querido manifestar preferentemente eran los que más dificultad tenían para entender a Jesús. A Dios se le acoge más fácilmente con el corazón que con la cabeza. A Dios se le encuentra más fácilmente en la vida ordinaria, donde transcurre la vida de los hombres y de las mujeres, que en los espacios que parecen reservados para unos pocos. Cierto es que en la vida ordinaria no se puede estar de cualquier manera, si es que queremos enterarnos del
paso de Dios por ella.
La parábola del labrador es más que un cuento, es una posibilidad real, como el que le toque el gordo de la lotería al que juega. Palestina, bien lo sabemos hasta en nuestros días, ha sido una tierra asolada por las guerras. En toda guerra, ¡NO A LA GUERRA!, los poderosos arrasan lo que pueden y roban lo que les dejan. Los débiles, siempre en huida, tienen que ir ligeros de equipaje. Llevan lo necesario. Lo demás lo dejan: nada hay que tenga tanto valor como la vida. Algunos, los más previsores, entierran sus posesiones, su pequeño o gran tesoro, a la espera de que un día las puedan recuperar, si les dejan regresar los colonizadores. Muchas veces no es posible. Mueren en el destierro y sin dejar constancia de lo enterrado.
No sabemos, y creo que no sabremos, si al hacer los túneles subterráneos entre Gaza y Cisjordania los palestinos encontraron algún tesoro enterrado hace muchos siglos. No sabemos, y creo que no sabremos, si en los bombardeos del ejército israelí sobre Gaza salió a la luz algún tesoro enterrado hace muchos siglos. Lo único que sabemos es que son demasiadas vidas humanas las que se han puesto en juego. Tesoro destruido, más que enterrado. Cuando cesa el diálogo, hablan las armas. Malo.
El labrador del evangelio, no tenemos razones para pensar que fuera un “cazatesoros”, está a lo de cada día: tratando de ganar el sustento diario, probablemente asalariado de algún terrateniente. En eso está cuando de forma inesperada, como un verdadero regalo, se encuentra con un tesoro. El evangelio subraya la experiencia de la alegría, la que produce lo inesperado e inmerecido, y la decisión de venderlo todo para hacerse con aquel campo que encierra aquel tesoro. Hay una apuesta decidida.
Esta parábola se suele ver reflejada en hombres y mujeres, en jóvenes y personas mayores, seglares y religiosas, que un día descubrieron el tesoro de la fe. No han hecho nada especial. Han llevado una vida muy normal, cumpliendo con sus deberes familiares, sociales, religiosos,… hasta que un día descubren el tesoro que esconde el campo de su vida: el don de la fe. Había estado siempre con ellos. Algunos han cultivado con esmero el campo, otros no tanto. Pero un día, por sorpresa, lo reconocen, toman conciencia del don que les habita, y eso les llena de una profunda alegría. Es el tesoro que le da sentido a toda su vida. A todo pueden renunciar: a todo, menos a la fe.
El comerciante de perlas finas se suele ver reflejado en esas personas que son intelectual y
vitalmente inquietas. Tienen una sed natural de saber, de comprender, de probarlo todo. Entienden de gastronomía y de mecánica de automóviles, de ciencias naturales y de ciencias sociales, de movimientos ciudadanos y de… Su querer saber siempre apunta a más. 17º séptimo domingo del tiempo ordinarioLo intelectual se les queda corto. Las experiencias vitales son siempre limitadas (algunas autolimitadas, “no se puede probar todo”). Algo les dice que la vida es más que lo que podemos saber, entender, controlar. Un buen día, cuando menos lo esperaban, en lo que la vida puede tener de más normalito, “gris” dirían ellos, tienen la experiencia de encuentro con algo/alguien al que no buscaban, o al que buscaban sin saberlo, y lo encuentran donde menos lo esperaban: alentando a su esposa en su lucha porque una nueva vida venga al mundo; en aquella conferencia que parecía que no iba a dar mucho de sí, porque se trataba de un estilo arquitectónico archiconocido; en la confidencia a aquel amigo de su angustia ante la muerte; en aquel concierto de música que de repente le hizo sentirse vacío y plenificado a un mismo tiempo, como si de un mismo acorde se tratara; en la fuerza interior de aquellos compañeros, militantes cristianos, que no se doblegaban ante la injusticia; aquel beso al cadáver de la tía monja contemplativa y “sentir” la vida en plenitud;… Son ejemplos de la vida real que nos traen a la memoria las palabras de Ignacio de Loyola: “No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar las cosas internamente”. Esta es la perla fina que buscan con ahínco muchas personas, por los caminos más variopintos, y cuando la encuentran, cuando les sale al encuentro, saben distinguirla de todas las experiencias y propuestas anteriores. Ninguna se le puede comparar. Ya no hay que buscar, sino gozar, saborear, lo encontrado.
Las dos parábolas apuntan en la misma dirección: el Reino de Dios nos sale al encuentro, en el quehacer de la vida ordinaria o como fruto de una búsqueda. Siempre es sorpresivo. Siempre nos llena de alegría. Es puro don, pero hay que acogerlo, hay que apostar por él. El Reino de Dios: encuentro y apuesta.

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