COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Acoger a Jesús cuando atardece

El relato de los de Emaús nos presenta a dos caminantes que “están de vuelta de todo”. Se
dirigen al lugar del que ahora piensan que nunca deberían haber salido. Son imagen andante de la frustración. En ellos se ha instalado la desilusión y el desencanto. Habían hecho la apuesta de su vida al decidirse a seguir a Jesús. No les había costado mucho, Jesús era un profeta cuerpo entero, de palabra y de obra.

El mensaje que salía de su boca era claro, con ejemplos tomados de la vida ordinaria, para
que lo entendieran las personas más sencillas y humildes por las que tenía una predilección
especial. Sus palabras rezumaban misericordia. Hasta los pecadores, social y religiosamente
proscritos, se sentían cordialmente acogidos. Junto a Jesús entraban ganas de ser buenos, de ser mejores personas, porque junto a Jesús la vida siempre se abría a un futuro nuevo y
bueno… que invitaba a abandonar un estilo de vida que causaba sufrimiento. Además, junto
a Jesús se palpaba la sanación-salvación; siempre insuflaba vida allí donde ésta estaba
amenazada. Esto lo sabían bien las personas enfermas y las que se sentían oprimidas por el
mal.

En Jesús, Dios se hacía tan cercano, tan humano, que la decepción fue mayúscula. Todo
había terminado en la cruz. Eso es lo que se les había quedado impreso en la retina: su
profeta crucificado. Esa es la imagen que se llevaban en su cabeza y en su corazón. Todas
sus esperanzas habían quedado clavadas en aquella cruz. Nos le queda más que un camino:
volver al pasado, refugiarse en lo que era su vida antes de haber conocido a Jesús.

Ahora no quieren saber más de Jesús. Bastante han sufrido. No quieren prestar atención al
testimonio de los que dicen que ha resucitado. Se vuelven a lo de siempre con la nostalgia
del “esperábamos”. Se había hecho noche en su vida, aunque caminaban a la luz del día.

En el “esperábamos” nos podemos sentir identificados con los de Emaús. Podemos ser cada
uno de nosotros en nuestro peregrinar en la vida ordinaria. Si no, pregúntate cuántas veces
has dicho eso de “esperaba, pero…”, y el “pero” queda en suspenso.

¿Qué hemos esperado de la vida? ¿Qué esperábamos de nuestro matrimonio o de nuestra
consagración religiosa? ¿Qué esperábamos de los hijos (o de los padres)? ¿Qué
esperábamos de la familia o de la comunidad? ¿Qué esperábamos del trabajo que tenemos,
de los estudios que realizamos, de los esfuerzos y las ilusiones que pusimos en no sé qué
proyecto? ¿Qué esperábamos de tantas ilusiones juveniles? ¿Qué esperábamos de nuestra
salud o de nuestra imagen social? ¿Qué esperábamos de…?

Tercer domingo de pascuaNuestro “esperaba/esperábamos”, ¿qué trasluce, decepción o alegría, porque la realidad ha
superando con creces lo esperado? No vaya a pasarnos como a los de Emaús, que
encerrados en nuestros sueños no seamos capaces de ver la vida, y vida plena, que nos ha
salido al encuentro y que, de hecho, ha desbordado positivamente todas nuestras
expectativas. Los de Emaús se habían imaginado un Mesías “liberador de Israel” de otro
estilo. Se había hecho noche sobre sus vidas. Cegados por su dolor, y también por sus
expectativas, eran incapaces de reconocer a Jesús.
También en nuestra vida hay ocasiones en las que caminamos abatidos por la decepción.
Son momentos en que parece que nos visita la noche con su oscuridad. Todo nos parece
confuso. Sólo cuando hacemos lecturas a posteriori reconocemos agradecidos que también
en esos momentos el Señor era nuestro compañero de camino, que él era quien avivaba el
rescoldo en nuestro corazón.

Ésta es la experiencia que podemos ofrecer a tantas personas a las que les ha visitado la
decepción por diferentes circunstancias. Narrarles humildemente cuál ha sido nuestra
pequeña historia de salvación, cómo hemos acogido a Jesús en nuestros días luminosos y
también en nuestras noches. Cómo el creer en Jesús no nos ha ahorrado ningún fracaso,
ninguna de las cruces que nos trae la vida de cada día, cómo él no ha sido respuesta
inmediata a todas nuestras incertidumbres,… pero cómo en los momentos de más oscuridad nos sentíamos acompañados y, aunque éramos incapaces de reconocerle, Él estaba y había atendido nuestra súplica: “Quédate conmigo, porque atardece y el día va de caída. Quédate”.

También les podemos decir que es su Espíritu quien sostiene nuestra esperanza, porque el
sueño de Dios sobre la Humanidad, el proyecto del Reino inaugurado por Jesús, no quedó
clavado en una cruz. Resucitado por el Padre, sigue acompañándonos, ayudándonos a releer la historia en clave de vida y no de muerte. Resucitado acompaña nuestros pasos por los caminos de la solidaridad hacia el prójimo, próximo o lejano, que está en necesidad, por los caminos que nos conducen a la construcción de la paz, por los caminos que nos conducen a la lucha por la justicia. Resucitado sigue convocándonos en torno a la mesa fraterna.
Resucitado sigue partiendo para nosotros el pan. Resucitado se hace presente en la
comunidad. Resucitado quiere que vivamos como resucitados. Resucitado… se deja acoger
por nosotros cuando “atardece y el día va de caída”.

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