COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Decimosexto Domingo del Tiempo Ordinario

El justo debe ser humano

El domingo pasado, con la “parábola del sembrador”, empezamos a escuchar una serie de parábolas con las que Jesús quiere hacernos entender en qué consiste acoger y cómo hacer fructificar el Reino de Dios en nuestro mundo.
¿Qué nos quiere decir Jesús con la parábola del “trigo y la cizaña”? El mensaje, claro y contundente es: Dios es mejor que nosotros; tiene más paciencia que nosotros; nos ha regalado la libertad y se fía de nosotros, de que finalmente la sepamos utilizar bien, para ser trigo y no cizaña.
La primera lectura nos da la clave de lectura del evangelio. Jesús recoge lo que ya estaba presente en la espiritualidad de su pueblo, aunque el libro de la Sabiduría fuese un libro controvertido. Jesús se ha introducido en el corazón de Dios y experimenta que Dios es más humano con las personas que nosotros mismos.
Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo…
Tu poder es el principio de la justicia,
y tu soberanía universal te hace perdonar a todos.
Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación
y nos gobiernas con gran indulgencia…
Obrando así, enseñaste a tu pueblo
que el justo debe ser humano,
y diste a tus hijos la dulce esperanza
de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.
El justo debe ser humano. Si nos quedamos con esto para meditar e interiorizar durante toda la semana, y toda nuestra vida, sería suficiente: “el justo debe ser humano”.
A nosotros, que no tenemos el corazón de Dios, que, curiosamente, somos poco humanos, nos acecha siempre
la impaciencia y la dureza de corazón. Nosotros enseguida arreglaríamos todos los problemas que hay en la sociedad o en la Iglesia. Muchas veces lo manifestamos con palabras duras, inhumanas: a los homicidas los mataríamos, a los inmigrantes los expulsaríamos, a los ladrones les cortaríamos las manos, a los violadores los castraríamos,… ¡Fuera la cizaña! Cada uno de nosotros que ponga el ejemplo que nos viene a la cabeza: qué persona, qué grupo, qué situación, haría cambiar, a buenas o a malas. Además nos parecería que somos justos, ¿también humanos?
Eso sin entrar en cómo solucionaríamos de un plumazo el conflicto entre Palestina e Israel, con consecuencias tan dramáticas para la población civil, niñas y niños incluidos; Ucrania y Rusia, con la tragedia que ha supuesto el número de víctimas absolutamente inocentes, si es que alguna no lo es; la guerra civil de Siria o todas las guerras olvidadas de tantos lugares de África. Resolveríamos enseguida el paro, la corrupción política, sindical,… lo que fuera. Además nos parecería que somos justos, ¿también humanos?
¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Arrancando la cizaña, aunque también arranquemos algo de trigo? ¿Haciendo desaparecer “a los malos”, aunque también nos carguemos a algunos “buenos”? Eso nos parecería lo justo, ¿es también lo humano? Está en el corazón del evangelio, es la misma persona de Jesús, al mal sólo se le puede vencer con el bien. Sólo. No hay otro camino. No hay otra arma. El bien frente al mal. Lo humano frente a lo inhumano. El justo debe ser humano. No es fácil. Hay que creer en Dios y, sobre todo, en el ser humano y en su capacidad de cambiar, de convertirse, querer ser trigo, en lugar de cizaña. ¿Difícil? Lo sabemos. Al revés, de trigo a cizaña, nos cuesta menos.
No se nos pide que seamos ingenuos, que miremos para otro lado, que no seamos conscientes de que la cizaña crece junto al trigo. No se nos pide que seamos ciegos frente el mal que trata de imponerse en cada uno de nosotros y a también a nivel social. No se nos pide que pactemos con el pecado ni con la injusticia. Lo único que se nos pide, ¡¡casi nada!!, es que la última palabra del juicio se la dejemos a Dios. Se nos pide que seamos justos siendo humanos, dejando de jugar a ser Dios. Cuando la persona ha querido jugar a ser Dios ha terminado destruyendo a la persona.
16º domingo del tiempo ordinarioSi lo hemos perdido, es bueno que recuperemos el examen de conciencia, desde el agradecimiento por tanto bien recibido, pero también desde la constatación de la responsabilidad que tengo en el mal que hay en el mundo, la cizaña que dejo que crezca en mi corazón. No vaya a ser que toda la cizaña que veo no sea más que la que está pintada en el cristal interior con el que veo el mundo. En ese caso, esperar al tiempo de la siega es
algo tan sencillo, y tan complicado, como pasarle un paño, el paño de la misericordia, que me permita ver el mundo tal cual es.
Desde ahí, desde el haber pasado a nuestro propio corazón el paño de la misericordia, la que tiene Dios conmigo, es como debemos contemplar el campo del mundo. Agradecer el trigo abundante, dispuesto a convertirse en harina y pan para saciar el hambre del mundo. Constatar y denunciar la cizaña, las contradicciones sociales que vivimos, donde atacamos a las personas en lugar de transformar los sistemas injustos.
Como nos ha dicho san Pablo en la carta a los Romanos, tendremos que pedir que el Espíritu Santo venga en ayuda de nuestra debilidad para pedir lo que nos conviene, para que sostenga nuestra confianza en Dios, y en su proyecto, y en el ser humano. Pedir el don de la fe. Os comparto una oración que leía una página de pastoral juvenil de los jesuitas de Castilla.
“Dame fe, Señor.
Fe en las posibilidades de una creación, que, aun rota, sigue siendo tu mundo.
Fe en que los seres humanos somos capaces de algo verdaderamente grande, pese a todo lo que hoy nos vuelve escépticos.
Dame fe, Señor, en que, a pesar de lo frágiles que somos, sin embargo tu fuerza puede manifestarse en nosotros.
Ayúdame a creer en el ser humano, a pesar de los escenarios de miseria, destrucción, odio, capacidad para seguir soñando, y creer que el futuro puede ser bueno… Amén”.
Yo añado, “dame fe, Señor, para que crea que el justo debe ser humano”.

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