COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Domingo de Ramos

El grito que Dios escucha

Entramos en la “Semana grande” de los cristianos. Es una semana para la contemplación. Sobran nuestras palabras. En esta semana, más que nunca, lo importante es la Palabra, Jesús. Su destino es nuestro destino, si nuestra vida se va conformando a la suya.
En el relato evangélico de la Pasión según san Mateo que se proclama hoy, son muchas las voces que se oyen; todas quieren acallar la voz, hecha vida, de Jesús. Mientras, Jesús permanece casi en silencio. Lo ha dicho todo. Lo ha hecho todo. Con su vida, puesta ahora en entredicho, ha hablado. Con su palabra, hecha compromiso, ha suscitado vida. Ahora, vida y palabra quieren ser acalladas.
Jesús permanece casi en silencio. Lo ha dicho todo. Lo ha hecho todo. Lo ha dado todo… y ahora le piden la vida. Se ha comprometido a fondo con Dios y con su causa. El Reino ha sido su pasión, pero, ¿quién lo ha entendido?
“¿Eres tú el rey de los judíos?”, le pregunta el gobernador romano. El poder político pocas veces se entera de lo que es una vida hecha servicio, ministerio. “El que quiera ser primero entre vosotros, sea vuestro servidor, vuestro ministro”, había repetido insistentemente Jesús. Es así como se ha hecho rey-servidor de los judíos. “Tú lo dices”, le responde lacónicamente a Pilato. Pregunta y respuesta en planos diferentes. El ministro -¿servidor?- de economía insiste en que vamos saliendo de la crisis, los datos macroeconómicos así lo revelan. Cáritas sigue afirmando que esos datos no han tenido incidencia real en la microeconomía, en las condiciones de vida de la gente normal, menos aún en la de las personas más vulnerables. Planos diferentes de una misma realidad económica.
Domingo de RamosUna vez más vuelve a tomar la palabra Jesús a lo largo del relato, tal como nos lo presenta la liturgia. Ahora el interlocutor es Dios mismo: “Elí, Elí, lamá sabaktaní”. Al judío Jesús se la haría difícil entender por qué tenía que morir como un maldito, colgando de un madero. El abandono de los suyos, el sabor de la traición, seguro que fue plato amargo para Jesús. Pero le quedaba Dios, al que vivía como “Abbá”, como padre bueno. En Él había puesto toda su confianza.
En estos momentos cruciales, en los que se pone en juego toda la vida de Jesús, todas sus palabras, obras, opciones, preferencias,… ¿dónde está Dios? ¿Por qué no habla? ¿Por qué no actúa? ¿Por qué parece que le ha abandonado?
La experiencia de Jesús es una experiencia radicalmente humana, el sentirnos abandonados por Dios. No se trata solo de una sensación de desfonde existencial, cuando todos los resortes humanos se debilitan, los intelectuales, los afectivos, los volitivos… o cuando todo lo que parecía que era nuestro proyecto queda como en suspenso. Es más profundo que eso: Dios “se ausenta”, porque parece que es él quien ha tomado la iniciativa, de nuestro horizonte vital. Palpamos nuestra cruz en toda su crudeza. Ahora es cuando más necesitaríamos de Dios. Nos ha sido tan cercano. En esos momentos, lo único que podemos hacer es unirnos a la voz de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” o, si nos quedan ganas para la poesía, unirnos a Juan de la Cruz: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?”
En esta soledad absoluta, en estos momentos en que más radicalmente nos sentimos abandonados por Dios, recibimos una gracia especial: la unión íntima y solidaria con Jesús crucificado y, en él, con todos los crucificados de la tierra. Sinfonía de voces que denuncian la injusticia, grito que Dios escucha.

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