COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Segundo Domingo de Cuaresma

Anunciar lo que escuchamos a Jesús

El domingo pasado escuchábamos como Jesús antes de comenzar su vida pública fue llevado por el Espíritu al desierto. Allí fue tentado. Hoy se nos presenta el relato de la transfiguración.
Nos podría parecer que son dos relatos independientes, que uno no tiene nada que ver con el otro. El relato de las tentaciones lo encontramos casi al comienzo del evangelio de Mateo, en el capítulo 3, después de que Jesús haya sido bautizado por Juan Bautista. El de la
transfiguración está en el capítulo 17, después de la crisis de Cesarea de Filipo.
Algo nos querrá decir la liturgia para ponerlos uno a continuación de otro. Algo le tendremos que “interrogar” a la Palabra de Dios para que sea para nosotros luz en el camino de la vida.
En el bautismo se abrió el cielo y se oyó una voz que decía: “Este es mi hijo amado, a quien he elegido”. A Jesús se le revela su identidad más profunda. Sabe quién es ante Dios: el hijo
amado. Esa va a ser su misión, proclamar que Dios es Padre. Tiene que comunicar ese
descubrimiento tan hermoso que ha hecho: Dios es Padre, todos nosotros somos hijas e hijos amados. Tiene que comunicarlo, pero, ¿cómo? ¿con qué medios? ¿de qué manera? Jesús es conducido al desierto, tiene que discernir.
Decíamos el domingo pasado que a Jesús se le presentó la tentación del “ascender” como modo y camino de realizar su misión. Ascender hasta el alero del Templo, lugar religioso por antonomasia. Ascender a la montaña alta desde la que se contemplaban todos los reinos de la tierra: servirse del poder político.
Jesús intuyó que el camino querido por Dios no era el de “ascender”, sino el de “descender”. Puesto a la fila con los pecadores, habiéndose sumergido en las aguas del Jordán como ellos, es donde se le revela el Padre. La vida de Jesús va a ser un continuo “descender”.
Como hemos dicho, el relato que antecede a la transfiguración es el de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. A continuación viene el anuncio de la Pasión por parte de Jesús y la discusión acalorada con Pedro sobre el modo de entender el mesianismo. Ahora es Pedro el que se convierte en tentación para Jesús: hacer las cosas al modo humano y no al modo de Dios.
Seis días después cogió a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevo a una montaña alta y apartada. Son los mismos que le “acompañarán”, ¡de aquella manera!, en Getsemani. Al desierto fue solo. Ahora sube a la montaña acompañad. Parece como que necesitase que la comunidad fuera testigo de quién era a los ojos de Dios y de cuál era el camino que debía seguir.
Se escuchan las mismas palabras que en el Jordán: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. Pero se añade algo significativo: “Escuchadlo”. Jesús es el portavoz de Dios.
Lo primero que escuchan de boca de Jesús es; “Levantaos, no temáis”. Los modos humanos de funcionar nos llevan a quedarnos paralizados por experiencias religiosas agradables, incluso emocionalmente intensas, que nos pueden apartar de lo real, “Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Los modos humanos de funcionar nos llevan a espantarnos ante la presencia del Dios vivo. Jesús les dice: “Levantaos, no temáis”.
Levantaos, como Abraham poneros en camino, hacia la tierra que yo os mostraré. La
comunidad, representada por Pedro, Santiago y Juan, puede tener la tentación de quedarse
“extasiada” en la pura experiencia religiosa. Jesús entendió, y quiso hacérselo entender a los suyos, que toda experiencia religiosa de Dios nos tiene que llevar a la vida. No de cualquier modo, sino del modo querido por Dios.
Segundo domingo de cuaresmaEstas últimas semanas he podido escucharles a dos teólogos de reconocido prestigio: José
Antonio Pagola y Juan de Dios Martín Velasco. De todo lo que dijeron me quedo con un
mensaje común de los dos: tenemos que volver a Jesús, al Hijo amado. En la vuelta a Jesús, en escucharle a él, se juega el futuro de la comunidad, de la Iglesia e, incluso, del mismo
cristianismo. Insistían en que tenemos que volver a Jesús, hacer experiencia de lo que significa creer en Él, creerle a Él, escucharle. Es tarea de cada cristiano, de cada cristiana. No podemos mirar a otro lado, al Papa, a los obispos, a las religiosas o a los curas. No podemos mirar para otro lado y esperar que los demás se pongan en camino de conversión. Nos tenemos que mirar a nosotros mismos y le tenemos que mirar a Jesús. Volver a él y escucharle lo que nos dice: “No temáis”.
Hemos comenzado la cuaresma que nos conduce a la Pascua. Este año queremos tener muy
presentes a las personas y colectivos que más están sufriendo por la crisis económica:
inmigrantes, mujeres y jóvenes. A nosotros Jesús no nos deja en el monte Tabor, instalados en nuestro bienestar particular, ¡qué bien se está aquí!, sino que nos envía a la humanidad para llevar la Buena Nueva de la sanación-salvación, a anunciar que el destino último de la persona no es la cruz, sino la resurrección. Anunciarlo con nuestra palabra y nuestro compromiso. Anunciar lo que le escuchamos a Jesús.

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